30 de enero de 2020
30.01.2020
Espacio Abierto

Los hombres cobardes

29.01.2020 | 20:43

Se encaraman a los árboles los menos valientes, los cobardes, los hombres y mujeres que huyen de la incertidumbre y se refugian en la tradición, que recurren a la familia convencional, a las identidades sólidas e inamovibles de las viejas masculinidades y feminidades hegemónicas, a la pertenencia a un pedazo de tierra, a la identificación con una bandera como tabla de salvación, a la exclusión del diferente, para sentirse seguros

Nuestros antepasados homínidos habitaban en la sabana encaramados a los árboles, como nuestros parientes simios. Desde las altas acacias era más fácil atisbar cualquier amenaza. Durante miles de años mantuvieron la tradición arbórea aseguradora sin modificarla un ápice, desarrollaron su cuerpo para adaptarse a ese hábitat y copulaban como los bonobos, se reproducían, criaban a sus crías y morían. La vida hubiera seguido siempre así, igual a sí misma, si no hubiese acontecido un cambio sustancial: en algún momento de nuestra prehistoria, un grupo de estos homínidos, los más valientes y osados, se aventuraron a bajar de los árboles, a arrostrar los peligros de la sabana (la hierba alta y traicionera que escondía a los depredadores astutos), y se arriesgaron a explorarla. Pioneros.

Eran los más curiosos e inteligentes, los más arriesgados, la vanguardia de nuestra especie.

En el suelo, para protegerse y estar vigilantes, no tuvieron más remedio que alzarse sobre las patas traseras, lo que liberó las delanteras y produjo nuevos cambios en la morfología de sus cuerpos, cubiertos de pelo: el bipedismo y la destreza y precisión de los miembros delanteros, nuestros brazos, nuestras manos. La posición bípeda aumentó el tamaño del cerebro, el canal del parto se estrechó, el cerebro del feto no podía formarse del todo para poder pasar por las caderas de las hembras, más estrechas que las de sus abuelas (que se convirtieron en cuidadoras permitiendo la crianza y la reproducción del grupo), y se transformó poco a poco en el órgano de plasticidad que hoy poseemos, convirtiendo la desventaja evolutiva de nuestra inmadurez al nacer (neotenia), en la ventaja que llevó a nuestra especie a inventar el lenguaje e iniciar la cultura.

En la cueva de Atapuerca se conserva el esqueleto de un anciano que, completamente dependiente, sobrevivió más allá de lo que le hubieran permitido sus heridas y enfermedades gracias al cuidado de sus semejantes. Cuidar a los débiles ha sido interpretado por paleontólogos y antropólogos como el hito que marcó el origen de la cultura humana.

¿Y todo esto a santo de qué? se preguntará el lector impaciente. Prosigamos.

La revolución industrial, el desarrollo comercial a gran escala, la globalización capitalista, la expansión de la comunicación virtual, el neoliberalismo individualista y atroz, trajeron consigo un cambio sin precedentes en la identidad del ser humano. A la vieja solidez de la personalidad exigida a los hombres y mujeres del XIX y finales del XX, levantada sobre la familia, el trabajo, el lugar de pertenencia, le han sucedido unas identidades débiles, fluidas, que carecen de asideros, que dudan. Identidades en crisis que interrogan los cambios de la anterior (nuevas masculinidades, nuevas feminidades, nuevas sexualidades), o que se dejan llevar por las propuestas neoliberales y se confunden con ellas comportándose con una notable falta de subjetividad. Para sobrevivir creativamente a este mundo en constante movimiento se necesita valentía y arrojo, las mismas que tuvieron nuestros antepasados cuando exploraron la sabana. Sin asideros firmes aumenta considerablemente la angustia, la incertidumbre y los miedos, pero la valentía se impone y permite avanzar en busca de horizontes nuevos, de formas nuevas de convivir con nosotros mismos y con los demás, de crear comunidades nuevas, tribus capaces de sobrevivir.

Frente a esta grupo de humanos, temerosos pero valientes, que gatean, que titubean en este territorio nuevo y hostil, pero que caminan al fin hacia un futuro cada vez más inhóspito e incierto, se produce paralelamente un fenómeno de regresión a la seguridad cuadrúpeda de la vida arbórea: un retroceso a la seguridad.

Se encaraman a los árboles los menos valientes, los cobardes, los hombres y mujeres que huyen de la incertidumbre y se refugian en la tradición, que recurren a la familia convencional, a las identidades sólidas e inamovibles de las viejas masculinidades y feminidades hegemónicas, a la pertenencia a un pedazo de tierra, a la identificación con una bandera como tabla de salvación, a la exclusión del diferente, para sentirse seguros. Bajo la ostentosa arrogancia de que hacen gala estos cazadores aparentemente nutridos de testosterona, se esconde el vacío de una subjetividad imitativa y torpe, construida con la repetición performativa de eslóganes ajenos. Su patente odio esconde la envidia hacia el diferente que, intuyen, está mejor dotado que ellos. Llaman débiles a los otros, pero su insulto es pura y simple proyección de una debilidad interior que retrocede cuando se les confronta cara a cara, incapaces de mirar a los ojos del semejante, temerosos de que en los suyos encuentre solo vacío.

Ellos pretenden anclarnos en un capitalismo global y extractivista que ha devastado el planeta, en un triste individualismo que nunca, nunca, hubiera cuidado a ese nuestro anciano antepasado enfermo, supeditando el egoísmo personal al cuidado de los otros y al bien colectivo, repartiendo recursos entre sanos y enfermos, protegiendo a los más débiles. Ellos, por el contrario, quieren acabar con los derechos de los niños, de los inmigrantes, de los ancianos, de los desprotegidos, de los humanos vulnerables que somos o seremos todos.

Si fuera por ellos volveríamos a los árboles, nos comeríamos unos a otros en el canibalismo salvaje del sálvese quien pueda. Su arrogancia, en fin, es una máscara consoladora que solo oculta su propia cobardía.

No les tenemos ningún miedo.

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