06 de diciembre de 2019
06.12.2019
La Opinión de Murcia
Mamá está que se sale

Tiempos modernos

05.12.2019 | 21:06
Tiempos modernos

De vez en cuando, aprovecho algún mediodía que estoy sola para quedar a comer con alguna amiga y conocer algún sitio nuevo o volver a otro conocido, a darnos un homenaje, o a repetir risas, casi siempre de chicas, que tienen mucho carrete. Hace poco Antonio me invitó a comer por nuestro aniversario, y al lado había una mesa de esas, con cuatro mujeres contándose chascarrillos y muriéndose de la risa. La gracia es que no decían ordinarieces ni hablaban de hombres (las mujeres somos así, no necesitamos entonarnos para divertirnos).

Así que mi amiga Carmen, que sabe que me encantan esos planes, me llamó el otro día porque había quedado con Manuel y con no sé quien mas, por si me unía yo también. Justo ese día, para mí era imposible, y como al tal Manuel tampoco le conocía, le deseé que lo pasaran muy bien, y a ver si a la próxima había más suerte.

Pues va mi amiga y me dice que a Manuel sí que lo conozco, y se quedó después callada en plan misteriosa. Como soy tan despistada, pensé que sería Manuel el amigo de Fulanita, o Manuel el que trabaja aquí o allí, pero nada de eso. Estaba tan en el espacio sideral que me explicó que Clara ahora es Manuel. «¡Clara! ¿te acuerdas de ella?». Lo curioso es que no la recuerdo especialmente masculina. Por lo visto, hace un tiempo se puso en tratamiento, se ha estado hormonando, finalmente se ha cambiado de sexo y ahora es un hombre.

Al principio pensé que Carmen me estaba gastando una broma. Sé que la historia no es para reírse, pero me pareció tan sorprendente que lo primero que pensé es que era de guasa. Por un momento me alegré de no poder ir a esa comida. No por alejarme de Clara o de Manuel, a quien le deseo lo mejor, de verdad, sino por temor a que una reacción por mi parte, poco apropiada o bruscamente sincera, pudiera herir a Manuel. Prefería estar preparada para el reencuentro. Porque Clara se lo merecía. El caso es que había hablado unos meses antes con él, o con ella, por whatsapp, cuando yo aún pensaba que era Clara, y aunque me sorprendió su foto de perfil, no le di más importancia (cada cual que se ponga la foto que quiera), y claro, le pregunté a Carmen desde cuándo Clara había empezado a ser Manuel. De lo poco que sé de todo eso es que el proceso es largo, así que las últimas veces que yo hablé con ella probablemente estaría ya en metamorfosis.

Nunca supe si tenía novio (o novia) y ella tampoco me lo contó. Pero a mí, que acostumbro a contarle mi vida a todo el mundo y a escuchar vidas ajenas, me sorprendió pensar qué clase de coraza tendría que llevar Clara para esconder debajo a Manuel. Y hasta qué punto se consigue adaptar el ser humano. Porque, a pesar de todo, yo nunca la vi deprimida o tristona. Era pura energía y además yo me reía un montón con ella. Espero que ese punto lo conserve.

Pero, fíjate, me dio pena por Clara, por todo lo que habrá pasado por su cabeza y por su cuerpo hasta decidir dar el paso. Y al mismo tiempo me dio miedo por Manuel. Si quienes le apreciamos necesitamos algo de tiempo para procesarlo, no sé qué se va a encontrar ante extraños.

Tras la sorpresa inicial de la noticia, que no me digas que no es de órdago, estuvimos Carmen y yo hablando de la tolerancia que existe con respecto a todo esto. No sólo por mi parte, que me resulta extraño a tope y de verdad no sé qué pensar, sino en general por parte de la sociedad. Pensamos en qué haríamos, si cualquiera de nuestros hijos tuviera una identidad sexual distinta a la que mostrase su cuerpo. Yo tengo claro que las puertas de mi casa, y las de mi corazón estarían siempre abiertas, pero preferiría que no tuvieran que enfrentarse al mar abierto con esa condición. Si yo lo que quiero es que sean felices.

Recuerdo también cuando otra amiga mía plantó a su marido, un buen mozo, y al tiempo se fue a vivir con otra mujer. Entonces sí que me sorprendió, porque además fue el primer caso directo y a la luz que yo conocí. Sin embargo, me alegré mucho por ella cuando la vi más guapa y más ella (perdón por la cursilada) que nunca.

Los tiempos cambian, y de qué manera, y aunque a mí estos tiempos modernos me hacen sentir vieja, yo digo lo que el papa Francisco: ¿Quién soy yo para juzgar?

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