09 de enero de 2020
09.01.2020
Espacio abierto

Iluminadoras

08.01.2020 | 21:02

Hace justo un año, un equipo internacional de arqueólogos y arqueólogas, dirigido por el Instituto Max Planck para la Ciencia de la Historia Humana daba a conocer el resultado de los análisis realizados a un esqueleto encontrado en 2014 en el cementerio de un monasterio medieval en Alemania. Los restos, datados mediante radiocarbono, pertenecían a una mujer que presentaba un sorprendente pigmento azul en la placa de sus dientes.

Tras largas investigaciones, la hipótesis más aceptada es que se trataría de una monja iluminadora de libros, que habría vivido entre los siglos X y XII, que con frecuencia al pintar humedecería con la boca la punta del pincel con el fin de afinarlo. El pigmento azul de los dientes se obtenía a partir de lapislázuli, considerado un producto precioso y muy difícil de obtener pues procedía de una única mina en la actual Afganistán.

El hallazgo nos ha revelado a una artista de los manuscritos medievales de alta calidad ya que este pigmento azul solo se confiaba a escribas y pintores con una habilidad excepcional y, de ser así, estaríamos hablando de la primera iluminadora de la que hay constancia; de la primera identificada por su esqueleto.

Hasta no hace mucho, el trabajo femenino en la producción de manuscritos apenas tenía visibilidad por lo que este descubrimiento no solo reafirma la creencia de que las mujeres fueron protagonistas de la cultura, sino que además nos indica que tenían cierta autoridad pues estaban conectadas a una vasta red comercial de este precioso y exquisito pigmento, proveniente de una mina en la actual Afganistán.

Por otro lado, si en la Edad Media eran pocos los oficios o artes practicados exclusivamente por hombres o por mujeres, como defienden muchos estudios, no hay razones para pensar que la copia y la iluminación de manuscritos fueran actividades exclusivas de hombres. Parece cierto que una parte muy significativa de estas joyas decoradas se produjeron en scriptoria monásticos o catedralicios, pero, teniendo en cuenta que muchos monasterios europeos eran dúplices, lo más lógico sería pensar que monjes y monjas compartieran el trabajo de copiar e iluminar.

Las mujeres copistas e iluminadoras no eran solo religiosas sino también laicas como es el caso de Anastasia a quien Christine de Pizan elogia en 'la Ciudad de las Damas': «Conozco una pintora llamada Anastasia que tiene tanto talento para dibujar e iluminar? las miniaturas que no se podría encontrar en París, donde viven los mejores artistas del mundo, uno solo que la supere».

En el siglo XIV, Bourgot Le Noir, ilustradora de libros, trabajó en el taller familiar y su nombre está, en ocasiones, a la altura de su padre en la documentación de la época.

Por desgracia, la mayor parte de los manuscritos medievales no se firmaron, ni por escribas ni pintores, ni por monjes ni monjas, y los historiadores, que pensaban que casi todas las cosas hermosas e importantes las habían hecho los hombres, negaron la autoría femenina y nos inculcaron la idea de que las mujeres apenas habían participado en este trabajo.

Aun así, algunas mujeres tuvieron la voluntad de dejar rastro; no quisieron que se perdiera la memoria de su paso por la vida y nos han dejado su nombre, firmando su obra. De la existencia de estos pocos nombres de mujeres, y de hombres, cabría deducir que hubo muchas más anónimas al igual que se ha deducido en el caso de los hombres artistas que no firmaron su obra.

Las referencias más antiguas de mujeres iluminadoras se encuentran en los siglos VII y VIII: Herlinda, Reinula de Maasryck y la abadesa Agnes de Quedlinbug. Hitda de Meschede fue una abadesa ilustradora de Colonia que vivió entre 978 y 1042 y Diemoth de Wessobrun nos ha dejado el mayor número de obras: 45 manuscritos desde 1075 a 1130. Más conocida es Hildegard von Bingen quien podría haber ilustrado su obra Scivias entre 1141 y 1152.

Pero fue la firma de Ende el primer testimonio fehaciente, en la historia del arte europeo, de la participación de una mujer como creadora de una obra artística. No se sabe nada de esta monja o noble, salvo que vivió en Hispania en el siglo X y que participó como ilustradora del Beato de Gerona durante su estancia en el monasterio dúplice de San Salvador de Tábara, uno de los más importantes del Reino de León.

El Beato de Gerona, que se acabó de elaborar en 975, aparece firmado por 'Emeterius, Senio' y por ¡Ende o En1, que se define a sí misma como 'depintix Dei aiutrix', pintora y servidora de Dios. El hecho de que el nombre de Ende preceda al de Emeterius parece indicar que fue ella la responsable de la obra.

Según algunos estudiosos, la calidad del Beato de Gerona es muy superior a la del resto de códices europeos de la época por la innovación iconográfica, la policromía exuberante y el vigor de las formas.

Pero, sin lugar a dudas los casos más curiosos de trabajos firmados son los de las alemanas Guda de Weissfauen, una monja iluminadora del siglo XII y de Claricia, de principios del XIII. Ambas están consideradas como las primeras que se retrataron a sí mismas y firmaron sus trabajos.

Guda lo hizo en una letra inicial del homiliario de San Bartolomé en la que aparece la siguiente inscripción: «Guda, peccatrix mulier scripsit et pinxit hunc librum» (Guda, una pecadora escribió y pintó este libro).

Claricia se inmortalizó a sí misma en un salterio, columpiándose cogida a una gran letra 'Q' con la melena suelta y en actitud desenfadada y su nombre escrito alrededor de su cabeza. Se ha sugerido que representa a una estudiante laica o a una novicia de una abadía benedictina de Augsburgo donde se elaboró el salterio.

El trabajo que se está llevando a cabo desde hace unas décadas para dar a conocer a esas mujeres escondidas ayudará a reescribir de forma precisa la historia de la humanidad y probará que las condiciones en las que se ha desarrollado el trabajo creativo es lo único que diferencia el arte masculino del femenino.

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