02 de febrero de 2020
02.02.2020
Pasado a limpio

El pon y el pin del hijo galopín

01.02.2020 | 16:31
El pon y el pin del hijo galopín

ue la realidad existe más allá de la ley es difícil de negar. Si hay un mundo falso y falsario es el construido alrededor de la droga. No hablo del hampa del narcotráfico. Está comprobado que cualquier limitación aplicada al libre comercio de un producto, genera un mercado negro paralelo en el que no rige restricción alguna, salvo la que se deriva de su elevado precio, al que contribuye la prohibición como causa eficiente: el alcohol en tiempos de la ley seca, el estraperlo en tiempos del racionamiento, el contrabando, la piratería en perjuicio de los monopolios comerciales (verbigracia, las patentes de corsarios en tiempos de la Compañía de Indias), etcétera. En asunto de drogas, entre las prohibidas y las permitidas, existe un tabú social de proporciones megalíticas. Sirvan algunos ejemplos:


El primer Fiscal Especial Antidroga, José Jiménez Villarejo, vino al Paraninfo de la Universidad de Murcia mediados los 80. Los alumnos de Derecho Penal acudimos a aquella conferencia en la que un imberbe tuvo la ocurrencia de preguntar por una teoría muy comentada entonces, de que el crimen organizado por las mafias del narcotráfico podría remitir sin la prohibición. Su respuesta fue tajante: no había otra solución más que la persecución y ninguna experiencia liberalizadora había demostrado su eficacia. Ante tal afirmación, el ingenuo estudiante inquirió por un matiz, pues si una prohibición tan conocida como la ley seca había demostrado su inutilidad, tal vez tuvieran algo de razón los abolicionistas. ¡Acabáramos! El ímprobo fiscal mostró un manifiesto enojo en su respuesta y su mirada dejó traslucir un grado de la cólera de los dioses, como si el estudiante hubiera sido un camello dedicado al menudeo de hachís. Algún tiempo después, cuando fue publicado su cese en el cargo, declaraba en un diario de tirada nacional que la única solución contra el tráfico de drogas y la delincuencia organizada era la abolición de la prohibición. Es comprensible que un alto funcionario pretenda justificar el cargo que ostenta, pero corramos un velo de escepticismo en torno a sus declaraciones sobre principios y convicciones.


Ítem más: hace unos años, Alberto Contador fue desposeído de su tercer Tour de Francia y su segundo Giro de Italia por un positivo en clembuterol en una cantidad tan ínfima que no podía haber sido ingerida voluntariamente. La resolución del TAS concluyó literalmente que no había prueba de que el deportista no actuara con culpa o con negligencia. Tal afirmación avergonzaría a cualquier jurista occidental que se precie, pues contraría los principios básicos del Derecho Administrativo Sancionador, empezando por la presunción de inocencia y el principio de responsabilidad que obligan a la acusación a demostrar la culpabilidad, no sólo la comisión del ilícito, sino también la concurrencia del dolo o la culpa.

Sobre la discrecionalidad y arbitrariedad en la catalogación de las sustancias prohibidas, bastaría mencionar los padecimientos de Miguel Induráin cuando no podía paliar su alergia con antihistamínicos. La pulcritud jurídica de las normas antidopaje son otra muestra de hipocresía. A raíz de una estúpida pregunta de Alberto de Mónaco en la presentación de la candidatura olímpica de Madrid, el gobierno de Zapatero modificó la legislación española que permitía la entrada arbitraria y el registro indiscriminado de cualquier deportista profesional. ¡Viva la inviolabilidad del domicilio! El reconocido miembro de la más frívola e irresponsable aristocracia europea, gobernante de un principado que admite en su afamado casino a las fortunas más sospechosas del mundo „ Pecunia non olet, el dinero no huele, que decía el dueño de un boyante negocio de la antigua Roma que comerciaba con la orina de los baños públicos„, provocaba un cambio legislativo que hubiera sido denunciado por vulneración de los derechos comstitucionales, si no fuera por el contexto de la lucha antidopaje.


Bien sabemos que el Olimpo es la morada de los dioses, por muy casquivanas y concupiscentes que sean sus divinidades. En lo que atañe a las drogas, educadores públicos y privados, desde su impoluta corrección política, insisten en lo malas que son sin reparar que las farmacias venden drogas tan potentes como las prohibidas. Cualquier niño instruido en los cientos de charlas que se dan sobre el tema dirá categóricamente que las drogas, incluidos el alcohol y el tabaco (ubérrima fuente de ingresos para las arcas públicas del Estado), son peor que malas. Ni siquiera se les hablará a los niños del papel de algunas sustancias en la historia de la creación humana, ninguna referencia se hará a Edgar Allan Poe, tan magistral escritor como reconocido borracho. Ninguna a Baudelaire, Rimbaud y los poetas malditos que escribieron bajo los efectos de psicotrópicos y alucinógenos. Eso sería incentivar el consumo entre los jóvenes, dirían, y negarían la evidencia de que las drogas se han usado durante toda la Historia de la Humanidad, se siguen usando y se usarán. Para el bien o para el mal, eso es cosa del usuario.

Así que un buen amigo, cuyo nombre preservo por razones obvias, se vio en macanudo apuro cuando su hijo menor de edad le dijo que bebía alcohol, y no del fermentado precisamente. El hombre, separado y conocedor tanto como su hijo del humor de la madre de la criatura, tuvo una charla sosegada con el rapaz. Prohibir no solo era inútil, hasta pudiera haber sido contraproducente, pero una buena conversación puede ser enormemente fructífera. Hoy su hijo es hombre de provecho sin haber oído a su padre prohibirle la bebida y siguen teniendo amenas conversaciones como aquella en la que aprendió que la hombría no se mide por el grado de alcohol que se ingiere.


Puestos a sacar una conclusión, tal vez pudiéramos acudir a la frase de Darth Vader: no subestimes el poder del reverso tenebroso de la fuerza. Por supuesto, este artículo trata sobre el veto parental educativo. Otro día hablaremos de sexo, porque el mundo existe más allá de las narices de quien se niega a olerlo.

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