31 de diciembre de 2019
31.12.2019
La Opinión de Murcia
Punto de vista

Palabra del año

31.12.2019 | 04:00
Palabra del año

¿Sabes por qué me gusta España?», le pregunta Ava Gadner, en Arde Madrid, a su asistenta. Tras un silencio, le contesta ella misma a la joven: «Porque tiene los mismos defectos que yo». Luego, ya desinhibidas, orgullosas de ser como son, las dos se entregan a su pulsión sin límite y comienzan a insultar a su vecino de forma grotesca. Su vecino era el general Perón. El guionista de la serie, sobre todo en el último episodio, toma la gran decisión. Reconoce los defectos de Ava Gadner, y de España, y se entrega eufórico a gozar de todos ellos en la fiesta báquica final. No falta ni el tótem patrio, la cabra. Es una forma de reaccionar a la vida. La desesperación. ¿Somos así? ¡Pues hasta el fondo!

Creo que el país ha entrado en modo desesperación en este año que ahora se despide. Cualquier valoración crítica de cualquier posible defecto ya sólo mueve al cinismo o a la cólera. Y la respuesta dominante es: «¡y orgulloso de eso!» Esa reacción está prendiendo en la juventud, y ahí están los numerosos votos que Vox ha obtenido entre la generación que se acercó a las urnas por primera vez en las pasadas elecciones. Esa camaradería en el defecto no es todavía la complicidad en el crimen, pero resulta alarmante. Marca el inicio de una involución acerca del sentimiento de la vergüenza, la ocupación del espacio público por las pulsiones heredadas. El siguiente paso es muy sencillo. ¿Es de los nuestros? ¡Pues adelante! Pronto, reconocerse en los defectos ancestrales será la manera más obvia de identificar lo que hoy comienza a llamarse «patriotismo».

Lo más preocupante de este tipo de procesos reside en que neutralizan todo espíritu crítico. Ante lo que solo unos años antes era considerado un defecto, cualquiera que mantenga las viejas distancias y lo llame por su nombre, recibirá la reacción que ya simbolizó Cervantes en el retablo de Maese Pedro. Será un mal español. No importará el defecto que se denuncia, sino la ofensa de calificarlo como como dañino, peligroso o brutal. Así se dividirá a la población en dos. Lo de menos es la caracterización que reciba esa dualidad. Al principio suele adoptar formas inocentes. Por ejemplo, constitucionalistas frente a no se sabe qué. Recuerdo el inicio de la novela El jardín de los Finzi-Contini, de Giorgio Bassani, cuando con una sutileza distante se describen los años duros del inicio del movimiento fascista: «Eran los años locos [€] del primer fascismo de Reggio Emilia. Cada acción, cada comportamiento era juzgado [€] a través del tosco tamiz del patriotismo o del derrotismo». Así comenzó el asfixiante ambiente del fascismo. Con este mismo tamiz nos miramos ya hoy.

Nos da una idea de cómo pueden evolucionar las cosas las manifestaciones de ese general de Vox, que ya pide empapelar a Pedro Sánchez por atentar contra la seguridad nacional. De nuestros resortes culturales para salir de esta situación tenemos otro signo de los tiempos. La Fundéu, que tenía que elegir una palabra clave para caracterizar el año 2019, ha optado por el rostro mudo de los emoticonos. Quizá sea una invitación en toda regla. Enmudezcamos, o al menos hablemos con señas y dibujitos, a ver si así nos entendemos mejor. Y nos serenamos. La justificación que da la Fundéu para elegirlos como palabra del año, es que nos ayudan a expresar nuestras emociones. Es posible. En todo caso, se da por sentado que con las palabras ya sólo nos tiramos piedras. Los emoticonos solo sirven para resaltar la complicidad entre comunidades cerradas plenamente identificadas. Quizá necesitemos abrir nuestro horizonte comunicativo. Para eso necesitamos basarnos en razones. Y para eso necesitamos las palabras.

