29 de diciembre de 2019
29.12.2019
La Opinión de Murcia
Polvo en los zapatos, el diario de Manuel Moyano

20.000 leguas

Después de cien años, de varias generaciones leyéndolo sin cesar, temo que la estrella del autor de los Voyages extraordinaires haya empezado a declinar. César Aira lo ha expresado así: 'A Verne no se lo lee, sino que se lo ha leído'

29.12.2019 | 04:00
20.000 leguas

21 de noviembre

Demos. Encargo un título de Lawrence Osborne (autor que descubrí urdiendo el viaje a Tailandia) en Demos, mi librería habitual. Su dueña, Beatriz Guijarro, señala un cartel en el escaparate: «Se traspasa». Siento una punzada de tristeza. Esta librería la llevó en su germen Justina Jiménez, con ayuda de Consuelo Cano, quien pasó a trabajar con Beatriz cuando ésta recogió el testigo del negocio. Han sido años de nadar contra corriente: la mayoría de las librerías (cuánto tiempo habré pasado en ellas) tienen los días contados€ Pese a ello, en una huida hacia adelante, las grandes editoriales lanzan numerosos títulos cada semana, borrando del mapa los aparecidos la semana anterior. Javier Jiménez, director de la independiente Fórcola, habla en una entrevista de «la dictadura de la novedad». «La inmediatez –agrega– es enemiga de la permanencia».

22 de noviembre

Espejos. La semana que viene presentaré la novela El dolor de los demás junto a su autor, Miguel Ángel Hernández, en Archena. Tal vez sea la cuarta vez que la leo y, sin embargo, sigue captando mi interés, lo que demuestra su poder adictivo. Esta vez reparo en cierto detalle: hacia el final, el protagonista y narrador (el propio Miguel Ángel) cuenta cómo se mira en el mismo espejo ante el que se derrumbaron su padre y su madre. Recuerdo que también mi padre murió este invierno delante de un espejo. Me pregunto entonces (no sin un estremecimiento) si todos ellos fueron conscientes de estar contemplando su propio reflejo por última vez. Borges temía a los espejos. ¿Qué se agazapa en ellos? ¿Una puerta de acceso a otra dimensión, a la nada? ¿Tal vez la Muerte nos enseña nuestra propia calavera justo antes del fin?

23 de noviembre

Verne. Visitamos una exposición dedicada a Julio Verne en el Museo de la Ciencia y el Agua de Murcia. ¡El viejo y querido Verne! En la prehistoria de mi vida leí muchas de sus novelas, tanto en libro como en tebeo. Siempre me llamó la atención que se viera obligado a recorrer todo París con el manuscrito de Cinco semanas en globo bajo el brazo y que sólo un editor, Pierre-Jules Hetzel, accediera a publicarlo. El salvaje éxito llevó a ambos a firmar un contrato draconiano por el que Verne debía entregar dos novelas cada año, de ahí que escribiese tantas. En esta exposición puede verse una colección de primeras ediciones en castellano. Es el segundo escritor más traducido del mundo, reza el folleto, que no aclara quién es el primero; busco en internet: se trata de Agatha Christie (puedo atestiguar que, al menos, una persona tiene todos sus libros: mi madre).

Durante mucho tiempo se dijo que Verne había vaticinado el futuro, como si fuese un oráculo dotado de poderes extrasensoriales. El número de coincidencias, por ejemplo, entre el viaje a la Luna imaginado por él y el llevado a cabo realmente por el Apolo XI resulta asombroso. Tiempo después, sin embargo, tuve noticia de un concepto que le daba la vuelta a esta idea (y que me cautivó): el de profecía autocumplida. Verne también lo había previsto: «Todo lo que alguien pueda imaginar, otros lo harán realidad». Quienes leyeron de niños sus novelas, sintieron la necesidad de convertirlas en algo palpable una vez alcanzaron la edad adulta. De este modo, Verne creó el futuro. Quizá no haya habido otro novelista más influyente en el devenir histórico.

Borges opinaba que, si Quevedo no alcanzó renombre universal, fue por no dar con un símbolo que se adueñase de la imaginación de los hombres. Verne acopió varios: la ciencia, los viajes, el capitán Nemo... Murió en 1905. Un siglo después intenté visitar su casa natal en Nantes, pero se hallaba en obras. Indignado, me dirigí a la oficina de turismo: no podía creer que, en pleno centenario verniano, un país como Francia hubiese cerrado las puertas al lugar de nacimiento de uno de sus hijos más preclaros; el propio responsable de la oficina me dijo que no podía encontrar excusas, y yo pensé que en todas partes cuecen habas... Después de cien años, de varias generaciones leyéndolo sin cesar, temo que la estrella del autor de los Voyages extraordinaires haya empezado a declinar. César Aira lo ha expresado así: «A Verne no se lo lee, sino que se lo ha leído».

24 de noviembre

Mi vida. No sé si he hecho de mi vida lo que quería hacer de ella. Tal vez sí. O tal vez no. Pienso en todos los esfuerzos baldíos a los que me he entregado a lo largo del tiempo. Por ejemplo, estudiar ingeniería agrícola, una carrera que apenas llegué a ejercer durante tres años. A veces me asalta (como ahora) cierto resquemor al recordar las horas vertidas en libros o apuntes de entomología, de hidráulica, de fitopatología, de construcción... Las circunstancias me llevaron a hacerlo, me digo a mí mismo, no fue enteramente una decisión personal; mis intereses y ambiciones, si los tengo, han ido siempre en otra dirección. He esquivado varias oportunidades de ascender dentro de las organizaciones en las que he trabajado, porque no deseaba (ni deseo) asumir responsabilidades sobre asuntos que no me importan para entes ajenos.

Sin embargo, también en pos del empeño solipsista del arte he invertido toneladas de energía en vano. Descubrir que podía componer música (sin saber siquiera leer un pentagrama) me llevó a pasar infinitas horas ante un teclado y un programa de ordenador. Pero, por encima de todo, me pesan los muchos textos que he escrito para nada, en especial media docena de novelas que abordé y resolví precipitadamente, consumiendo tiempo y salud (hablo de cigarrillos)€ Aunque, a la postre, ¿qué más da? Hubiese empleado ese tiempo en cualquier otra cosa, igualmente inútil. La vida es un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y de furia (Shakespeare dixit). Al menos, en medio de este caos, de esta dispersión, creo haber obtenido algunos frutos: mi mujer, mis hijos, este hogar que constituye un refugio en la mar embravecida de la existencia, algunos amigos y allegados, un puñado de libros que tal vez me justifiquen.

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