29 de diciembre de 2019
29.12.2019
La Opinión de Murcia
Jodido pero contento

Luces y sombras de una década

Solo los delincuentes se preocupan, por lo que les conviene, de preservar celosamente su privacidad

28.12.2019 | 18:23
Luces y sombras de una década

Como casi todo en el transcurso de la historia, lo que ha pasado desde el 2010 tuvo sus orígenes en los años precedentes. La desbocada burbuja de activos inmobiliarios alimentada por la promesa de rentabilidad de los derivados hipotecarios subprime tuvo como consecuencia la crisis brutal del sector inmobiliario en Estados Unidos y España (países donde la burbuja fue mayor), crisis que fue mutando en financiera con Lehman Brothers, crisis de deuda pública, crisis de la moneda única europea, y la traca final nacionalpopulista desatada en Europa por el Brexit.

Y no solo eso, el nacionalpopulismo ha enraizado, fruto de la radicalización de la Gran Crisis en el país y en el momento más improbable: los Estados Unidos, que habían conocido el primer presidente negro, modelo moral de decencia y el presidente más culto y preparado intelectualmente que había conocido ese país desde Abraham Lincoln, dio entrada en su historia a un personaje siniestro, exponente del supremacismo blanco, y el comportamiento más inmoral y machista de todos los presidentes que han ocupado a Casa Blanca, Donald Trump.

En España tuvimos la mala suerte de empezar la década con Zapatero, el peor presidente de la democracia a bastante distancia del segundo, sea quien sea (Sánchez es un candidato serio para el puesto), llegado al poder por el cálculo de unos terroristas, las mentiras interesadas del Gobierno saliente que se volvieron en su contra y el oportunismo y envalentonamiento de la izquierda alentada por PRISA y la SER, su órgano de agitación radiofónico. A ese presidente le debemos la crisis independentista catalana, por su estúpida confianza en el taimado Maragall, la quiebra del sistema financiero español que aún padecemos (rescatado in extremis por la Unión Europea, bajo la supervisión ya de Rajoy) y curiosamente, el final de ETA (porque el aparato político batasuno se dio cuenta de que los ceporros de su brazo armado habían desperdiciado la mejor oportunidad histórica de poner de rodillas al Estado español, haciendo verdad el dicho clerical de que Dios escribe derecho con renglones torcidos).

A Rajoy le costó tres años de esta década y su popularidad, especialmente en el ala derechista de su partido, reactivar la rota economía española, dando paso a cinco años de disminución drástica del paro (del 23% de Zapatero al 13% actual A partir de ahora, que nadie se llame a engaño, se inicia una nueva década con la perspectiva de más gasto público, más impuestos, más paro, más deuda pública y menos España, por la implicación interesada de los separatistas en el sostenimiento del consorcio Sánchez-Iglesias. Hasta que tenga que venir el centro derecha de nuevo (arrastrando desgraciadamente el lastre de Vox y dando por olvidada relativamente su inherente corrupción) para rescatarnos de una gestión económica desastrosa. Y vuelta a empezar.

Mejores noticias nos trajo esta década que termina (en rigor termina el 31 de diciembre de 2020) en el campo de la ciencia y la tecnología, algo a los que nos tiene acostumbrada la Historia de la Humanidad desde el inicio de la Revolución Industrial, a caballo entre los siglos XVIII y XIX. La tecnología se hizo completamente móvil durante esta década, uniendo la interconectividad de internet a la conveniencia de acceder a sus contenidos y aplicaciones de forma completamente ubicua. Ese fenómeno universal se unió a la inimaginable expansión de las redes sociales, en concreto Facebook, concentrando en unas pocas manos un poder y una influencia desconocida también en la historia de los medios de comunicación de masas.

Facebook, con casi 2.000 millones de usuarios activos, se ha convertido en un monstruoso engendro con mucho poder y que utiliza nuestros datos y privacidad como moneda de cambio para la generación de enormes beneficios casi libres de impuestos, acompañado por Google, su alma gemela en el asalto más o menos conocido y consentido a la intimidad personal de sus usuarios. Parece que solo los delincuentes se preocupan, por lo que les conviene, de preservar celosamente su privacidad.

Al resto nos importa un pimiento, o así lo asumen Facebook y Google. La promesa de un mundo conectado y, por lo tanto, inclusivo y concernido con los problemas de los otros, ha quedado desmentida por la realidad de tribus que alimentan burbujas cerradas retroalimentadas por el odio que comparten a los que no opinan como ellos. Los trolls, los haters, los frikis son la fauna que campa por sus respetos al final de la década en internet y en las redes sociales. Los grupos, tribus y sectas abandonan masivamente las redes más o menos abiertas como Facebook, Twitter e Instagram para concentrarse en rincones privados como Whatsapp (por eso la compró Facebook)

Pocas décadas después del descubrimiento del secreto mejor guardado de la vida y de su herramienta de replicación, la doble hélice de la molécula de ADN, la casualidad de una parte y la curiosidad científica de otra, nos ha traído Crispr Cas9, la herramienta que necesitábamos para enmendar la plana al Creador o a la evolución, sea lo que sea que originó la vida, y la ha llevado hasta el punto en que estamos en condiciones de recoger el testigo y tomar el control de nuestro propio destino.

Por el contrario, las expectativas de convertirnos en una sociedad exoterrestre culminan una vez más con una completa frustración, apenas disimulada por los proyectos empresariales de tres milmillonarios (Elon Musk, Jezz Bezos y Richard Branson) que han visto en el Espacio la oportunidad de multiplicar sus fortunas o, al menos, de generar una convincente cortina de humo frente los ataques de una población cada vez está más concienciada de la desigualdad rampante entre ricos y pobres que están generando las sociedades desarrolladas.

Entre este panorama de ricos y poderosos destaca una figura por cuya conciencia moral yo no hubiera dado un céntimo al inicio de la década. Me refiero a Bill Gates, cuyo instinto natural de tiburón de los negocios mutó en un filántropo genuinamente preocupado por los problemas de los más desfavorecidos por obra e influencia innegable de su esposa, Melinda. Si hubiera que escoger un personaje de la década, en absoluto me decantaría por un personaje tan inteligente, soberbio y manifiestamente egoísta como Steve Jobs, sino por el que durante muchos años fue su bestia negra y objeto de su odio: el inteligente, soberbio y manifiestamente altruista William Gates.

Compartir en Twitter
Compartir en Facebook