06 de febrero de 2020
06.02.2020
Espacio abierto

Masonas, constructoras de catedrales

05.02.2020 | 21:06
Masonas, constructoras de catedrales

Ha sido perseguida por Gobiernos y religiones y, a menudo, acusada de conspiraciones. Debido a su carácter discreto e iniciático, a su método simbólico y sus rituales, la masonería sigue siendo la sociedad secreta peor conocida, percibida con un aura de misterio e incluso desconfianza.

Sin embargo, La Orden del Arte Real es una de las organizaciones fraternales más antiguas del mundo. Tiene su origen en los gremios de canteros y constructores, y constructoras, de las catedrales, máxima expresión del esplendor de la cultura medieval, y de las personas que las construyeron, los maestros de obras llamados en francés maçons. El masón era quien ponía la primera y la última piedra de la catedral, el ejecutor del principio y del fin, su trabajo era equiparable al de Dios en el cielo.

Eran trabajadores libres o francos; de ahí el término francmaçon o freemason. Se agrupaban en los gremios y se reunían en las logias o talleres, donde se enseñaba la profesión y se trataba una gran variedad de temas, no solo operativos relacionados con la construcción, sino también problemas sociales y filosóficos. Los estudios coinciden en que seguían un modelo democrático, donde se practicaba la igualdad, la fraternidad y la libertad.

Uno de los temas más conflictivos y todavía desconocidos de la historia de la masonería es, sin duda, la existencia, la labor y el contexto en el que se desarrollaron las logias de mujeres. La dificultad radica, no solo en su antigüedad y en el contexto nacional e internacional en el que se ha desarrollado, sino que su presencia ha sido silenciada por la historia por la misoginia, como siempre.

En la masonería operativa la mujer no estaba excluida por su condición e incluso, como es el caso de las hilanderas, las cofradías podían estar integradas exclusivamente por mujeres.

No se sabe con exactitud cómo eran las relaciones de género en las cofradías de constructores pero parece evidente que al permitir los masones operativos la incorporación de las mujeres al oficio, su percepción de estas estaría más cercana a la excelencia que a la misoginia, pues de no ser así no se les hubiese permitido compartir los misterios del Arte Real.

Tampoco se conoce el nombre de la primera mujer que entró en una logia. La maestra de obras, masona, más antigua documentada es Grunnilda, que aparece en los registros de la ciudad en 1256, coincidiendo con el levantamiento de la nave central de su catedral gótica. Grunnilda era miembro de la guilda, o corporación de albañiles de Norwich.

También se sabe por manuscritos de diferentes guildas o gremios, en los Old Charges de la masonería, que las cofradías de masones (maestros albañiles) estaban compuestas de 'hermanos y hermanas'.

En el Libro de los Oficios de París, las mujeres que trabajaban en la construcción de catedrales suponían el 30% del total. Además, hay datos que apoyan que hubo mujeres que destacaron como carpinteras, vidrieras, herreras de cobre y bronce.

Pero el caso más extraordinario es el de Sabine de Pierrefonds (Sabine von Steinbach), mencionada por un historiador en el siglo XVII que la presentaba como maestra de obras y escultura. A Sabine se le atribuyen las estatuas del pórtico de la catedral de Estrasburgo y dos figuras femeninas de la catedral de Notre Dame de Paris. Existe una teoría en la que se considera la construcción de la catedral de Estrasburgo, en 1275, como el acontecimiento fundador de la francmasonería.

Desgraciadamente, no se ha podido demostrar la autoría de estas figuras ni siquiera confirmar la existencia de esta artista que se ha convertido en un símbolo de las mujeres que de forma anónima trabajaron como artesanas en la Edad Media.

Por desgracia, a partir del siglo XIII la misoginia vuelve a ganar peso en Europa y empieza a prohibirse la presencia de mujeres en gremios y cofradías; el Humanismo, la influencia del pensamiento tomista y las ideas aristotélicas, terminaron de desplazarlas de los centros organizados de trabajo, de lo público, lo que supuso la muerte artística y cultural de la mayoría de ellas.

A pesar de esto, se sabe que algunas mujeres en calidad de viudas pudieron pertenecer a algún gremio, incluso ocupar la posición de Dama, equivalente femenino a Maestro. Es el caso de la viuda Margaret Wild quien en 1663 aparece como miembro de la Compañía de Masones de Londres.

A partir del siglo XVII las logias abrieron sus puertas a cualificados miembros de la sociedad desvinculados del arte de la construcción, a la vez que las cerraban para las mujeres. Así, la masonería fue perdiendo su carácter profesional y adoptando otro más intelectual y espiritual, entrando en otra fase de su historia: la masonería especulativa.

A pesar de la exclusión de las mujeres en las logias, la primera mujer francmasona fue, alrededor de 1720, Elisabeth Saint Ledger, quien se hizo retratar vestida de masona y fue muy activa en su logia hasta su muerte.

La prohibición taxativa vendría de la mano de la Gran Logia de Londres cuando mandó redactar unas constituciones para regular el funcionamiento de la masonería. En las Constituciones de Anderson o Constitutions of the Free-Masons de 1723, en los albores de la Ilustración, las mujeres quedan proscritas de la masonería: «Las personas admitidas como miembros de una logia deben ser hombres buenos y leales, nacidos libres, además de tener la edad y la madurez de espíritu y prudencia, ni siervos ni mujeres ni hombres inmorales o escandalosos, sino de excelente reputación».

De una forma simbólica se hace constar en las Constituciones, que ya no será la catedral un templo de piedra para construir, sino que el edificio que habrá de levantarse será la catedral del Universo, es decir, la misma Humanidad.

Sin embargo, en la Francia de la Ilustración, a las puertas de la Revolución, las mujeres se resistirían a ser excluidas de esta sociedad y de la construcción de un nuevo mundo, porque como diría Marie Deraismes, fundadora y Gran Maestra de la primera logia masónica mixta en el siglo XIX: «No se puede construir el templo de la Humanidad con la mitad de la Humanidad».

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