01 de diciembre de 2019
01.12.2019
Los dioses deben estar locos

La catequesis fallida

Las fórmulas frías y memorísticas del catecismo se han convertido en letra muerta, inerte e incomprensible en la cabeza de la niña, quien sin embargo, muestra mayor interés por las mágicas evoluciones de las nubes en el cielo

30.11.2019 | 20:06
La catequesis fallida

Con el tiempo las verdades se acortan, los ritos se enfrían y su compresión se vuelve difusa. La palabras que antaño enardecían los corazones se gastan, pierden su sentido, se vuelven vacías. Entonces, el observador avezado, sabe que entramos en la Terra Incognita de una era nueva. En las primeras líneas de Los Buddenbrook Thomas Mann hace comparecer hasta tres generaciones en un bello salón, a su vez cargado de años, es la hermosa habitación donde se ha plasmado un paisaje sobre los frescos de sus paredes según el gusto del siglo anterior. La vieja generación asiste ataviada a la antigua usanza empleando su lengua familiar y vernácula, el alemán regional, junto con el francés a la moda para hablar con sus hijos y nietos. Es una hermosa jornada familiar del otoño del año 1835. El viejo Johann Buddenbrook toma la lección a su nieta Antoine, llamada cariñosamente Tony, para comprobar cuánto ha avanzado en el conocimiento del catecismo. Se trata del catecismo de Lutero, la obra de referencia de la Reforma que sin embargo, Tony no consigue retener en la memoria, ni mucho menos comprender, desembocando en una tormenta de fórmulas confusamente repetidas que generan la hilaridad del abuelo y el desconcierto algo escandalizado de los padres, Jean y Elisabeth Buddenbrook, que desde un enervante y debilitador pietismo no llevan a bien, por su delicada sensibilidad religiosa (mucho mayor y más sentimental que la del viejo pragmático y emprendedor Buddenbrook) que la niña haga burla sobre las cosas sagradas con el beneplácito y hasta la complicidad del patriarca del clan.

En efecto, las fórmulas frías y memorísticas del catecismo se han convertido en letra muerta, inerte e incomprensible en la cabeza de la niña, quien sin embargo, muestra mayor interés por las mágicas evoluciones de las nubes en el cielo y el comportamiento misterioso de las fuerzas celestiales, que según ella, cuando acumulan calor provocan truenos y cuando se enfrían crean los rayos. Semejante explicación, con toda probabilidad procedente de la niñera prusiana, suscita, ahora sí, la irritación del abuelo que puede tolerar las bromas sobre la religión pero no semejante atentado a la razón que amenaza con disolver el impulso emprendedor y práctico que ha encumbrado a la patricia familia de comerciantes para arrastrarla a un universo autoindulgente, de toscas y desbocadas fantasías campesinas.

Sin embargo, para Jean Buddenbrook, en tanto que padre de la niña, nada tiene que objetar a la creación de un universo fantástico durante la niñez que prepare el camino para la verdadera experiencia religiosa. La nieta contempla sin entenderlo el abismo que separa a la generación de su padre y de su abuelo, mientras ella misma es portadora del espíritu de la disolución y del decaimiento de las fuerzas vitales, algo que de manera aún más disolvente y peligrosa se materializará en su juventud, cuando el dinamismo emprendedor del viejo Johann Buddenbrook solo sea un recuerdo lejano de tiempos pretéritos. Para ello aún faltan por llegar las vicisitudes y catástrofes matrimoniales que arruinarán la vida de Tony en este gran drama familiar, de momento su vida es un libro todavía por escribir, cuyas primeras líneas configuran tan solo turbaciones y cambios de humor que oscurecen la catequesis recibida y que de todas formas va a llegar a su final ante la inminente presencia de los demás miembros de la familia y del resto de invitados.

La habitación del paisaje muestra un sol en su ocaso, el gusto arcaizante de las pinturas y de la ropa de los viejos Buddenbrook muestran ya el mundo de las generaciones con la inevitable separación del tiempo. La desconexión y el abismo entre ellas se irá agrandado con pasar de los años. La religión con sus dogmas claros y afianzados, la mentalidad clara, racional y práctica del viejo Buddenbrook, el forjador de la dinastía patricia que coadyuva en dirigir los destinos de la ciudad, son ya un resto de la historia pasada de la ciudad. Su nieta lo muestra primero para diversión y solaz del abuelo haciendo parodia de las fórmulas luteranas que no entiende y luego para su irritación dando por buenas las supersticiosas explicaciones meteorológicas aprendidas de su niñera y expuestas con desenfada resolución ante el viejo patriarca fundador temeroso ahora de que la tercera generación vuelva a una especie de edad de piedra conceptual, a un desierto sin pensamiento lógico.

Desde el primer momento, desde la primera línea, advertimos que el bienestar y la comodidad material no conducen necesariamente a la ilustración y la sabiduría, y que en medio de nobles pinturas e imágenes el entendimiento de una sociedad vieja, sabia y sofisticada puede, paradójicamente, volver a la invalidez de la infancia.

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