12 de diciembre de 2019
12.12.2019
La Opinión de Murcia
Lo llevo así

El cajón de la mesilla

12.12.2019 | 04:00
El cajón de la mesilla

«La he encontrado. Ha vivido todo este tiempo a 600 kilómetros de mí y a años luz. Paso unos días siguiéndola. Observando su costumbre, su día a día. Hasta que me atrevo a abordarla en la cafetería de los martes a las 11»

Las personas no deberíamos poder mentir. Nadie. Nunca. Para bien o para mal, todo lo que saliese de nuestra boca debería ser cierto. Todos en las mismas condiciones. Caiga quien caiga.

¿Saben lo que puede doler una mentira por muy legitimada con la excusa de la buena intención que esté? ¿Saben lo que es vivir dentro de un engaño? ¿Saben lo que es que nadie ni nada de lo que te rodea resulte ser lo que tú creías? ¿Saben la herida profunda que causa que los artífices de esa estafa sean las personas que más quieres y más se supone que te quieren?

Siempre me han parecido lamentables esos programas de reencuentros lacrimógenos que apelan a la sensibilidad más básica, que te hacen remover las entrañas en el sofá mientras te comes unas pipas y lloras por las vivencias de un puñado de extraños y aprovechas, ya de paso, para llorar por otros pequeños dramas personales del día a día que no te atreves ni a confesarte a ti mismo, dramas que encuentran esa pequeña puerta de salida para que tú puedas continuar, un día más, sin mirarlos de frente.

Últimamente, he pensado también en eso: en las veces que he argumentado que jamás sería partícipe de semejante espectáculo.
Se lo he comentado miles de veces a mis padres, sobre todo cuando discutían porque el uno quería ver el bochornoso show de personas que no han sido capaces de resolver sus propios problemas en la intimidad o de procurar un acercamiento con un ser querido o de buscar a esa persona que tanto extrañan y el otro apostaba por ver el programa de turno de las cenas entre desconocidos o cualquier partido del deporte rey. ¡Por Dios, que estamos en la era digital! Que hoy en día estamos todos fichados, que aquí nadie respira ni da un solo paso sin que quede registrado en las redes o en el enrevesado y complejo mundo de Internet.

Y de repente, un día, encuentras un doble fondo en el cajón de la mesilla de tus padres. Un día como otro cualquiera, buscando el carnet de tu madre (que pierde las cosas, día sí, día también), pequeña costumbre que creías haber 'heredado', te pegas un baño cruel e inesperado de realidad. Un día cualquiera de la semana y definitivo en tu vida, descubres un doble fondo en el cajón de las mesilla de tus padres y se te cae encima el cajón, la mesilla, el dormitorio, la casa, la vida y todo lo que creías saber. Todo.

Encuentras una partida de nacimiento y un certificado de adopción y te preguntas por qué todos te dicen que tienes la sonrisa de tu 'madre' o que gesticulas y caminas como tu 'padre'. Encuentras dos papelitos envejecidos por el paso del tiempo, tiempo que has vivido creyendo ser otra persona, y comprendes que quizá ese hoyuelo de tu barbilla, el que todo el mundo asegura, entre bromas, que heredaste del mismísimo Kirk Douglas y que no encuentras en la barbilla de ningún otro miembro de 'tu' clan, puedes haberlo recibido en herencia, perfectamente, del legendario actor y te resulta muy sospechoso que a tu madre siempre le ha gustado tanto.

De repente, no sabes si estás dolida, enfadada, confusa, furiosa contra ellos, los que te han criado, contra los que han dado su vida por ti, aunque a ti no te la hayan dado. Y te ves sintiendo eso que tantas veces has escuchado en esos programas de mierda: quieres saber de dónde vienes, cuáles son tus orígenes, cómo es la mujer de cuyas entrañas saliste y cómo es el padre que puso la semillita. Y sientes un amor estúpido hacia esos verdaderos desconocidos, la necesidad imperiosa de justificarlos, de comprender cómo alguien ha podido llevar a cabo un acto tan lamentable como abandonar a su propio hijo. Seguro que se lo arrebataron, seguro que de ello dependía su vida, seguro que no ha dejado ni un solo día de pensar en ti, seguro que...

Excusas a esos extraños y te rebelas contra quienes te han cuidado tanto tiempo que han hecho que olvidases cualquier tiempo anterior a ellos. Te rebelas, los odias y los amas aún más por la dedicación generosa y altruista que te han propinado sin ser tú nada suyo. Piensas en el daño que les puedes hacer a ellos, a esos padres que no son tus padres por desear buscar a los otros, a los biológicos. Te da pena, pero ya ese camino, esa búsqueda se te hace inevitable.

