22 de marzo de 2020
22.03.2020
Jodido pero contento

El mundo después del coronavirus

Ha quedado meridianamente claro en esta crisis que ningún robot ha tenido que hacer cuarentena por la pandemia

21.03.2020 | 19:27
El mundo después del coronavirus

No sé si es una historia apócrifa, pero parece ser que Franco dijo «no hay mal que por bien no venga», con su apagada voz de anciano, cuando le comunicaron la terrible noticia del asesinato de Carrero Blanco, que hasta entonces era el más sólido aspirante a sucederlo en el papel de Jefe del Estado. De hecho, Franco aprovechó la eliminación de su delfín designado para dar un giro reformista a su Régimen, antes de sucumbir él mismo al implacable designio de la Parca. Si Franco hubiera vivido en estos tiempos, probablemente no hubiera muerto por complicaciones de la flebitis, sino por obra y gracia de ese exterminador de ancianos (y de algunos otros que no lo son), proclamado peor enemigo de la especie humana, y que responde al sobrenombre de Covid19.

De hecho, esta epidemia es un mal sin paliativos, pero como diría Franco sottovoce, «no hay mal que por bien no venga». ¿Qué puede traernos de bueno y positivo la epidemia del Covid19? Mucho más de lo que nos imaginamos. Probablemente sea reconocido en el futuro como una fuerza transformadora que afectará de forma radical a la economía, la sociedad y, por supuesto, al planteamiento de las estrategias sanitarias para enfrentar en el futuro pandemias como esta.

Empezando por la política, el coronavirus amenaza (es un decir) con llevarse por delante a los dos líderes populistas, mentirosos sistemáticos donde los haya, que, montados sobre la ola de descrédito de las élites fruto de crisis anterior, se hicieron con el poder y cambiaron a peor el curso de la historia del hemisferio Occidental. Difícilmente los norteamericanos van a olvidar tan pronto como este noviembre, fecha de las elecciones presidenciales, las desafortunadas declaraciones de Trump minimizando la gravedad de la epidemia («no es más grave que una gripe»), dilatando negligentemente la toma de decisiones, por ejemplo en relación con la necesidad de disponer de test para trazar los contagios, y finalmente, sus bravuconadas de última hora atribuyéndose el mérito de haber frenado la propagación del virus por haber cerrado prontamente las fronteras de su país a los ciudadanos chinos.

También la está cagando miserablemente ante sus múltiples fans el primer ministro británico Boris Johnson, que por lo visto se siente ungido de un liderazgo de raíz churchiliana, hasta el punto de recomendar al público británico que se vayan despidiendo cuanto antes de sus seres queridos, como si tuvieran que asumir como inevitable que este virus se lleve por delante a una parte considerable de madres y padres ancianos en aras de la continuidad de la vida 'as usual', debido a que la enfermedad parece afectar más gravemente al segmento más envejecido de la población. Al final, el excéntrico Boris no ha tenido más remedio que admitir las catastrofistas pero ciertas proyecciones de víctimas potenciales que el domingo pasado presentó a las Gobiernos británico y norteamericano el Imperial College de Londres, una prestigiosa institución que ha realizado un exhaustivo estudio epidemiológico del Covid19 basado en la experiencia ya disponible. Hasta entonces, Boris Johnson se había inclinado por escuchar a los expertos que vaticinaban las virtudes del efecto 'rebaño', cuando ese efecto solo se ha comprobado en campañas masivas de vacunación. Conseguir ese mismo efecto por vía de autoinmunización costaría cientos de miles de muertos en Reino Unido y decenas de millones si se aplicara la receta a nivel mundial.

También es previsible que esta crisis acelere varias tendencias que ya estaban presentes en el ecosistema industrial del planeta antes de esta crisis. Y todas ellas caminan en dirección aparentemente contraria a la globalización y el estiramiento de las cadenas de suministros, fenómenos que han jugado muy en contra de la estabilidad económica en esta crisis. La fuerte dependencia de China en su papel de fábrica del mundo, puesta de manifiesto por este evento inesperado, ha hecho sonar todas las alarmas en los grandes empresas manufactureras del mundo, que a partir de ahora se van a plantear seriamente diversificar geográficamente sus plantas de montaje, e incluso renacionalizarlas buscando ligar la oferta y la demanda en los respectivos mercados. También sin duda se acentuará la tendencia a la robotización integral de las cadenas de montaje. Lo que ha quedado meridianamente claro en esta crisis es que ningún robot ha tenido que hacer cuarentena por el coronavirus.

Lo que nos está enseñando también la experiencia del coronavirus es que hay una forma eficaz de enfrentarse a epidemias como esta. De entrada hemos descubierto que los avisos tempranos son una herramienta crítica del sistema, algo que no se permitió en China precisamente por su sistema de castigo social y represión de las voces que difunden noticias verdaderas pero que los burócratas del partido único prefieren ignorar y enmudecer. Si se le hubiera dado la importancia debida a la noticia de un virus nuevo cuando apareció localizado en un área pequeña de Wuhan, la zona se hubiera sellado inmediatamente y se hubiera cortado de raíz la expansión de la epidemia. La historia de este virus ha demostrado que las estrategias de contención funcionan si las medidas son suficientemente drásticas, cosa que no es una tragedia si el área de actuación es suficientemente pequeña. La demostración palpable de que esto hubiera funcionado en Wuhan, es la experiencia de Corea del Sur, en la que el virus fue contenido por el gran esfuerzo inicial de identificación y confinamiento de los afectados.

También hay que reconocer el papel jugado por una herramienta de geolocalización de las cadenas de contactos vía una app de móvil, que identifica y envía mensajes automáticos a los móviles que han estado en el mismo lugar al mismo tiempo que el de una persona que da positiva por contagio del patógeno. Este mensaje conmina a su receptor a aislarse y recluirse hasta comprobar fehacientemente que no está infectado, parando de esta forma la cadena de contagios

Pero sin duda lo que sería decisivo y con potencialidad para cambiar el futuro de nuestros descendientes y el del propio planeta, es que aprovecháramos esta emergencia mundial, una vez superada, para tomar conciencia de que la humanidad comparte un mismo barco que carece de botes salvavidas y que nadie está salvo si todos en conjunto no estamos a salvo. La solución de los problemas que importan, como la pobreza de mil millones de seres humanos y la degradación imparable del planeta, no es compatible con fronteras, muros ni el odio a los otros sembrado por los populistas de un lado y otro del espectro ideológico.

Bienvenidos al mundo después del coronavirus. Bienvenidos a la supervivencia posibilitada por la libertad, igualdad y fraternidad de todos los seres humanos para beneficio de la comunidad de la especie y del planeta que la acoge.

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