Cuando una noticia es falsa se propaga más deprisa. El motivo es que resulta tan verosímil como una mentira bien fabricada. Al inventar una historia se procura que no le falte ningún ingrediente que lo haga creíble, o al revés, se elimina cualquier detalle que le reste credibilidad. Ocurre algo parecido con las ideas. Cuando una idea es simple su poder de contagio es mucho mayor. Las ideas más persuasivas son las que parecen irrebatibles por su sencillez y por su fácil asimilación. Si esto es así ¿no debería parecernos milagrosa la supervivencia de la especie humana? Sin embargo, quizá hemos llegado hasta aquí porque esta tendencia natural hacia la catástrofe se ha contrarrestado con un empeño por abrir caminos hacia la verdad.

En los últimos años de una vida muy larga, que había empezado durante la Primera Guerra Mundial, la escritora Doris Lessing parecía obsesionada por una idea que aparece formulada a modo de pregunta en muchos de sus escritos: ¿cómo pudimos creer en eso? Se refería a las convicciones defendidas con una pasión que al cabo de los años solo podía ser entendida como ceguera e inflexibilidad. Ella se había atrevido a mirarse a sí misma con la misma distancia y objetividad con la que podemos juzgar a nuestros antepasados. Creía que, en el fragor de los grandes acontecimientos, todos somos presa de 'emociones colectivas y ardores partidarios' que nos impiden pensar con claridad. Todo termina pasando para convertirse en insignificante, pero mientras dura no es posible decirlo. Nos dejamos arrastrar por las presiones de grupo y, aunque somos libres para pensar, elegimos encerrarnos en cárceles que nos liberan del esfuerzo de hacerlo.

Las redes sociales se parecen mucho a una de esas cárceles que elegimos. Su estructura propicia la propagación de mentiras e ideas simples. Entre algoritmos y trincheras ideológicas acomodamos el mundo a nuestras preferencias y necesidades. ¿Es que todo tiene que ser siempre tan predecible? preguntaría Doris Lessing ¿tan borregos somos los seres humanos? Ella creía que entre los caminos hacia la verdad estaba la literatura, que trabaja sin descanso para abrir las cárceles del pensamiento colectivo porque posibilita que nos veamos como nos ven otros. Frente al ruido del instinto gregario que se extiende como un veneno por todas partes, hay una resistencia de la discrepancia que sostiene la vitalidad del mundo, «una revolución callada que se basa en la observación serena y precisa de nosotros mismos, de nuestro comportamiento, de nuestras capacidades».