19 de enero de 2020
19.01.2020
Los dioses deben estar locos

Al final del sendero

Pienso en casas y ciudades tan elegantes en las que nobles familias han vivido durante años y cómo han sido destruidas en un instante al paso de un ejército

18.01.2020 | 17:49
Al final del sendero

La nueva era de poder erigida en la ciudad de Kamakura y el ascenso de grandes señores del acero acompañados por sus propios poetas, cantores de hazañas y batallas, fue un acontecimiento que anunció para mí el advenimiento de un mundo hostil y en el que me causaba gran pena envejecer. Ni mi laúd ni mis versos tenían sentido ya, ni como guardián del archivo imperial de la poesía volvieron a ser requeridos mis servicios. La política y los gustos cambiaron al mismo tiempo. De la noche a la mañana el mundo y yo no nos reconocíamos mutuamente. En medio de la enorme confusión provocada por el ruido de las armas y el bramido fanático del shogun, semejante a un toro violento, me vi a mí mismo cada vez más lejos de poder albergar la esperanza de contemplar nuevamente un rostro inspirado por la piedad en la corte del poderoso. Así opté por separarme del mundo asustado y harto de la carnicería cruel entre los clanes sanguinarios de Minamoto y Taira. He aquí que abandoné el camino de los dioses para adentrarme en el sendero de Buda.

Viejo ya, he pasado años en plena soledad sin oír una voz humana hasta el extremo de que incluso los ciervos se han acostumbrado a mi cercanía y los animales silvestres ya no me temen. Algo de ayuda me presta, alguna vez, un niño de corta edad, el hijo de un lugareño. Mas también evito su cercanía, ¡si supiera cuántos tristes recuerdos me trae su inocencia! A decir verdad aún no me he librado del todo de mis ataduras mortales y por más que el mundo sea apariencia ni siquiera el hombre sabio que ha emprendido el camino de la renuncia está a salvo del karma. Para estarlo sería preciso volverse un dragón que volara por encima de las nubes, porque todavía, a veces, veo en sueños las lejanas luces de una ciudad y como las lámparas de los barcos acercándose a puerto, así reviven en mí, desterrado voluntario, los recuerdos de nombres pasados, caídos bajo el manto del tiempo y de la muerte. Temo las vigilias inoportunas y las noches en vela sin rezar, pues cuando me cuesta conciliar el sueño, alegrías pasadas y penas presentes se enseñorean de mi alma y la convierten en su campo de batalla. Abro los ojos, me levanto para atizar el fuego avivando las cenizas que aún no se han extinguido y comparecen ante mí las temibles imágenes del mundo. Veo al hombre que alza su mano homicida y que atrae así el hambre y pobreza producto de la guerra.

Ante mis ojos aparece una naturaleza conmovida que castiga la impiedad humana enviando terremotos que destruyen templos centenarios; lanzando huracanes que se unen con incendios hasta el punto de convertir el cielo en un velo negro para que todos caminen ciegos y a oscuras mientras que el ruidoso desplome de los edificios ensordece a los habitantes de las ciudades; ordenando al mar que engulla la tierra para retirarse después dejando un amasijo irreconocible de objetos, ganado y hombres muertos. Pienso en casas y ciudades tan elegantes en las que nobles familias han vivido durante años y cómo han sido destruidas en un instante al paso de un ejército. De este terrible espectáculo, sin embargo, una modesta celda me protege, en ella vivo con la honesta pobreza de la renuncia. Medito, escribo mis poesías y mis canciones, que luego interpreto al laúd. La montaña en su grandeza consuela mi espíritu extenuado y poco a poco cesan los deseos de navegar en las encrespadas aguas del mundo. La visión de las aves, los animales salvajes y el paso de las estaciones me apaciguan. Me consagro a meditar en una plácida y continuada conversación con la milenaria montaña.

Ahora que siento mi hora llegar, y estoy débil, percibo la proximidad de la muerte. Sin embargo, no me inquieto ya que después de haber abandonado los errores del mundo poco me importa vivir largo tiempo o morir de prisa; entre el amanecer y el ocaso, a lo largo de un único día, son innumerables los seres que nacen y mueren sin ser conscientes de que cómo ha sido. Hasta mi choza ha llegado otro monje que me ayudará a pronunciar las últimas oraciones y cerrar mis ojos. Yo, Kamo no Chomei, antaño señor influyente en la corte, hoy buscador de Buda, voy a confiarle mi Hojoki, las pequeñas reflexiones escritas durante mis años de expatriado y peregrino, que entregaré para que los hombres, si quieren, encuentren en ellas razones para no destruir lo bueno y honesto a causa de su propia ambición, para no odiar la belleza ni la bondad por la mala conciencia de sus acciones; para no encadenarse a deseos vanos, funestos o violentos, y para no afligir a sus semejantes ni violar la sagrada dignidad de cuantas criaturas habitan en el aire, sobre la tierra o bajo ella. Son mis últimas palabras en la travesía de la vida. El mensaje de un náufrago para otro náufrago, quizá para ti.

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