17 de noviembre de 2019
17.11.2019
Achopijo

Calvo Schillaci

17.11.2019 | 04:00
Calvo Schillaci

Con cuatro pinzas se monta una portería perfecta. Estable. Dos se ponen de postes y otras dos, pinzadas, de larguero. Y la portería se sujeta perfecta. Es del tamaño idóneo para el juego de los cromos. A finales de los ochenta conocí a los Calvo jugando al fútbol en el patio. Metegoles y partidicos con piques, caños, toques y chilenas. Porterías en la pared, balones de reglamento gastados y torneos los sábados por la mañana en el colegio. Yo jugaba con clicks en mi alfombra, con cajas de zapatos recortadas como porterías y una canica. Ellos con cromos, en alfombras de pelo corto, como la mía, porterías con pinzas y una pelotita de papel de aluminio. Al poco hacíamos mundiales, eurocopas, ligas€ Todo. La pasión de Juan Antonio por el fútbol era absoluta, y sirvió para generar un mundo paralelo de juegos inolvidable.

De las cosas que mejor recuerdo tengo de mi infancia son esos días interminables jugando a los cromos en alfombras, escribiendo clasificaciones y comentando jugadas sobre el tapete, pelotas de papel y jugadas de ensueño con estampas. Allí terminó de surgir mi vocación periodística, a la par que Juan Antonio esculpía su sueño en el fútbol. A mí me gustaba más lo de alrededor. Parafernalia futbolera. Me gustaba más la camiseta de Zico que guardaba su padre en el altillo de un armario que el propio Zico.

Después la vida nos ha llevado por sitios distintos, aunque no muy alejados. De vez en cuando nos vemos y nos seguimos la pista. Estoy seguro de que podríamos echar un partido de cromos y disfrutarlo en cualquier momento, más ahora, cuando mi hijo Guille está a punto de cumplir la edad en la que nos conocimos y fuimos juntos a un campamento de verano en el que jugábamos al fútbol más horas de las que teníamos clases de inglés. A Calvo le llamaban Schillaci, que aquel verano fue el máximo goleador en el Mundial de Italia 90. Calvo tenía gol. Más que gol, tenía fútbol. El mismo que desbordaba jugando a los cromos o en el patio de casa. Se le iluminaban los ojos cuando contaba historias de la escuela de fútbol barcelonesa en la que empezó. Bueno, y siempre que hablaba de fútbol.

Cuando descubrí que era él el que estaba en el banquillo de El Palmar lo primero que pensé fue en el Dios fútbol. Ése Dios que quita y pone con ansiada justicia alegrías y sinsabores en el devenir de aficiones, futbolistas y aficionados. El fútbol que ha corrido por sus venas toda su vida tiene una deuda con él, y no sé si será esta, o estará por llegar, pero esto no es casualidad. El tipo que ha llevado a El Palmar a jugar un partido oficial contra un equipo de primera división inventó las porterías con pinzas. Mucho ojo. Grande, Calvo. Vale.

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