21 de noviembre de 2019
21.11.2019
Así lo llevo

Nadie dijo que fuera fácil

21.11.2019 | 04:00
Nadie dijo que fuera fácil

Entra en la consulta, no es la primera vez que viene, pero sí será la primera en la que hable. Llevamos ya diez sesiones, a razón de una por semana. Se sienta en la silla que le ofrezco frente a mí. Hace gestos que evidencian su nerviosismo. Se cubre la cara con la melena de vez en cuando, tratando de ocultar unas ojeras marcadas y unos ojos que evidencian que hace tiempo que no saben lo que es no llorar.

Trata de cubrir las marcas de sus muñecas y lleva un jersey de cuello alto. Le ofrezco un caramelo y le dejo la cajita de pañuelos al alcance. La invito a que me cuente lo que quiera y hasta ahora no ha abierto la boca en ninguna sesión. Hoy se ha quedado callada un largo tiempo, pero cuando ha logrado levantar la mirada y fijarla en un punto, ha comenzado a hablar.

«La verdad es que así, literalmente, nadie me dijo que la vida fuera fácil, pero hasta que lo conocí a él, a mí me parecía que sí. Ciertamente, siempre fui una persona hipersensible, con la piel muy fina y con muy poca correa, me decían los mayores. Yo sufría por todo, por todos. Padecía y padezco de jaquecas desde niña, tensionales, me decían y lo achacaban también a mi especial sensibilidad. Supongo que, por alguna de estas cuestiones, me llevaron a un psicólogo o psiquiatra, siendo yo bien pequeña, y este sentenció: «Esta niña está por encima de la media, llegará donde quiera, llegará muy lejos, será lo que desee». Menudo jarro de agua fría, doctora. Me sentí invadida por una presión que no había sentido hasta entonces.

En los estudios destacaba, cierto, pero mi indecisión me hacía elegir las opciones un poco al tuntún y equivocarme normalmente. No sé si todo esto le interesa o me estoy yendo por las ramas. Creí que no sería capaz de articular palabra, pero ahora no puedo parar de hablar, serán los nervios. He cometido muchos errores, pero ninguno tan grave como ponerme en sus manos, en las manos de aquel que conocí desde niña, que vinculé a mi vida y a quien cedí cualquier decisión. Me siento tan estúpida, siento tanta pena, tanta rabia, tanta culpa, estoy tan arrepentida, desearía tanto dar marcha atrás.

No guardo ni un solo buen recuerdo de él. Ahora siento que me empeñé en quererlo. Él no hizo ningún mérito, solo aparecérseme como alguien digno de lástima, alguien a quien yo debía salvar, alguien con quien debía cargar. Condicionó mi vida desde el primer momento. Cambié y descarté planes por él. Nada era suficiente para contentarlo. No estudié lo que hubiese querido por no desplazarme a otra ciudad y alejarme de él. No hice mi viaje de estudios. Dejé de frecuentar a mis amigos. Tuvimos los hijos que él quiso y cuando quiso y por cierto, ellos son lo único bueno que saco de esa relación. Ellos son, sin duda, lo mejor que tengo.

Recuerdo nuestra vida juntos como una renuncia a la mía propia, pero él nunca estaba satisfecho. Cuando nació mi hija quiso que abandonase mi profesión y eso hice.

¿Sabe lo que supone ser una mujer de mi edad con ese vacío laboral? ¿Sabe hasta qué punto esa persona ha logrado que me sienta una fracasada, que no sirvo para nada, a fuerza de repetírmelo? ¿Sabe cómo ha minado mi capacidad de decisión a fuerza de hacer siempre lo que él quería? ¿Sabe cómo me siento permitiéndole que siga en contacto con nuestros hijos? ¿Sabe que aún trata de hacerme daño dañándolos a ellos? ¿Cómo trata de ahogarme económicamente? ¿Sabe que siento que no valgo para nada, que no sé hacer nada? ¿Y sabe cómo me lo ratifican cada día descartando mi CV en cualquier puesto al que opto? ¿Sabe cómo me siento de culpable, de inútil?

¿No es normal que sintiese que todo iría mejor sin mí?

¿Entiende por qué hice lo que hice?

¿Sabe cuál fue mi último pensamiento mientras anclaba aquellos pesos a mi cuello, mis muñecas y mis tobillos antes de lanzarme al río? En mi cabeza sonaba burlona aquella frase: «Esta niña llegará muy lejos». Y muy lejos quería que me llevara la corriente, donde no pudiesen seguir haciéndome daño, donde no pudiese seguir haciéndome daño a mí misma, aunque eso me llevase también lejos de lo que más quiero. ¿Acaso soy un buen ejemplo para ellos? ¿Acaso no soy culpable de haber elegido tan mal a quien es su padre?

Debía arreglar todo aquello, ponerle fin, pero, como sabe, ni siquiera eso hice bien. Supongo que debo estar agradecida a aquellos pescadores que me encontraron. Supongo que debo estar agradecida a la exposición mediática que sufrí a consecuencia de ello, pero solo me quiero morir.

Dígame, ¿qué puedo hacer? ¿Qué puedo hacer? ¿Qué puedo hacer?».

La paciente se calla, ahogada entre lágrimas. Le ofrezco un poco de agua, me acomodo un poco en mi silla y busco una de esas frases protocolarias que uso con mis pacientes mientras pienso que, efectivamente, nadie dijo que la vida fuera fácil.

Compartir en Twitter
Compartir en Facebook