11 de febrero de 2020
11.02.2020
Achopijo

Gistau

11.02.2020 | 04:00
Gistau

Dice Carletto que nos parecíamos. Y de carácter, también. Nunca le miré a los ojos ni le apreté la mano, pero sí le conocí en sus palabras, y ahí, sentía que le pasaba como a veces me pasa cuando escribo columnas. El cursor avanza casi por sí mismo desde aquí dentro y va desgranando lo que escribo sacándolo de ahí, igual que en la escultura en la que sobra piedra, como decía Miguel Ángel. No pasa siempre, a veces se fuerza, claro. Pero cuando pasa es lo más íntimo que hay. Escribir tiene esa maravillosa posibilidad, y David Gistau era él en sus palabras más que la inmensa mayoría. Y lo digo yo que le he leído. Porque con eso basta. Así de sencillo es esto. Y de complicado. Esculpir ideas con palabras y llegar a los demás.

Su muerte ha sido como alcanzar un escalón generacional desde el que comienza un declive. No tiene por qué ser una palabra negativa, como no lo es nostalgia. En la vida hay etapas y todas tienen algo maravilloso que es mejor tener claro. Yo tengo 43 años, y tres hijos, con los que, igual que David, me ha pasado que son una razón esencial para querer seguir aquí al menos treinta años más, no sólo por ver cómo crecen; por darles lo que puedan necesitar de mí. Miguel me preguntó la mañana siguiente a la muerte de Gistau, cuando, de camino al colegio les conté quién era y por qué estaba triste esa mañana de lunes, si para mí era un referente. «Lo era por cómo hablaba de vosotros», le contesté. Los tres niños quedaron en silencio. «Cuando escribía de sus hijos para mí era como si lo hiciera de vosotros», por eso era un referente. Entre otras cosas, claro. Pero así ellos lo entendieron rápido. Y bien. Y sentí que le debo a Gistau esos ratos con ellos. En lo que pueda, David, te cojo el relevo con Guille, Miguel y Lucas.

Cuando Guille preguntó si nos íbamos a morir alguna vez absolutamente compungido, con tres años, asistí a un enorme descubrimiento humano. Luego, todos convivimos con ello casi sin pensar, hasta que nos va tocando de cerca, como bombas que van cayendo junto a nosotros. Con los hijos, en el columnismo pasa que es enormemente sencillo sentirse identificado. Por lo que digo ahí arriba, porque se escribe directo desde ahí dentro, a las palabras. Con los hijos todos somos Miguel Ángel. Se puede conocer perfectamente sin haber mirado a los ojos, sin haber apretado la mano, sin haber celebrado un gol al abrazo. Hace no mucho hablaba de la muerte. Y lo de Gistau, que se parecía a su padre desde que se dejó barba, como yo, y aunque él no pudo darle disgustos como yo sí hice en mi adolescencia interminable, ha sido como un uppercut que me ha despertado en la lona. Pero me ha despertado. Y aquí estoy, un día más, que la vida sigue para todos los demás es lo más importante que nos dejan los que se van.
Gracias, David, Maestro. Vale.

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