17 de noviembre de 2019
17.11.2019
La Opinión de Murcia
Al hilo

Chile

Convendría que nos fijáramos en lo que está pasando en Chile, porque no hay sociedad, por estable que se crea, que no pueda venirse abajo de la noche a la mañana

17.11.2019 | 04:00
Chile

Anoche se oían disparos muy cerca de mi casa», me escribió en un correo Vicky Saavedra desde el norte de Chile. Y más o menos por las mismas fechas, un alumno 'online' me dijo desde Santiago que no podía salir de su casa porque regía el toque de queda y habían saqueado todos los supermercados de su barrio. Eso fue hace quince días pero las cosas siguen igual, o peor. Hace pocos días quemaron un edificio de apartamentos en el centro de Osorno. En Valdivia, un grupo de incontrolados intentó asaltar un cuartel. Y hay una ola de incendios de iglesias provocados por encapuchados. La última en arder la fue la iglesia de la Veracruz, en pleno centro de Santiago.

¿Qué está pasando en Chile? Nadie lo sabe. Ayer vi un vídeo en el que unos estudiantes enfurecidos derribaban los paneles de señalización de una autopista y se ponían a dar saltos sobre los indicadores como si fueran una manada de simios preparándose para una batalla. Quien haya conducido por una autovía de Chile, sobre todo en el norte desértico (yo lo hice con Vicky Saavedra, hace años, por la Panamericana), sabe que esos indicadores te consuelan recordándote que estás en un planeta habitado y que en algún sitio, aunque tú no lo veas, hay una remota posibilidad de encontrarte con algún ser vivo. Una vez, en el desierto de Atacama, vimos una señal que anunciaba un lugar llamado Sierra Gorda. Cuando llegamos, pensando que nos encontraríamos unas casas, una gasolinera, una tienda, tal vez un motel, lo único que Vicky y yo nos encontramos fue un gigantesco anuncio de Coca-Cola en forma de botella de látex. Por eso me sorprende la furia nihilista con que esos estudiantes derribaban las señales de la autovía. ¿Querían destruir todo vestigio de vida, todo rastro de civilización? ¿Querían acabar con la degradante vida mecánica y regresar a la naturaleza incontaminada donde no había nada más que polvo y piedras y montañas inhabitables? Cualquiera sabe.

Absortos en lo que está pasando aquí –(con nuestra habitual ceremonia de la confusión), no le estamos prestando atención a lo que está pasando en Chile. Hace veinte años, los chilenos se enorgullecían de que ellos (que habían sido los más pobres del Cono Sur) ahora recibían oleadas de emigrantes peruanos, bolivianos, paraguayos y, sí, sí, también argentinos. Recuerdo la fría condescendencia con que los socios del Club de Yates de Antofagasta trataban al camarero argentino que les servía la comida. Si había un país admirado y envidiado en toda América Latina, ese país era Chile. Tenía un Gobierno estable, la economía crecía, la pobreza extrema descendía de año en año y los ciudadanos parecían estar satisfechos con la situación. Y de pronto estalla una revuelta popular que nadie sabe qué busca ni qué pretende, sin líderes, sin programas, que desemboca en una caótica explosión de furia y descontento que acaba arrastrando a un grupo de estudiantes a derribar los paneles de señalización de una autovía. Y luego llega el toque de queda. Y el saqueo de supermercados. Y el incendio de iglesias. Y las patrullas militares recorriendo las calles con armamento de guerra. Y el ruido de disparos a poca distancia de donde vive Vicky Saavedra.

¿Qué está pasando en Chile? Convendría que nos fijáramos en lo que está pasando allí porque no hay sociedad –por segura y estable que se crea- que no pueda venirse abajo de la noche a la mañana (en Chile todo empezó con la subida de precio del billete de metro). A primera vista, Chile tiene todo lo que un país podría desear: los indicadores macroeconómicos son buenos, la economía va bien, la pobreza ha descendido de forma radical, pero algo no va bien y hay un descontento larvado que lleva mucho tiempo incubándose y ahora se ha manifestado como uno de esos volcanes que llevaban décadas apagados hasta que de pronto entraban en erupción. Vicky Saavedra (que ya se enfrentó en su día a los militares de Pinochet) me lo explicó en otro mail: «Chile ya se cansó de tanto abuso. La educación es privada, la salud pública ineficiente, los pacientes tienen que esperar años para lograr una cita con un especialista€ El Estado vendió el agua a particulares y ahora debe pagarles para que la ciudadanía tenga agua. Los gastos básicos como agua, luz, gas suben todos los meses. La brecha económica es inmensa entre el 10% de los más ricos y los pobres no tienen cómo sobrevivir. Dicen que somos los jaguares de América Latina pero eso es sólo para los poderosos».
Sea como sea, hay una ecuación diabólica que parece estar actuando en Chile: el descontento social, la pulsión nihilista de destruirlo todo buscando establecer un nuevo paraíso incontaminado por la corrupción humana, el narcisismo que nos lleva a protestar constantemente con la excusa –real o ficticia- de que nos sentimos oprimidos y la realidad de un Estado que no funciona tan bien como parece. Eso está ocurriendo ahora en Chile. Y quizá ocurrirá algún día en España.

Compartir en Twitter
Compartir en Facebook