Sería preferible que alguna institución se especializase en elegir una pequeña lista de palabras deseables para este año que empieza. Yo propondría algunas de ellas. Por ejemplo, probidad, honradez, integridad, buena fe, honestidad, lealtad, rectitud. Lo más curioso es que todas estas palabras, que nosotros tenemos que desgranar como si fueran diferentes, están encerradas en una sola palabra alemana, Redlichkeit. En otro tiempo fue todo un código de honor. Su sentido profundo es una forma de decir, aquélla que revela tu verdad examinada con rigor, sinceridad y franqueza. Es la palabra por la que las demás palabras pueden aspirar a gozar de valor. La palabra trascendental. Sin ella, todas las demás están sometidas a la sospecha. No tienen peso. Son humo.

Por supuesto esta palabra tiene su aplicación fundamental en la probidad intelectual, que consiste en decir como opinión lo que es opinión, y como probado lo que esté probado tras examen. La obligación de hacerlo en cualquier circunstancia implica no torcer la propia conciencia por la asunción de una toma de partido previa. No sacrificar nunca el propio intelecto ante cualquier posición no examinada por uno mismo. De eso se trataría. En una conocida carta pública en defensa de un famoso libro de cuyo nombre no quiero acordarme, firmada también por un conocido intelectual, cuyo nombre me duele recordar por el aprecio que le tengo, se dice que no es una objeción contra un libro de historia el que haya manipulado abundantes citas. La razón que se da es que a todos los libros académicos, si fueran sometidos a escrutinio, les pasaría lo mismo. Esto no puede decirlo con sinceridad alguien que ha escrito libros y algunos con abundantes citas. En caso de que fuera así, reconocer este defecto sin lamentarlo sería como alentar a todos los autores a que manipulen sin límite. Cualquier sistema científico quebraría en un año. ¿Pero qué importa eso? ¡Hasta el fondo! Ahí solo pueden crecer los espíritus críticos.

Que se puedan decir cosas parecidas defendiendo una posición implica sacrificar el intelecto. Este hecho da una idea de que el campo semántico de Redlichkeit tiene escaso uso en nuestro escenario público. Una cultura que no conoce el complejo significado de esta palabra, que tanto celebraron Nietzsche y Weber, tampoco tiene sensibilidad para su antónimo: lo indecente, inconveniente e indecoroso, todo lo que suele implicar exhibir los defectos sin pudor. No confundir con lo que no se debería decir. Decere y dicere son dos verbos distintos. Pero a veces hablar con fanatismo y con falsedad tampoco es decente. Por ejemplo, otro escritor del ABC que, atacándome por haber sido crítico con cierto libro, me llama «ex profesor». Como forma de confesar sus hostiles deseos puede resultar candorosa. Como manera de dar información es indecente e indecible. Que yo sepa, no he dejado de ser profesor.

En esa sencilla palabra, Redlichkeit, se encierra una cultura completa, la moderna. El acto fundacional de ella tuvo lugar en Worms, en mayo de 1521, cuando los poderes del mundo se dieron cita para evaluar los escritos de Lutero. Allí estaban el emperador, todos los príncipes alemanes, el legado del Papa, los dominicos. Lutero discutió sus tesis y exigió ser convencido bien por la Biblia o bien por la razón. Al final dijo que no podía pensar de otra manera porque no era sano ni bueno ir en contra de la propia conciencia. Poco después de ese acto fundador de la parresía moderna, era frecuente entre los educadores hispanos defender que si un superior te dice que lo blanco es negro, tú debes creer que lo blanco es negro. La primera cultura se organiza alrededor de la Redlichkeit; la segunda, sobre el sacrificio del intelecto. Pensar que estas prácticas no dejan huella en la historia y en los hábitos de subjetividad de la gente es ingenuo. La primera opción forma individuos singulares que buscan su verdad; la segunda forja una hueste fanatizada. Redlichkeit es la capacidad de interrogarse con sinceridad sobre lo que uno cree realmente, y decirlo. De uno en uno. Lo otro, es adherirse a los míos para cubrir toda sospecha de defecto y construir entre todos el Retablo de la Maravillas.

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