03 de febrero de 2020
03.02.2020
El castillete

La derecha y la libertad

03.02.2020 | 04:00
La derecha y la libertad

En el fragor de la batalla dialéctica suscitada en torno al llamado 'pin parental', en realidad mecanismo de censura emanado desde los sectores más reaccionarios de la sociedad a falta de una añorada intervención autoritaria explícita desde el Estado, Pablo Casado declaró a una emisora de radio, hace unas semanas, que los padres tienen derecho a elegir educación tanto como hospital. Quizá sin pretenderlo, exhibió impúdicamente la concepción impostada que la derecha tiene del concepto libertad, que no es otro que el de poder escoger en el mercado aquello que la población considere más conveniente para sus necesidades e intereses. Mercado en el sentido más genuino del término, es decir, en el de productos cuya demanda se somete a consideración del público, no distinguiendo entre transacción y derechos inalienables de la ciudadanía.

Así, la educación es una mercancía. Y de nivel aceptable cuando, en ese mercado, puede proveer de unos valores determinados, coherentes con una ideología ultraconservadora. Consiguientemente, para las derechas, la libertad de educación es la de poder llevar a sus hijos al centro de enseñanza(si es posible sostenido con fondos públicos)que difunda esa concepción del mundo. Y no sólo a sus descendientes, sino a los de la mayor porción posible de la sociedad, que buscaría en la enseñanza privada y concertada el espacio de equilibrio y armonía que una enseñanza pública deliberadamente descapitalizada y guetificada ya no podría ofrecer. Para la mayoría social, libertad de enseñanza es el derecho a inscribir a su familia en el centro público y gratuito más cercano, y recibir en él una prestación solvente mediante los medios y la plantilla suficientes, donde además se transmitan valores basados en la tolerancia, la diversidad y el respeto a los derechos humanos.
En lo tocante a la sanidad, ocurre otro tanto. La derecha quiere que podamos elegir hospital. Lo que la gente anhela es que se acaben las listas de espera en su hospital público de referencia y que su centro de salud no tarde siete meses en derivar al especialista. Es decir, aspira a un servicio público dotado adecuadamente, no a poder escoger entre clínicas privadas (que van a hacer negocio con la salud) y públicas, algunas de los cuales, gestionadas de manera externalizada, priorizarán la reducción de costes y el beneficio para el gestor sobre la calidad de la atención médica.

De cómo entiende la derecha la libertad económica tenemos dos muestras recientes. La primera de ellas nos remite a la oposición, explícita o contenida, a la subida en 50 euros del salario mínimo. Aquí se confrontan(haciendo extensiva esta cuestión a la precariedad general de los salarios españoles y al hecho de que la norma laboral vigente permite despedir a trabajadores sujetos a baja médica justificada) el derecho a una vida digna y la libertad de empresa, entendida ésta como prerrogativa ilimitada del empresario. El trabajo como mero coste de producción o como factor de realización humana para llevar una vida decente.

El segundo ejemplo lo encontramos en la declaración, hace unos días, de la consejera delegada de un conocido banco español, que aseguraba iba a recomendar a sus clientes con SICAV trasladar su dinero a la filial de Luxemburgo, ante el posible incremento fiscal que el gobierno se plantea aplicar a esta figura de inversión. Era una amenaza explícita de evasión fiscal. Esto, para el banco, es libertad de colocación de las inversiones y de gestión bancaria. Para la sociedad y para el Estado, es menos dinero para sanidad, educación, vivienda, dependencia o empleo.

La paradoja de todo este asunto es que, finalmente, la derecha no cree en la libertad de mercado, es decir, en la competencia abierta entre productores que concurren ante unos consumidores con capacidad plena de elección. Hace tiempo que ese mercado fue sustituido por el capitalismo de amiguetes, el oligopolio y la corrupción administrativa frente a la licitación limpia. Proclaman una libertad que no sólo está desequilibrada, sino que es mentira: quieren convertir nuestros derechos en mercancías que coticen en Bolsa.

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