04 de diciembre de 2019
04.12.2019
Renglones torcidos

El regreso

04.12.2019 | 04:00
El regreso

Hay momentos de crispación que nos llevan a querer ir a días más seguros situados en algún lugar lejano del tiempo, lejos de las amenazas. Hay también momentos de melancolía, nada grave, solo una dulce tristeza, añoranza del momento perdido. La llegada lenta y reglada de los días de adviento ha abierto la puerta a uno de esos momentos. Pensar hoy en una palabra como adviento casi equivale a situarse al margen de la corriente del tiempo en medio de una época cuyo jalón cronológico más notable es el Black Friday.

Pero estos días piden echar atrás la vista, cuando las impresiones de la infancia, mi infancia, propia y personal, se grabaron con más fuerza. No creeríamos que fuera hace tanto tiempo y sin embargo han pasado un millón de años desde que el olor de las sábanas recién lavadas nos acompañaba al ir a la escuela.

A la procesión de los olores infantiles se unían también el olor de la madera recién almacenada y descargada del camión a la carpintería familiar; el olor del serrín flotando todavía en el aire después de haber pasado tablones enteros por la sierra mecánica fabricada en Francia, muy antigua, procedente de otro taller ya cerrado pero de una calidad superior a las actuales y por mil formas más de someter la madera al imperio de la forma. El olor de las virutas ardiendo en un bidón de aluminio no tanto para calentarse los días de frío como para quemar pellejo de bacalao y comerlo al tiempo que se repartía un vino tinto fuerte servido a granel. ¡Cuántas violaciones de las normas más elementales de seguridad de haberlas habido entonces!

El olor del serrín al contacto con la ropa, con los jerséis de lana y con el sudor. El fuerte olor de los pegamentos, cola de contacto, cola blanca, cola amarilla; el olor del barniz sobre los marcos montados y ensamblados. Y se unen ahora los ruidos de la niñez. El ruido de los motores eléctricos y de las cuchillas al contacto con la madera, semejante al grito de un animal, como de un gato que se prolonga inverosímil en unos pocos segundos que parecen eternos. El golpeteo de metal contra metal cuando el martillo choca con los clavos; del metal contra la madera hundiendo tacos para machihembrar.

Esa es la sinfonía del recuerdo que para mí traen los días de adviento.

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