21 de marzo de 2020
21.03.2020
La Opinión de Murcia
Cartagena D. F.

Felicidad Nacional Bruta

No me digan que en esta película que estamos viviendo no han moqueado de emoción ante las muchas escenas y gestos de solidaridad que estamos presenciando y hasta que estamos protagonizando cada noche, cuando salimos a aplaudir a los balcones y ventanas de toda España

21.03.2020 | 04:00
Felicidad Nacional Bruta

Bután. Así se llama uno de los países más pequeños y menos poblados del mundo. Situado en el sur de Asia, entre China e India, cuenta con unos 800.000 habitantes y sus gobernantes establecieron como su máxima prioridad para el desarrollo y el bienestar de su población mantener un buen índice de Felicidad Nacional Bruta (FNB), frente al Producto Interior Bruto (PIB), por el que se rigen la práctica totalidad de las naciones para establecer su progreso social y desarrollo.

Dejaré por su cuenta que investiguen qué baremos tienen en cuenta los butaneses para medir su felicidad, si desean curiosear sobre este peculiar rincón de nuestro planeta. Yo me he topado con él al buscar información sobre la celebración del Día Internacional de la Felicidad, que se conmemoró ayer viernes, la misma jornada en que España superó los mil muertos por coronavirus.

Resulta complicado y hasta un tanto ridículo hablar de felicidad ante este desolador panorama, ante esta horrible pesadilla que jamás hubiéramos imaginado en estos tiempos, pero no sirve de nada regodearse en la tragedia, el alarmismo y la muerte, especialmente, la de nuestros mayores, para los que algunos pedían una muerte digna y a los que nos vemos obligados a dejar morir en el más doloroso de los sufrimientos, en la más cruel de las desgracias, en la más absoluta soledad, sin poder despedirnos de ellos ni estrecharles la mano, sin poder abrazarnos entre nosotros para superar la pérdida, sin poder ofrecer nuestros hombros para consolarnos.

Una muerte de todo menos digna.

Basta de hablar de muerte, porque llega sola, cuando menos la esperamos, sin avisar y siempre con dolor.
Nos dicen que los días más difíciles están por llegar y que aumentará la cifra de víctimas, que no son simples números o estadísticas ni una curva que doblegar, sino personas con nombres y apellidos, con familias a las que les cambia la vida para siempre. Pero he dicho que basta de hablar de muerte.

Hablemos de felicidad que, como el sufrimiento, también forma parte de nuestra vida. Unas veces, a grandes dosis, y otras, como en estos momentos, en pequeñas píldoras que nos alegran estos días de encierro forzoso, que nos arrancan una sonrisa, aunque sea entremezclada con lágrimas de emoción. Porque no me digan que en esta película que estamos viviendo no han moqueado de emoción ante las muchas escenas y gestos de solidaridad que estamos presenciando y hasta que estamos protagonizando cada noche, cuando salimos a aplaudir a los balcones y ventanas de toda España.

Pequeñas dosis de felicidad en un Día del Padre que ha sido más de las madres que nunca, porque se han esforzado al máximo para que sus hijos sepan que tienen al mejor del universo entero y hasta han improvisado regalos y tartas con más kilos de cariño e ilusión que los que puedan comprarse con todo el oro del mundo.

Felicidad cuando tu pequeña se levanta y te estampa un sonoro beso en la mejilla y te dice cuánto te quiere de la forma más sincera posible, capaz de hacer saltar por los aires todas las máquinas de la verdad.

Probablemente, cada uno midamos nuestra felicidad de forma distinta, pero coincidiremos en que lo fundamental es tener con quien compartirla, como los dos improvisados 'payasos' de Protección Civil que se marcaron el «¡Hola don Pepito, hola don José'!» frente al Parque de Los Juncos para insuflar ánimos y moral a una población confinada.
Me siento muy orgulloso de este país y de esta ciudad, de ver cómo la inmensa mayoría de mis paisanos respetan y cumplen con su parte de lucha, que solo les obliga a quedarse en casa. Y suplico a quienes aún no son conscientes de la gravedad de la situación, que miren a su alrededor y busquen a los niños en los parques y a los abuelos en los bancos, para comprobar que no están ahí y que solo depende de nosotros que podamos trasladar todo el color y la alegría con que somos capaces de llenar nuestros balcones a nuestras calles. Y cuanto antes, mejor.

Desconozco si la lluvia de centenas de miles de millones de euros que los Gobiernos están derramando sobre nosotros para curarnos de todos los males de este espantoso virus será suficiente, pero tengo la certeza de que la felicidad no cuesta tanto y, sobre todo, de que no se mide con dinero. ¡Ojalá aprendamos la lección! Besos y abrazos.
Yomequedoencasa.

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