22 de febrero de 2020
22.02.2020
La flor del Flamboyán

Gilipollas

22.02.2020 | 04:00

En el argot de los lingüistas se conocen como 'palabras baúl' aquellas con tan extenso significado que acaban sirviendo igual para un roto que para un descosido. 'Gilipollas' conforma un ejemplo paradigmático. Se puede ser gilipollas a fuerza de soberbia, de pedantería, por pura insuficiencia intelectual, por egolatría; gilipollas, en definitiva, viene a ser todo aquel que adolece de alguna tacha en su carácter, sea de la índole que sea. Un ejemplo claro de gilipollas es también aquel que mantiene una postura opuesta a la nuestra en cualquier materia. Todo el mundo, a excepción de uno mismo, es un poco gilipollas.

He visto en los últimos días varias noticias relacionadas con jóvenes que ponen su vida en serio peligro por conseguir un vídeo o un 'selfie' que les brinde fama en redes sociales. Se trata de escalar edificios sin ningún tipo de protección, de sostenerse a pulso en azoteas mientras las piernas cuelgan en el vacío, de saltar entre rascacielos separados por la nada amenazante. Rooftopping es el anglicismo que se utiliza para semejantes prácticas. Los noticiarios se han hecho eco de las 'proezas' del autodenominado 'idiota profesional', un instagramer británico que escaló un edificio de once plantas en Benidorm. Uno mira estupefacto los vídeos y fotografías de estos rooftoppers: ¿cómo es que algunos individuos poseen un instinto de supervivencia tan mitigado? ¿Qué oscuro mecanismo antidarwiniano los lleva a exponer sus vidas de tan alegre manera? Varios de estos personajes, de hecho, han perdido la vida mientras acometían alguna de sus hazañas.

Las fotografías y los vídeos de estos jóvenes temerarios (en pie sobre una viga que se asoma al vacío letal) suelen provocar cosquillas en el estómago. A mí (llegado es el momento de una íntima confidencia), me ocasionan un cosquilleo particular en una parte más recóndita de mi anatomía. Recuerdo un artículo donde Manuel Moyano refería cómo una lluvia fina le trajo a la cabeza la llovizna que aparece en Mazurca para dos muertos y él mismo se había sorprendido de hasta qué punto la percepción de la realidad pasa, para los letraheridos, por el filtro ilusorio de la literatura. A mí me sucede con el escroto; se me viene a la cabeza el comienzo de La flaqueza del bolchevique, de Lorenzo Silva: «Era lunes y como todos los lunes el alma me pesaba ahí mismo, abajo del saquito de los cojones». El escroto, el saquito de los cojones, es sensibilidad poética, piel de finura versallesca, rocío de una noche de verano hecho carne. Donde le pesa el alma cada lunes al protagonista de la novela de Silva.

Digresiones escrotales aparte, estos chicos imprudentes suelen suscitar opiniones encontradas: ¿audaces o gilipollas? Ciertamente, hacen falta huevos (escroto incluido) para ponerse a la pata coja en una barandilla que vaticina tragedia. Por otro lado, hay que ser gilipollas para arriesgar la vida sin más motivo que una fama difusa. Esta misma combinación entre audacia y gilipollez encuentro en el protagonista de una de esas historias que ha encontrado exitoso predicamento tanto en la literatura como en el cine; me refiero a la historia de Chris McCandless, relatada en Hacia rutas salvajes (Into the wild), de John Krakauer, llevada al cine, con homónimo título, por Sean Penn.

Chris, un veinteañero que abandonó estudios y hogar para hacer las Alaskas, resulta para algunos una personalidad fascinante, un alma noble donde resuenan los ecos de Ralph Waldo Emerson, Walt Whitman, Jack London, Thoreau o Tolstói (autor a quien McCandless admiraba particularmente).

Krakauer escribió un reportaje extenso sobre Christopher que ensancharía hasta convertir en una novela. El autor norteamericano refiere cómo, tras la aparición del reportaje, muchos lectores se dirigieron a la revista expresando su fascinación por el personaje y muchos otros no acababan de ver qué interés podía suscitar la aventura, de dramático (y previsible) final, de un joven tan presuntuoso como insensato. McCandless, además, no fue el primero ni sería el último americano en aventurarse en Alaska imbuido en bucólicas ensoñaciones. Y en encontrar la muerte a consecuencia de una arrogancia que les llevaba a sobrevalorar su capacidad de supervivencia en un entorno semejante.

McCandless era, digámoslo, un pobre zagal con una importante ensalada mental: lo mismo abominaba de la sociedad actual y su corrosivo materialismo que fundaba un club de fans de Ronald Reagan. Cuando uno decide que debe vivir de manera más acorde con la naturaleza, parece recomendable que se disfrute de un poco de claridad conceptual acerca de lo que eso significa. 'Vivir de acuerdo con la naturaleza' fue ya lema de los antiguos estoicos; no obstante, la idea no ha sido nunca bien dilucidada por los filósofos. Y ya van dos milenios de darle vueltas.
McCandless marchó a vivir de manera natural, pero llevó un rifle. Para colmo, la caza se le pudrió. Qué gilipollas.

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