04 de diciembre de 2019
04.12.2019
De Murcia para el mundo

Instrucción pública de calidad

03.12.2019 | 19:52
Instrucción pública de calidad

Que una educación de calidad es el mejor ascensor social que existe es una verdad incontestable. El talento de los niños no viene determinado por la cuenta corriente de sus padres o por el barrio en el que vivan: sus cualidades y capacidades están marcadas por su naturaleza, no por su entorno.

Otra cuestión bien distinta es cómo las habilidades innatas se potencian. Ahí, vivir en un entorno familiar en el que la lectura sea un hábito constante facilitará que el niño lo entienda como propio, al igual que la mayor o menor estabilidad personal de los que le rodean contribuirá a que su máxima preocupación sea aprender y no ser partícipe de los dramas personales de su familia.

El único entorno, pues, en el que los niños cuentan con igualdad real de oportunidades es el colegio y el tiempo que pasan en él. El aprendizaje de la biología más elemental o los teoremas más complejos es explicado de manera equivalente a un niño rico que a un pobre. La ayuda que recibe de sus profesores es pareja, y su desarrollo posterior dependerá más de la calidad del docente que de sus circunstancias particulares.

Admitiendo estos axiomas como ciertos, el eterno debate de camisetas verdes solicitando una educación pública de calidad no debería admitir mayor cuestionamiento. Si queremos que ésta se convierta en un verdadero ascensor social, entonces nuestra única alternativa será establecer un modelo de instrucción férreo en el que el colegio garantice el máximo de adquisición de conocimientos que, además, deben potenciarse y asumirse en el propio centro educativo para que los entornos personales de cada uno no influyan tanto como ahora. Si, por ejemplo, el inglés que se enseña en los institutos aportara el nivel suficiente a los alumnos, no habría diferencia entre los que tienen padres que pueden permitirse una academia de inglés y los que no. Si las matemáticas se asimilaran con ejercicios de clase y no con deberes de casa, entonces no influirá el grado de conocimiento e implicación de los padres en el éxito escolar de sus hijos.

Sin embargo, como acostumbra a ocurrir en casi todos los debates serios, la opinión politizada de parte del sector es la radicalmente opuesta. En vez de asumir que la instrucción es la única vía para que los estudiantes prosperen, hay colectivos que entienden que la adquisición de conocimientos es un asunto secundario en relación a los valores. Hay profesores que defienden que su labor más importante, y a la que dedican más tiempo, es a enseñar a los niños a ser empáticos y sociables.

El problema es que durante ese tiempo invertido en enseñar a respetar a los demás (algo que cada padre puede hacer con su hijo con independencia de su situación financiera o personal) es tiempo perdido para explicar conocimientos que sólo pueden adquirir en la escuela (y donde sí influye el nivel educativo de los padres o el dinero que tengan para complementar una instrucción para la que teóricamente sirve la escuela).

Por eso, si lo que de verdad queremos es igualdad de oportunidades para todos, como defendemos los liberales, debemos cambiar el eslogan. La educación en valores, en casa y, por lo tanto, renombramos por un futuro mejor las camisetas verdes: por una instrucción pública y de calidad. Así sí.

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