15 de noviembre de 2019
15.11.2019
Mamá está que se sale

Un día en los juzgados

14.11.2019 | 21:04

Cuando me llamaron y vi en la pantalla un número fijo, fui corriendo a contestar. Creía que era de un trabajo del que estaba pendiente, pero no llegué a tiempo y se cortó la llamada. Así que imagínate mi sorpresa cuando marqué el número y en vez del cliente me contestó la Guardia Civil. Tenían a un detenido que me había nombrado como su letrada, y estaba esperándome. Las siete de la tarde. Buena hora para repartir tareas entre los niños, dejar cenas hechas por si acaso no vuelvo a una hora prudente, y salir pitando. Elena, desde la puerta me miraba de reojo. «No te irán a detener a ti, ¿no?». Con preguntas así, no albergo la menor esperanza de que alguno tome mi testigo. Es verdad que es algo agotador, que está mal pagado, pero de qué forma, y que no hay lo que se dice muchas satisfacciones. Pero mira que es apasionante.

Al día siguiente me fui al juzgado, a la hora convenida. A mí me citaron a las diez cuarenta. Pero eso no significa nada en absoluto. Al llegar vi al contrario, y hasta subimos juntos en el ascensor. En el trayecto me contó que había resultado agraciado en el sorteo de un buen tortazo. Vaya por dios. El supuesto agresor, mi cliente, entraba también al juzgado, pero conducido por la Guardia Civil, y encerrado en el calabozo con lo mejor de cada casa, hasta que lo subieran a la oficina del juzgado.

Yo, mientras, entré en la oficina del juzgado y pregunté quién llevaba lo mío. Saludé a María, normalmente una mamá del colegio, pero en esas dependencias, magistrada. Esa costumbre, la de saludar, tan de mi padre por un lado, pero por otro sencillamente una cortesía obligada hacia quien lo es todo en el juzgado, y junto con la fiscal, quien más te puede complicar la vida, mejor dicho la de tu cliente, como hoy no sea tu día.

Llegó el letrado de oficio, a Dios gracias un chico joven y accesible (se ve que las viejas momias ya no hacen guardias), y pactamos con la fiscal lo que entendimos mejor para cada uno de nuestros chicos, y allí mismo zanjamos el primer asalto. Me dio pena por el compañero de oficio. No me conformé con una condena, y hasta que no se termine el asunto en juicio, no lo cobrará. Dime tú si ésta no es una profesión vocacional. ¿Cómo no va a serlo, si por hacer una guardia de veinticuatro horas te pagan 61 euros, allá cuando te los paguen?

Nos tomamos con deportividad la espera de cada uno de los trámites, mientras iban pasando las horas. Igual que en nuestro proceso, todos los funcionarios del juzgado con sus respectivas causas y detenidos escribían diligencias a toda prisa, las tramitaban y las mandaban donde tocara. Algunos abogados con la toga puesta después de haber celebrado otros juicios atendían a sus clientes, mientras los detenidos iban siendo conducidos por la Guardia Civil, esposados y sin cordones en las zapatillas. Alguien comentó que Pablo Iglesias era vicepresidente.

En otra de las mesas, un marroquí, del que su letrado decía que no entendía el español, aunque al respecto había división de opiniones. En otra mesa estaban buscando a la testigo que no aparecía, para que dijera si había visto cómo el animal de turno arrastraba por los pelos a la chica. Por Dios qué gente.

Llegué a mi casa, a las cuatro y sin comer, después de haber visto un poco de vida real que debería ser obligatoria en los colegios. No pude aguantarme decirle a Antonio: «Ni se te pase por la cabeza, nunca jamás, por más que te cabrees, ponerme una mano encima. No sabes la que te cae».

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