06 de febrero de 2020
06.02.2020
El Mirador

La muerte del comercio

06.02.2020 | 04:00
La muerte del comercio

Yo he leído en la prensa últimamente: en cuatro años, nuestra Región de Murcia ha perdido más de quinientos comercios. Más de cien comercios por año. Una media brutal. Y preocupante, muy preocupante. Y esto con toda la alharaca de nuestras autoridades autonómicas sobre el crecimiento de los autónomos y el alborozo político-administrativo alrededor de la afiliación global a la Seguridad Social, y todo el cuento aprendido. ATA se lo achaca a la despoblación y al auge de ventas por Internet. No dice nada, y esto resulta, al menos, muy curioso, de la proliferación de parques y grandes áreas comerciales a las afueras de las grandes ciudades. Quizá esta organización interpreta lo de su 'despoblación' a las salidas puntuales pero generalizadas de los ciudadanos para comprar fuera, y no dentro de las poblaciones donde viven, y hasta quizá, de la que viven. Si no es así, no se entiende tal afirmación. Aquí no existe más despoblación que en las aldeas y pueblos pequeños, y los comercios es una sangría de cierres sin discriminación de número de habitantes. Sí, puede tener razón, y solo en parte, en lo de la compra on-line.

En lo que existe una ceguera prácticamente absoluta es en el hecho de que los pueblos sin comercio empobrecen indefectiblemente. Primero acaba el comercio, y después acaba el pueblo. Si lo que se gana en él se gasta fuera de él, los recursos disminuyen paulatinamente, los impuestos municipales encogen y las prestaciones a la población disminuyen en la misma medida, calidad y porcentaje€ ¿Cómo se puede mantener una administración local si sus propios funcionarios (y esto es un solo ejemplo práctico y gráfico) se gastan fuera del pueblo lo que ese mismo pueblo les ha pagado a través de sus impuestos? Es pura matemática. Por eso mismo sorprende la miopía de las Administraciones locales ante tal circunstancia. Hay algunos Ayuntamientos que se estiran más que otros, pero nada significativo. Apenas gestos para la galería y con que justificar una concejalía. Todas concebidas apenas para encalar la fachada de un edificio en ruinas. Poses y fotos, nada más. Pero ninguna se compromete seriamente a montar campañas de fidelización de la clientela de manera decidida y permanente. Ninguna mantiene ninguna acción decidida y definida que evite la evasión de la inversión (doméstica) vital, del día a día. Ninguna dispone de ninguna herramienta activa encaminada en ese sentido.

Los comercios locales cada vez son más de supervivencia y se abren y se cierran a un ritmo vertiginoso, como el pez que da desesperadas boqueadas de aire. El empleo fijo y estable que proporcionaba es cada vez más eventual y menos profesional. O eso, o mantener la respiración asistida con el propio dueño tras el mostrador hasta que se aburra. Ya saben, quinientos desaparecidos en los últimos cuatro años, aquí mismo.


Pero también el comerciante tuvo su oportunidad de usar las ventas en red a su favor, de profesionalizarse en lo suyo, de corporativizarse, de formar una red de ventajas insuperables en ninguna gran área ni superficie alguna, interasociándose y defendiendo sus intereses mancomunando fuerzas. No lo hizo cuando pudo hacerlo y se le ofreció. Lo despreció. Y ahora no genera recursos suficientes como para lograrlo, pues apenas su rendimiento ya mantiene el gasto. Tuvo su oportunidad y la tiró por la borda, es cierto. Pero eso ahora, en estos tiempos críticos, ya no puede hacerlo por sí solo. Y el que puede, se larga a otros lugares con mayores posibilidades. Hoy, solo su Administración local puede salvar a su debilitado comercio, y, salvándolo, salvarse a sí mismo. O eso, o hundirse poco a poco con su propio debilitado y vulnerable pueblo en una espiral de gradual empobrecimiento.

Y también los habitantes de esos pueblos tienen su parte de responsabilidad en esta muerte de quinientos comercios que empobrecen el entorno en el que viven y del que viven como vecinos. Deberían tener conciencia de que si gastamos fuera del entorno el dinero con que se pagan los impuestos que mantienen nuestros servicios, la decadencia de la que luego, eso sí que sí, tanto sabemos quejarnos, estará producida por nosotros mismos. En realidad, son acciones compulsivas de consumismo puro y duro, que, fuera de nuestro contexto, son a la vez acciones irracionales contra nuestro propio hábitat urbano y de residencia. Solo hay que aplicar la lógica y el sentido común. Y acordarnos de la regla de tres. La prosperidad de una comunidad se hace efectiva cuando la riqueza que genera se comparte dentro de la misma, pues su efecto se multiplica, pero cuando se reparte y dispersa fuera de ella, el efecto divisor interno es destructivo. Nunca ha sido lo mismo compartir que repartir. Existe una enorme diferencia en su naturaleza.

Y esa campaña de concienciación urbana y ciudadana (y educación) también es deber y obligación directa de esos Ayuntamientos que están asistiendo a la pérdida de su potencia comercial y de sus propios recursos en una lenta agonía que no parece tener fin. Bueno, sí, algún día lo tendrá. Si vamos restando más que sumando, en algún momento veremos nuestras calles vacías (aunque nuestros bares estén llenos). Y cuando las calles de un pueblo estén vacías de contenido, que solo queda el continente sin vida, ese pueblo habrá muerto como tal, y se habrá convertido en otra cosa. De momento, nuestra velocidad de crucero supera las cien tiendas muertas por año; aquí, en nuestro solar. Enhorabuena a todos por todo.

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