30 de marzo de 2020
30.03.2020
La Opinión de Murcia
Diario de un confinamiento

El perro. Madrid, 25 de marzo

29.03.2020 | 21:47
El perro. Madrid, 25 de marzo

Sin perro; así me ha pillado la cuarentena. Nunca he tenido uno, me hubiera gustado, pero mis constantes idas y venidas por el mundo y mi tiempo repartido entre dos continentes los aguanto yo, pero para un canino sería insoportable. «Cambio seis rollos de papel higiénico por un perro con muchas ganas de pasear», escribió alguien en Twitter al principio de todo este despropósito; en ese momento hubiera dado no solo todo el papel del váter de mi casa, también media nevera por dar una vuelta por donde fuera correa en mano. Pero desde que entendí y asimilé que cada vez que salimos nuestro contador se pone a cero en la lucha contra este asqueroso virus, y nos exponemos a contagiar y a contagiarnos, se me quitaron de cuajo las ganas de perro. Y de calle.

A pesar de la gravedad de la situación sigue habiendo listillos que se pasan el decreto por el forro y aunque se les ha dicho por activa y por pasiva que paseos cortos, mucha higiene y para la casa, agarran al de cuatro patas y se van por ahí de picos pardos. A muchos alcaldes se le han hinchado las narices y han dictado un bando que limita con horarios las salidas con mascotas y quien no lo cumpla, multa de 600 euros al canto. Os cuento más: en A Coruña, un vecino alquilaba en internet perros por dos euros la hora. El anuncio, en el que se podía ver a un tranquilo golden retriever con un cartel colgando del cuello, tenía su gracia: «Me ofrezco para pasear humanos estos quince días. Firmado: B ali». La Policía lo ha pillado, también al que paseó su perro de peluche y a los que en Girona sacaron como mascotas a sus cabras.

Desde Brasil, con 46 muertos y 2.200 casos confirmados, el presidente Bolsonaro dejó atónito a medio mundo cuando cargó contra la 'histeria' de la prensa, criticó las medidas de prevención y aislamiento y volvió a minimizar el drama, calificando al coronavirus como un 'gripecilla' sin importancia. Para matarlo, más cuando hemos sabido que España ha superado a China en fallecimientos y un tercio de la población mundial, 7.700 millones de personas, vive confinada. Haced el cálculo.

Un mes como mínimo vamos a estar encerrados, así que además de hacer flexiones, ver series y beber cerveza (las ventas en España han subido un 74%) algo tendremos que hacer con nuestras cabezas. Mucho lavarnos y lavarnos las manos, pero nuestros pensamientos, ¿cuándo los desinfectamos? Hagámoslo ahora que tenemos tiempo. Psicóloga no soy, pero para mantenerme cuerda en medio de todo este despropósito y no perder el norte ahí va mi receta: no creerme todo lo que me cuentan, ver noticias con cuentagotas, risas, no olvidar que el otro es fundamental y que solos no podemos salir de esta. Y poco más, escribir mucho, leer más y la música que no falte; hoy pasé toda la mañana escuchando la trompeta de Lee Morgan y el saxofón de Manu Dibango, leyenda del jazz africano al que ayer lamentablemente el virus se llevó por delante.

Ya lo dijo Camus: en el mundo ha habido tantas pestes como guerras y, sin embargo, siempre nos pillan con el paso cambiado. Lo sé, somos frágiles y vulnerables y pensábamos que eso de las plagas era cosa del pasado, pero también tengo claro que cuando todo este desastre que nadie esperaba acabe, nada material tendrá sentido y lo que de verdad valdrá la pena, por lo menos para mí, serán las personas con valores y alma.

Os quiero. Cuidaos.

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