17 de noviembre de 2019
17.11.2019
La Opinión de Murcia
Pasado a limpio

El franquismo en formol

17.11.2019 | 04:00
El franquismo en formol

La exhumación de los restos de Franco nos deja imágenes típicas del Nodo con el dictador de protagonista, sólo que en esta ocasión no es la visita a Murcia tras la riada del 46, cuando se exhibió aquella vergonzante pancarta «Bendita riada que nos ha traído a Franco». El autócrata no se prodigó por estas tierras donde a papistas no nos gana ni el Papa. Las concentraciones en Cuelgamuros y en Mingorrubio nos presentan a los nostálgicos de la dictadura entonando el Cara al sol y vitoreando a un cadáver bien muerto hace más de cuarenta años, cual reliquia conservada en tarro de formol. La resurrección de estos fantasmas, no en blanco y negro, sino en el color de los telediarios, no es una película propagandística del régimen, pero sí parece una de terror de las antiguas sesiones vespertinas del Sábado Cine.
Santiago Abascal y sus correligionarios dicen que ellos no son franquistas, sino defensores del espíritu de la Transición. Mas recuerdo la época de Suárez cuando cantaban himnos fascistas, ora como conjuro, ora como maleficio hacia quien consideraban un traidor. Quizá se han percatado de que la nostalgia del pasado no casa las correrías nocturnas armados de cadenas para cazar rojos. Sí les sigue poniendo lo de las banderas victoriosas al paso alegre de la paz, que, como en una extraña querencia necrófila, no era otra distinta de los monumentos fúnebres. Por eso no dudan en calificar de profanación a la exhumación de los restos del tirano. Profano es todo aquello que está delante del templo, por lo tanto de lo sagrado y de ahí su significado de deshonrar o hacer uso irreverente de cosas respetables, especialmente las sagradas, así que se identifica profanación con el saqueo de una tumba, porque el silencio de la necrópolis tiene un cierto olor a incienso y a la cera de las velas votivas.

Puntualicemos: Franco no tiene ni tuvo nada de sagrado y que la Guerra Civil no fue una cruzada contra las potencias del mal ni contra el comunismo. Quien no lo entienda, no está en el siglo XXI, como quien quiere subsumir los hechos en el tipo del artículo 526 del Código Penal: la violación de sepulturas y sepulcros o la profanación de cadáveres. El delito se refiere a la vulneración del respeto debido a la memoria de los difuntos. Empero, la exhumación fue acto propio del gobierno de un país y una decisión política sobre el destino de los bienes demaniales, luego no tuvo nada de ilícito; hasta hay quien protesta porque se le diera tanto boato como a unas exequias de Estado.
Vox juega al despiste cuando apela a la memoria histórica de aquella Transición en la que tantos de ellos sintieron la 'traición de Suárez', un hombre que juró los principios del Movimiento y que luego desmontó las leyes fundamentales del 'reino' franquista para convocar las Cortes constituyentes que elaboraron la Constitución. Se convierten en paladines de la democracia quienes nunca creyeron en ella, como se erigen en adalides de una cruzada contra el feminismo y los colectivos LGTBI, azote de inmigrantes y separatistas que quieren romper España, el nombre que les llena la boca para denominar un paraíso utópico en que el que todos los problemas estarían resueltos con la sola apelación patriótica. Más que la última frontera, son la última trinchera ante el buenismo de la izquierda. Hay no pocas complicaciones en ese edén bíblico.
Un primer problema sería la lengua, pues aun cuando todos tuviéramos, no sólo el derecho, sino la obligación de usar el castellano, deberíamos también tener la obligación de hacerlo correctamente y sin faltas de ortografía, que habrán de ser subrayadas en rojo y severamente castigadas con penas privativas de libertad. El que usare una lengua distinta sería ipso facto condenado a pena de destierro. No sabemos cuántos países estarían dispuestos a acoger al flujo de migrantes suspensos en Lengua Castellana.

Otro serio problema serían las mujeres, porque a ver quién es el guapo que les quita sus derechos ahora y obliga a que el matrimonio o la unión de hecho precise del consentimiento del pater familias. Lisístrata de Aristófanes sería prohibida por ridiculizar el orgullo masculino y empoderar a la mujer libre. ¿Y qué hacemos con el matrimonio: uno e indisoluble o permitimos el divorcio para las parejas que no se soporten? Y, si lo permitimos, ¿a quién le damos la custodia de los hijos? ¿Al macho hispánico? Nunca ha visto empujando columpios, lo sé de primera mano, porque se les nota a la legua en los parques infantiles. A esto sumaríamos la complicación de los matrimonios homosexuales, ¿los declaramos nulos? ¿Y qué hacemos con los niños adoptados por parejas gays? Tendríamos que crear campos de concentración para los niños abandonados —los 'menas', en su eufemístico vocabulario—.
Antes de empezar con las grandes reformas, Vox vende sus retrógradas propuestas a los Gobiernos en coalición de PP y Ciudadanos, como la que asume entusiasmado López Miras, la del llamado pin parental: la autorización preceptiva paternal para que sus hijos menores de edad reciban charlas extraescolares en los centros educativos. Pretenden con eso limitar la expansión de las ideas de tolerancia con aquellos a quienes desprecian. Teniendo en cuenta su tendencia a la uniformidad, parece coherente con esa idea de la primacía de los arcaicos valores patrios. Pero el aprendizaje y la cultura que ellos propugnan tiene mucho que ver con los megalitos del neolítico y el tiempo en que el hombre pintaba bisontes en las paredes de las cavernas. La enseñanza requiere amplitud de miras, pues precisa del interés y la curiosidad. No hay nada más perverso para un adolescente que privarle de las vías de conocimiento del mundo de los adultos, tal vez con ello consigamos jóvenes indolentes, pero estoy seguro que debajo de esa apariencia, todavía habrá lugar para el pensamiento divergente porque el Dios de nuestros antepasados nos quiso libres. ¡Y eso sí que es sagrado!

El mensaje incendiario cala hondo cuando las clases populares han sufrido una crisis brutal ante la indolencia de los gobernantes. Es el caldo de cultivo del fascismo y el totalitarismo. La historia se repite ochenta años después de que causaran uno de los mayores desastres del tiempo de la memoria, como un alzheimer colectivo. Mientras los partidos más próximos hacen suyas las propuestas de estos exaltados, sin percatarse de que ello implica la pérdida de su propia identidad y de los valores que dicen defender. Nadie hace pedagogía política, nadie explica que la democracia que tenemos es el resultado de una historia de miles de vidas frustradas, de sangre derramada por el fanatismo y la intolerancia. La convivencia tiene un coste en el respeto al vecino, no porque limite mi libertad, sino porque la complementa y la completa. Pero esta idea está mucho más allá de su horizonte ideológico, pertenece a los mares y tierras de la libertad y no sale en sus mapas.

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