05 de enero de 2020
05.01.2020
Polvo en los zapatos

Cambiar de tercio

"En la escuela, cuenta XUSO, solían incordiarle por estar gordo. Cuando empezó a tocar música, un cretino lo tildó en internet de 'el pardillo de la guitarra'"

05.01.2020 | 04:00
Cambiar de tercio

27 DE NOVIEMBRE

El poder absoluto. Almuerzo con Domingo Hernández, quien desde hace poco pastorea un club de lectura. A tal efecto, acaba de preparar La fiesta del chivo, de Vargas Llosa, lo cual nos lleva a hablar del poder: de la red de favores y terror que se teje en torno a personajes de la calaña de Trujillo, Stalin, Mao, Hitler. Siempre me ha resultado difícil comprender cómo se gesta el poder absoluto. Domingo afirma: «Empiezan seis personas, amplían su red a sesenta, éstos a seiscientas, y así va creciendo€». Con todo, ¿por qué los lugartenientes de Stalin no lo mataban, simplemente, en vez de sentirse atemorizados ante él? ¿Acaso no era una simple persona de carne y hueso? Domingo añade a la fórmula el carisma que emana de tales individuos: «Sólo eso explica que Heidegger, el hombre más inteligente de Alemania, cayera rendido ante Hitler».

28 DE NOVIEMBRE

Mi Cuaderno Gris. Hace ya casi dos años que empecé este diario, una experiencia en general placentera que me ha permitido construir (salvando distancias respecto a la enorme obra de Pla) mi particular Quadern gris€ Pero siento que ya estoy empezando a llegar a la saturación, al agotamiento: fijar la vida sobre papel, literaturizar el mundo, es satisfactorio, pero hacerlo exige un esfuerzo intenso y, sobre todo, constante. Y ese esfuerzo se ha ido alargando demasiado en el tiempo. En realidad, es raro que haya aguantado tanto; lo normal, por mi carácter, sería que me hubiese rendido antes. Necesito cambiar de tercio, invertir (o dilapidar) mi energía en cosas distintas. Pienso que quedaré con Ángel Montiel para decirle que pretendo clausurar pronto este Polvo en los zapatos. En realidad se lo estoy diciendo ya, aquí, ahora.

29 DE NOVIEMBRE

Con Miguel Ángel. Fui lector compulsivo de tebeos de la Marvel (aunque, como Scorsese, repudie sus adaptaciones cinematográficas), y una de las cosas que más me gustaba era que, en una serie, apareciesen personajes de otra; por ejemplo, el Capitán América en un episodio de Dan Defensor, o Spiderman en otro de la Patrulla X. Mis padres me obligaron a tirar o regalar esos tebeos basándose en la absurda teoría de que alimentaban mis pesadillas. No hace tanto se reeditaron y los compré casi todos. Averigüé, así, que a aquellas apariciones cruzadas se las llama crossover€ Un crossover es de algún modo lo que estamos haciendo Miguel Ángel Hernández y yo ahora, puesto que ambos somos personajes de nuestros propios dietarios, que se publican dominicalmente en los periódicos regionales.

Y aquí estamos los dos, en un centro cultural de Archena, presentando El dolor de los demás. Charlamos ante el público de confesionalidad en literatura (preconizada entre otros por Tom Spanbauer), y también de la delgada frontera entre autoficción, no ficción y escritura testimonial, reconociéndole a Truman Capote, con su A sangre fría, el papel de fundador de toda esta rama literaria. Hablamos de los efectos de El dolor de los demás en el mundo real (que convierte este libro en mucho más que papel cosido) y de posteriores averiguaciones sobre el crimen relatado. Uno de los mejores personajes secundarios de la novela, un tal Garre, quintaesencia del tipo práctico, duro y descreído de la huerta, resulta ser el único inventado€ lo que demuestra la superioridad de la ficción para expresar la realidad.

Cenamos en El Alboroque con Ángel Verdú y otros miembros del Ateneo de Archena, nuestros atentos anfitriones. Miguel Ángel, que arrastra una atroz resaca de la noche anterior, sólo bebe agua. De vuelta a casa, hablamos de las borracheras que acostumbra a inventariar en su diario. Me pongo en plan abuelo Cebolleta y le digo que también en mis cuarenta (su década actual) sufrí un rebrote de juergas empapadas en alcohol: con Juan Antonio, con Rafael, con Jesús. Y que, al final, me cansé. A él le ocurrirá lo mismo, se hartará de sufrir los efectos del día siguiente, de soportar los reproches de su mujer, y, como Borges, optará por «las mañanas, el centro y la serenidad»; es un proceso natural€ Mientras nos despedimos, me pregunto cómo reflejará cada uno este crossover en su correspondiente diario.

30 DE NOVIEMBRE

Xuso y Toni. Asisto a unas jornadas sobre acoso escolar que, contra todo pronóstico, resultan sumamente interesantes. Uno de los conferenciantes es Kevin Mancojo, a quien le faltan ambos antebrazos y tiene una pierna demasiado corta; ha sabido afrontar su cruel destino riéndose de sí mismo («mis padres me compraron por fascículos, pero no les llegó el dinero para completarme») y emprendiendo desafíos como cruzar a nado el Mar Menor. Durante la siguiente ponencia, un profesor llamado José Blas García pronuncia esta aguda frase: «Las pantallas no nos dejan ver el bosque».

Otro de los conferenciantes es el cantante Xuso Jones. En la escuela, cuenta, solían incordiarle por estar gordo. Cuando empezó a tocar música, un cretino lo tildó en internet de 'el pardillo de la guitarra', aprovechando cualquier pretexto para reírse públicamente de él. Un día, Xuso se grabó a sí mismo cantando un pedido desde su coche en una hamburguesería: el vídeo se hizo viral y, diez días después, volaba hacia Los Ángeles para grabar en un estudio donde conocería a Rihanna. Su popularidad no ha dejado de crecer. En una ocasión, se hallaba firmando discos en un centro comercial cuando vio a su acosador haciendo cola con su hija. Optó por no decirle nada: el éxito ya era suficiente venganza.

Otro ponente, Toni García Arias, afirma que el verdadero acoso se da en secundaria, porque a esa edad ya hay conciencia del daño causado. En mi mente se corporeiza entonces la imagen de Félix, Félix 'el Gato', cuyo apellido he olvidado. Hijo del cocinero de mi colegio, a veces acompañábamos a su padre a la pocilga donde guardaba cerdos alimentados con las sobras de nuestro comedor. De modales rústicos, alguien bautizó como 'dumbellas' (por el elefante Dumbo) sus orejas grandes y separadas. Todos se las pellizcábamos; algunos, con saña. Él reía a veces, pero otras se revolvía o incluso lloraba. Hoy me horroriza haber sido partícipe de algo que, probablemente, traumatizó a Félix. Estábamos en primaria. Las palabras de García Arias me permiten mitigar un poco ese antiguo sentimiento de culpa.

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