Me indican del periódico que, en estos días que harán historia, me ajuste, si es posible, a lo que en el argot se le llama 'monotema'. Pues así mismo lo hago. Yo pensaba que, por el contrario, quizá los lectores agradecerían algo distinto, cosas diferentes, no sé? pero sin duda estoy equivocado. Por varias razones quizá. Porque, en estas circunstancias, tan jodidas y especiales, no estamos para otros asuntos. De hecho, yo mismo me pongo a repasar temas que centraban mi atención hace un par de semanas, y ahora los veo como que han pasado a un segundo lugar, que son cosas que ya se retomarán cuando ganemos esta guerra, que la ganaremos, aunque perdamos las primeras batallas. O porque, en realidad, lo que el personal quiere es seguir formándose e informándose de lo mismo, si bien desde distintas ópticas y distantes perspectivas, a fin de tener un más amplio y mayor conocimiento de lo que nos amenaza. O quizá la estrategia del periódico sea que no perdamos la tensión con que estamos afrontándolo?

No lo sé. Pero sea como fuere, el caso es que yo mismo, casi que sin darme cuenta, en los artículos cortos que diariamente vierto en mi blog de este periódico entre mis seguidores, los voy salpicando, día sin otro, a veces seguidos, con temas todos relacionados con la pandemia. Es posible que sea eso, que no nos podemos desenganchar absolutamente del coronavirus, por la sencilla razón que el coronavirus nos tiene enganchados por los realitys, aunque, y esto es incuestionable, cada día que amanecemos en nuestro aislamiento es un día menos que le restamos a la pesadilla.

Es muy curioso, pero hay una sola cosa que me evade de esta maldita y maldecida realidad y me lleva a otra distinta y distante, a una historia muy diferente. Y quiero compartirlo con ustedes, porque cuando estamos confinados también es cuando se nos despierta la necesidad de compartir, y eso lo estamos viendo en todas las redes y en todos los balcones del mundo en estos días? Y es que estoy escribiendo un libro sobre la vida de mi padre, sobre la azarosa peripecia de un piloto de la República Española, que mi hermano y yo teníamos previsto sacar algún día, y que se nos ha presentado la oportunidad de hacerlo (no se preocupen que, a su debido tiempo, les anunciaré el título y editorial por si desean hacerse con él). Y la verdad es que en su relato sí que me sustraigo del drama de hoy para sumergirme en el drama al que mi narrativa (mi pobre y humilde narrativa) presta servicio. Ignoro si es por la subjetividad del tema, que resulta obvia, o porque supone, al menos para mí en estas fechas, una realidad paralela a la que me traslado un buen rato cada día, o porque me concede la oportunidad de establecer una comparativa, una especie de (ya lo sé) imposible paralelismo.

Pienso que puede ser algo parecido, si bien que con mayor intensidad, que lo de la lectura de una buena novela. Y esto es lo que aconsejo a todo el mundo que quiera escucharme. Lean buenos libros. Y si no tienen el hábito de hacerlo, ahora es una excelente ocasión para adquirir tal costumbre. Aparte de procurarle conocimientos, de instruirle y documentarle, le entretendrán, le ayudarán a evadirse de una realidad que puede llegar a ser ponzoñosa, pero sobretodo, le ayudarán a relativizar. De hecho, la lectura hace libre al lector, porque le ayuda a pensar por sí mismo, a madurar en sí mismo, y a actuar con conocimiento de causa. No en vano la raíz líber, de la que viene libro, también lo es de libertad.

Y en estos tiempos, confusos, turbios y opacos, hemos de saber pensar con la mayor, y en la mayor, libertad posible, sin dirigismos, sin fariseísmos, sin cinismos, sin politiqueísmos y sin ismos. Lo del coronavirus pasará, no lo duden. Incluso sin la intervención humana. En los malos casos es sabiduría popular que «aún en el peor temporal hay siempre un día en que deja de llover». O aquel más nuestro de «no hay mal que cien años dure». Toda pandemia tiene un principio y un final. Eso sucederá. Pero también es cierto que, una vez que escampe, cuando empiece a salir el sol de nuevo, nos va a quedar entre las manos un antes y un después a los que responder.

Y así debe ser, puesto que eso será positivo si el jodido coronavirus este nos ha enseñado algo. Y no hay peor cosa ni caso que no enseñe algo. Por lo menos nos muestran los errores cometidos que no tendremos que repetir jamás. Y habrá que ser humildes y aprender de las equivocaciones. Y tendremos que rehacer nuestra maltrecha escala de valores y admitir que andábamos errados, y herrados como los mulos, en muchas cosas. Y que habremos de fijar nuevas pautas de comportamiento. Y todo eso será bueno si así se hace. De momento, no sé si se habrán dado cuenta, la degradación climática se ha ralentizado, nuestra atmósfera ha mejorado. Y es que todo en este mundo está relacionado, interconectado. Absolutamente todo. Piensen en ello, mientras tanto.