13 de noviembre de 2019
13.11.2019
La Opinión de Murcia
Así lo veo

Consensos rotos

Nuestra clase política ha venido sumando error tras error y la estabilidad hoy pasa ya necesariamente por las reformas

13.11.2019 | 04:00
Consensos rotos

"El abismo invoca al abismo", leemos en uno de los salmos; los extremos llaman a los extremos, anuncia la actual dinámica política. Más de dos mil años separan ambos mundos sin que el hombre haya aprendido a explorar el valor de la moderación.

El PSOE celebraba su victoria en Ferraz, seguramente consciente de que la frivolidad de Pedro Sánchez al convocar elecciones se ha traducido en un Parlamento roto y descosido, sin mucho margen operativo. Con los resultados del domingo, asoma un bipartidismo debilitado y exhausto, incapaz de articular soluciones efectivas. Sánchez podría haber pactado con Unidas Podemos o calibrado los límites reales del veto de Rivera a un acuerdo de Estado y, sin embargo, prefirió dejarse guiar por el viento cambiante, ácido y frío de las encuestas. Ha ganado, pero sin conseguir ninguno de sus objetivos.

El Parlamento hoy queda igual que ayer, pero más inhóspito, menos sensato, con una mayor pulsión hacia los extremos. Es la lógica consecuencia de años de pensamiento mágico, de cultivo de la desconfianza y el resentimiento, y de abandono de las preocupaciones reales de la ciudadanía. La política de los símbolos derroca la inteligencia para entronizar las pasiones, sin que contemos con una vara de medir que permita cuantificar sus virtudes o sus defectos.

Sánchez se equivocó, como se equivocó Rivera al plantear un veto irresponsable en contra del interés general, como se equivocó Casado al no ofrecerse como garante externo de la estabilidad del país. Se han equivocado todos a costa de seguir socavando el llamado Régimen del 78, nuestras instituciones y nuestras libertades.

Sin sumas evidentes, con una fragmentación territorial en aumento y con una ruptura social y cultural innegable, hay que preguntarse cuál es el nuevo recetario de nuestra clase política: ¿un pacto divisivo? ¿Un centro sordo? ¿Un giro autoritario? ¿O se preferirá otro de características revolucionarias? La sensación es que nadie sabe qué hacer ni adónde dirigirse. El conocido aserto de que «en España quien resiste gana» ya no sirve. No en estas circunstancias, no de este modo.

Durante mucho tiempo he pensado que la gran coalición (esa costumbre europea) constituye la única solución capaz de sostener y reformar el sistema. Esa esperanza no es una ingenuidad (podría serlo), sino una simple constatación: un país dividido, que ve como caen sus consensos fundamentales, necesita encontrarse de nuevo y ello sólo es posible contando con el mayor número de personas y de sensibilidades diferentes.

Ya es posible dudar de que esta gran coalición vaya a darse alguna vez, aunque ahora el PP de Casado haya amagado con la abstención y quizás hasta la conceda en último extremo. Da igual, porque no es eso lo que necesitamos: llegaría tarde y llega mal, con la confianza rota, el tacticismo electoral como bandera política y el enconamiento ideológico como criterio de verdad moral. En efecto, no es lo que necesitamos, porque la gran coalición sólo funcionaría si sus actores se mostraran dispuestos a asumir riesgos importantes por el bien del país.

Hoy estabilizar pasa forzosamente por reformar y hacerlo no unos contra otros, sino desde el centro hacia todos. No constituye un camino fácil y sospecho que por ahora intransitable. En todo caso, la fortuna a veces ofrece giros inesperados. En un mundo tan volátil, los acuerdos de Estado deberían ser la norma y no la excepción. Quizás alguien tome nota.

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