18 de marzo de 2020
18.03.2020
La Opinión de Murcia
Libros confinados

Mensaje en una botella

18.03.2020 | 04:00
Mensaje en una botella

Me pregunto cómo estarán Juan Pablo y Laura, un matrimonio de Murcia con los que he pasado los mejores ratos de mi vida. Son médicos y padres, así que sus días se medirán en una extraña balanza de responsabilidad y deber público. Suelo verlos en verano, junto a nuestra playa de siempre. Recordarlos es volver a ver las olas y las largas tardes donde nunca se ponía el sol. Qué tiempos.

En estos momentos en los que intuyo mi vida en cada lectura, extraño la soledad del náufrago. Ya que todos miramos por el balcón, me doy cuenta de cuán necesarias son unas buenas vistas y unos vecinos. Los míos brillan por su ausencia. En frente está la iglesia de San Luis de los Franceses, que hace decenios dejó de tocar sus campanas. Al lado, un colegio. Es aterrador cambiar los gritos de los alumnos por el silencio de los días. Lo cual me hace pensar que en esta reclusión me siento un poco como aquel náufrago inglés que pasó 28 años en una isla del caribe. Fue la primera novela inglesa y la escribió Defoe. Durante esto tiempo todos viviremos en islas desiertas, como Robinson Crusoe.

Pero sucede que mi isla no tiene cocoteros, ni playas paradisíacas, ni cangrejos despistados que juegan con la marea. No están tan mal las vistas, eso sí. Es de agradecer la labor del barroco andaluz y de los jesuitas, que en lugar de construir frente a casa un cementerio o un hospital decidieron crear la iglesia más hermosa de Sevilla.
Sin embargo, paso las horas en la ventana esperando a que aparezca un Viernes. En la novela, Crusoe encuentra a un indígena con el que acaba entablando amistad. No estamos solos, podemos pensar. El silencio se va convirtiendo en palabras. Y estas en una forma de entendimiento básica que se crea con la necesidad de ser queridos y escuchados. Como una radio en un país extranjero.

Crusoe guardaba una botella a medio llenar de ron y la compartía con Viernes. La mía no tiene alcohol, porque le prometí a mi padre beberla juntos cuando volviese a Lorca (pequeños errores, grandes ausencias). Apenas con un poco de agua la lanzo al mar. Veo cómo se pierde entre los dos azules. Dentro he escrito varios recuerdos. El de hoy es para Juan Pablo y Laura. No sé si les llegara el mensaje. Tiene su punto esperar sentados en la playa. Al fin y al cabo, un marino inglés lo estuvo 28 años. A nosotros solo se nos piden unas semanas.

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