20 de noviembre de 2019
20.11.2019
La Opinión de Murcia
La feliz gobernación

Cs apoyó los ERE

Albert Rivera contribuyó a mantener cuatro años en el poder de la Junta andaluza al PSOE que defendía la gestión de los ERE y presionaba hasta el infinito a la jueza que los investigaba

20.11.2019 | 04:00
Cs apoyó los ERE

Señor Sánchez: ¿dimitirá usted si hay una sentencia condenatoria sobre los ERE?». Ha sido la pregunta recurrente de Albert Rivera al líder nacional del PSOE en todo debate parlamentario o electoral. Pero al entonces jefe de Cs se le olvidaba que el partido que apoyó al PSOE de los ERE era precisamente el suyo.

En la anterior legislatura andaluza, Cs facilitó con sus votos a favor la investidura de Susana Díaz para la presidencia de la Junta de Andalucía y mantuvo con ella un acuerdo parlamentario establecido en un documento escrito, en una fórmula equivalente al pacto en la Región de Murcia entre PP y Vox. En plena fase de investigación judicial sobre los ERE y sin que por entonces a nadie se le escapara que el caso constituía una trama de corrupción sin parangón en cuanto al volumen de saqueo y con la extrema desvergüenza de que se tratara de fondos teóricamente destinados a los ciudadanos desasistidos de empleo, Cs decidió apoyar la continuidad en el Gobierno de quien venía apadrinada por los dos capos, Chaves y Griñán, que habían consentido la existencia de tamaña red clientelar.

Sin embargo, tras las últimas elecciones andaluzas, Cs se cayó del caballo y descubrió repentinamente que el PSOE gobernaba en Andalucía durante más de treinta años (los cuatro últimos gracias a su apoyo) y que ese poder se sostenía en una estructura que alimentaba la corrupción más allá incluso de la propia esfera política, con tentáculos en la propia sociedad, a fin de crear un cautivo caladero de votos.

Pedro Sánchez es un líder con mil y un defectos, pero no ejercía como tal cuando germinaron los ERE, y su relación política y personal con Susana Díez (la guardiana testamentaria de los capos) es perfectamente descriptible antes y después de enfrentarse a ella en unas elecciones primarias a cara de perro cuando todavía estaba sostenida en la Junta por Cs.

Este partido, por tanto, tiene una evidente responsabilidad en la prolongación del régimen susanista en plena eclosión pública del mayor escándalo de la tentacular corrupción de los socialistas andaluces. Que Rivera pidiera insistentemente la dimisión de Sánchez ante el supuesto de una sentencia condenatoria sería como pedir a Pablo Casado que hiciera lo propio por los casos Gürtel o Bárcenas, que no han ocurrido bajo su presidencia, o a López Miras que salga por la puerta de San Esteban si es que la Justicia consigue alguna vez desentrañar la ingeniería jurídica de la desaladora de Escombreras o condenara a su mentor PAS por el caso Auditorio o cualquiera de sus etcéteras.

Es cierto que tanto Sánchez como Casado o López Miras ponen escaso énfasis en condenar la respectiva viga en su partido y mucho en aplicar el 'y tú más' en la paja ajena, pero las responsabilidades políticas no son hereditarias a no ser que se persista en las prácticas corruptas o en su encubrimiento. Aunque es cierto que producen vergüenza ajena los artificios con que se intenta justificar lo injustificable, como ahora el PSOE: dicen que la extorsión a las arcas públicas no se produjo para beneficio personal de los condenados ni para la financiación del partido como si a los ciudadanos les importara el destino exacto del dinero robado de sus contribuciones. Lo que haga el ladrón con lo que te afana es irrelevante ante el hecho de que te ha desplumado.

La curiosa teoría de Albert Rivera acerca de que Sánchez debería dimitir en caso de que la Justicia condenara a políticos de su partido por los ERE en realidad era aplicable a quien la enunciaba, pues Cs contribuyó a mantener cuatro años en el poder de la Junta andaluza al PSOE que defendía esa gestión y presionaba hasta el infinito a la jueza que los investigaba.

En esa lógica, quien hoy debería dimitir sería Rivera, pero ya lo ha hecho. Entre las causas podría incluir la deriva estratégica que en Andalucía lo condujo a apoyar al PSOE cuando no debía y dejar de hacerlo después con pretextos que engañaron a su electorado en otras Comunidades, al extender la creencia de que el escarmiento a los socialistas andaluces se reproduciría con ellos o con otros en aquellos territorios en que la situación política, aparte de qué siglas protagonizaran el poder, resultara equivalente. Así les ha ido.

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