Hablé con mis padres como pude, nadando entre mis propias lágrimas y las de ellos. Una vez más, como han hecho a lo largo de esta ficticia vida mía, me apoyaron. Un camino largo, difícil, doloroso e incierto que me ha traído hasta mi verdadera madre.

La he encontrado. Ha vivido todo este tiempo a 600 kilómetros de mí y a años luz. Paso unos días siguiéndola. Observando su costumbre, su día a día. Hasta que me atrevo a abordarla en la cafetería de los martes a las 11.

Me siento en la mesa frente a ella en la silla que siempre está vacía. Aún no ha empezado a tomar ese café con dos sobrecitos de azúcar que pide cada martes.

Al principio, me mira con extrañeza. Yo soy incapaz de articular palabra ni de llorar. Siento un amor estúpido e incontrolable que se derrama sobre su café con dos azucarillos.

—Sé quién eres, pero no te conozco. No quiero nada de ti, solo respuestas.
Ella no dice nada. Ella me ha reconocido. Ella sí puede llorar y no hace otra cosa.
—Por alguna estúpida razón te quiero —le digo.
Abre la boca y emite un sonido que poco a poco se convierte en palabras casi inaudibles.
—Sé quién eres, hija, y no he dejado de pensar en ti ni un solo instante de mi vida. ¿Eres feliz? ¿Estás sana? ¿Tienes hijos? ¿Me has perdonado? ¿Eres feliz? ¿Eres feliz?
—Soy feliz. Estoy sana. No tengo hijos, pero no creo que pudiera desprenderme de ellos tan fácilmente. Aún no sé si tengo que perdonarte o estarte agradecida.
Le pago el café y accedo a su invitación de ir a su casa. Vive enfrente de la cafetería. Nada más entrar, en la repisa del espejito del recibidor, hay una foto de un bebé. La misma que hay en el aparador del dormitorio de mis padres. Soy yo, con mi hoyuelo de Kirk Douglas, el mismo hoyuelo que adorna la barbilla de esta madre ausente.
—Tenía la esperanza de que algún día me encontrarías. A mí la vergüenza y el miedo me han impedido buscarte. Solo puedo decirte que no tenía nada que ofrecerte. No era capaz ni siquiera de ocuparme de mí misma. Quiero que leas esto. Lo he guardado para ti, por si venías, con la esperanza de que efectivamente vinieras, con la ilusión de que estas pocas palabras que el dolor no me dejó acabar una navidad de hace veinte años, cuando vinieron a buscarte, para darte la vida que yo no podía, rompan la distancia entre nosotras, hagan que puedas entenderme y perdonarme.

El papel está amarillo, tiene una caligrafía casi infantil, no parece escrito por una persona adulta. Es una carta inacabada y lejana:

«Este año no habrá un regalo para ti bajo nuestro árbol. Ni te levantarás apresurada buscando un paquete con tu nombre escrito en una caligrafía sospechosamente parecida a la mía.

Este año no te costará dormirte la noche anterior ni tendré que echarte tu colonia mágica, finalmente, para que logres conciliar el sueño ni estarás impaciente e ilusionada, esperando a que se cuele el primer rayo de sol por la ventana para salir disparada al salón ni abrirás los ojos de par en par al comprobar que la leche, el agua y las galletas han desaparecido casi por completo.

Este año no te parecerá oir ruido como de camellos a media noche ni pasos 'reales' ni susurros en una lengua extraña por los pasillos oscuros de nuestra casa.

Tampoco pasarás los días previos registrando cada rincón de nuestro pequeño piso mientras yo finjo no verte ni rebuscarás en los armarios al menor de mis descuidos, sin saber muy bien si quieres encontrar o no esos paquetes o prefieres que continúe la magia.

Este año no habrá círculos rojos rodeando tus juguetes preferidos en las revistas ni me preguntarás por qué dicen en la tele que los españoles nos gastaremos no sé cuántos euros esta navidad o por qué tus amigos insisten en que los Reyes Magos son los padres.

Este año no me acostaré contigo en tu camita ni abrazaré tu cuerpo calentito mientras te leo ese cuento que nunca ha faltado en estos cuatro años de cartas a Sus Majestades.

He hecho muchas cosas mal y tú ya no estás. Ya no habrá más regalos en mi vida. Ayer vinieron a buscarte. Ayer se llevaron el único regalo que Dios, si es que existe, me ha dado y me ha arrebatado.
Te quiero, Andrea».

Ese 'Andrea' resuena en mi cabeza como un nombre familiar. Abrazo a la mujer con el hoyuelo de Kirk Douglas en esa barbilla idéntica a la mía. La abrazo con un amor y una pena infinita que circula en ambas y con otros sentimientos que no puedo ni calificar y se abre, entre nosotras una puerta incierta y misteriosa, llena de esperanza hacia un futuro juntas.

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