13 de febrero de 2020
13.02.2020
El Mirador

Lo real de lo irreal

12.02.2020 | 19:30
Lo real de lo irreal

Lo que pasa precisamente es que no sabemos, ignoramos con toda nuestra absurda suficiencia, cual es el orden de las cosas, si es que ese orden existe y tiene algún orden establecido. Porque una de las primeras sorpresas que nos reservan estos quantums traviesos de esa Física, no es que no exista la verdad (no sería correcto) sino que no existe una sola verdad, sino muchas, quizá infinitas verdades. Por lo tanto, nada de verdad absoluta, salvo las múltiples relatividades o posibilidades de esa verdad. Bien, miren: en un laboratorio donde se emitía un haz de luz hacia una pantalla con dos rendijas se comprobó pasmosamente que cuando el científico observaba una determinada partícula, ésta, obediente, pasaba por aquella rendija que el experimentador pensaba que iba a pasar, pero cuando no había nadie que observara, pasaba por ambas rendijas al mismo tiempo. ¿Acaso, entonces, existen múltiples realidades y solo se define la que nosotros vemos y vivimos? ¿o acaso la que escogemos ver? Pues así parece ser que es. Por lo tanto, en ese universo quántico todas las posibilidades coexisten a la vez y al mismo tiempo, al menos tantas como 'observadores' hay. Eche usted cuentas, y recuerde que quántica viene de cuántas, no de cuentos.

Nuestra ciencia avanza por el sistema de prueba-error, así que, ante la certeza de una especie de 'verdad provisional', quiere decir que las verdades de hoy bien pueden resultar falsas mañana, lo mismo que las irrealidades, utopías, sueños de hoy, pueden resultar ciertas ese mismo mañana. Así que no existen verdades eternas, lo que existe es una eternidad de múltiples verdades o una eternidad donde todas las verdades son posibles, elija usted lo que más cómodo le siente. No existe la verdad absoluta, existe la posibilidad absoluta. Lo segundo es una certeza, lo primero no lo es.

Y de aquí, amigos míos, lo de la relatividad de Einstein. Que tal teoría no está incorporada en la fórmula matemática de la mecánica quántica, pero es absolutamente necesaria para entender qué sucede y cómo sucede en ese mundo subatómico de locas partículas elementales al que pertenecemos y al que contenemos y del que formamos parte. Por eso que don Albert lo explicó al gran público con el ejemplo de que no es la misma hora la que está sentado en una plancha caliente que la que tiene a una buena moza sentada en su regazo. Él lo aplicó al tiempo psicológico para que lo entendiéramos, pero es aplicable absolutamente a todo. Cuanto se conoce, y aún cuanto se pueda conocer, todo es relativo, o sea, una sola de las infinitas verdades posibles, o sea otra vez, vivimos, nos movemos y existimos en la más extricta provisionalidad de verdades posibles. Y no, por favor, no crean que estoy hablando de una especie de misticismo quántico sacado de un guisado de aquella New Age con la que flipábamos acanutándonos. No. Esto es tan real como la vida misma.

Bien. Llegada la sopa a este punto de cocción, es muy comprensible que no entiendan nada. Es muy natural. Pero si, desde el principio, sigue usted una línea de argumentación definida sin perderla es posible que lo entienda todo. Bueno, no todo, pero sí lo suficiente como para no confundir churras con merinas. El Nobel de Física Richard Feynmann es reconocido por su célebre frase: «Si usted piensa que entiende la mecánica quántica, entonces, amigo mío, es que no ha entendido nada». Esta misma idea puede aplicarse muy posiblemente a nuestra capacidad para descifrar los misterios de nuestra propia existencia. Y es que, tal vez, acaso, puede ser que la misión de la humanidad sea vivir la vida, no llegar a comprenderla.

Pero, miren, yo creo sinceramente que no. Pienso que estamos aquí para acabar por entenderla. Que, en realidad, es nuestra misión. Y creo que esto es así porque si no lo fuera no estaríamos dotados de la curiosidad para lograrlo ni de la tendencia para buscarlo ni de la fuerza para intentarlo. Es así de simple y de sencillo. Nosotros estamos dentro de este tremendo experimento porque formamos parte del experimento. Es posible incluso que en realidad seamos el puñetero experimento. Y que participemos en él estando en él, formando parte intrínseca de él. Así, sin más historias ni zarandajas.

Lo que he querido decir hoy es que no se tomen a pecho más que lo justo y cabal, y no sabemos lo que es cabal. Que todo es relativo. Hasta nuestros ineficaces políticos son una probable fantasmada, por muy fantasmas que ya sean. Lo que he intentado transmitir es que nos hemos construido una realidad posible a nuestra medida. Y que si no tenemos más es porque tampoco damos para más. Naturalmente.

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