10 de noviembre de 2019
10.11.2019
La Opinión de Murcia
El diario de Manuel Moyano

Polvo en los zapatos

En el candelabro. "Es un programa ya clásico que no desdeña el esoterismo o la ufología, pero que aborda el misterio desde múltiples perspectivas, como las sociedades secretas o la simbología"

10.11.2019 | 04:00
Polvo en los zapatos

5 de octubre

En la Feria. Largo fin de semana en la Feria del Libro de Murcia. Ayer presenté junto a Pedro Almaida su novela Los caminos perdidos, en mitad del Paseo Alfonso X, y ambos parecíamos buhoneros voceando nuestra mercancía. Estuvimos hablando de la España vacía, de literatura neorrural, de realismo mágico, del boom latinoamericano. Compré a Jesús López García su libro Viejos caminos, viejas historias, que, en parte, tenía que ver con todo lo anterior. Saludé uno por uno a los siete refugiados africanos (de Guinea, Mali y Senegal) que Manuela Sánchez había traído a visitar la feria.

Hoy he dedicado ejemplares junto a Rubén Castillo y Paco López Mengual y, mientras lo hacía, me acordaba de esta lúcida frase de Salvador Pániker: «En el acto público de la firma de libros se mezclan la vanidad, el exhibicionismo y la mendicidad». Pablo de Aguilar ha presentado, también al aire libre, La sinagoga del agua. He saludado a Antonio Parra, a Mónica Rouanet, a Miguel Ángel Hernández y a muchos amigos del gremio. Creo que todos nos sentimos felices de haber sido reunidos aquí, como si formáramos parte de algo más grande.

6 de octubre

Cambio de rumbo. Las recientes inundaciones, que desmantelaron la vía verde y la mota del río, me han obligado a buscar nuevos trayectos en bicicleta. Así, he llegado al trasvase Tajo-Segura, una ruta asfaltada, prácticamente llana y sin coches: no se puede pedir más. Esta mañana el viento no llegaba a molestar y, en cambio, hacía más agradable el paseo. Lo malo eran las moscas que, junto a los mosquitos, han proliferado con el agua encharcada. El canal mostraba numerosos desperfectos. He pedaleado durante horas: hay mañanas en las que uno se siente pletórico de energía.
Aún me ha alcanzado ese ímpetu para preparar una paella con magra. Mientras comemos en el balcón, Teresa cuenta que una compañera llevó a su hijo de diez años a un tanatorio y que algunos familiares del fallecido la recriminaron por ello. ¡La vieja obsesión por escamotearle la muerte a los niños! Cuando murió mi abuelo materno me aseguraron que había ido a vender telas a Oriente. Recuerdo a cierto matrimonio del que me hablaron Juan Antonio y Susi: cada vez que le ponían a su hijo la película El rey león, adelantaban la cinta para que no pudiese ver la escena en la que Mufasa, padre del protagonista, moría arrollado por una manada de ñus.

8 de octubre

Neopoesía y gafes. Estudian Filología, se llaman María Sánchez-Saorín y Silvestre Campillo y, entre ambos, llevan una página web de entrevistas titulada Allá donde habitamos. Ahora estoy con ellos en una especie de cubículo sin aire acondicionado de la biblioteca Antonio Nebrija y tengo un micrófono pegado a la boca. Me parecen jóvenes, muy jóvenes. Quizá por eso escuchan con unción mis divagaciones sobre literatura, como si oyeran pronunciarse a un oráculo. Hablo de relatos, de novela, de autoficción, de no-ficción; les confieso que, últimamente, me voy decantando por esta última, como lector y como escritor.

María asegura leer mucha poesía. Intuyo que se refiere a la hueste de neopoetas que invade últimamente las librerías. Lo poco que he leído de ellos (temo ofenderla al decir esto) me parece cursi y simplista. Cita a dos autores que me harán cambiar de idea: Mario Vega y Rosa Berbel. Los anoto. Hasta ahora, el único poeta de la nueva hornada a quien he leído sin que me rechinen los dientes es Pedro Teruel. Con su aspecto de marinero del Pequod, sabe equiparar la tristeza a «una mochila de espinas y raíces» o «mirar a lo lejos / como el viajero fatigado / en busca de civilización / en lo alto de una montaña». Ecos de poesía ancestral resuenan en él.

El azar ha hecho que esta misma tarde deba mantener una segunda entrevista. Cruzo el río Segura y llego al barrio del Infante para encontrarme con Fernando Mullor. Descendiente de aquellos Muller alemanes que huyeran de la Gran Guerra refugiándose en Elda, el pasado sábado, durante la feria, se sintió interesado por mi libro sobre curanderos Dietario mágico. Por eso me ha convocado al estudio donde graba El candelabro, programa ya clásico que no desdeña el esoterismo o la ufología, pero que aborda el misterio desde múltiples perspectivas, como las sociedades secretas o la simbología.

Hace calor. Me recibe en la calle con pantalón corto y una camiseta que apenas puede contener su corpulencia. Subimos. Un corto pasillo conduce a una habitación en la que se amontonan ordenadores, mesas de mezclas, cables, pantallas, reproductores... Apenas queda espacio para sentarnos en torno a una mesita de formica con tres micrófonos. Pronto aparece un hombre de sesenta y pico, vestido también informalmente, que se presenta como Paco Martínez Campos. Sólo más tarde caeré en la cuenta de que fue el director de Informativos de la radiotelevisión murciana.

A ratos, la grabación se ve interrumpida por bruscos martillazos: el vecino de arriba ha decidido montar un mueble a las nueve de la noche. Hablamos de gafes. Campos cuenta que, mientras trabajaba en Televisión Española, era tal la leyenda de gafe en torno al cantante canario José Vélez que, cuando asomaba por un plató, la gente huía en estampida. Mullor menciona el caso del futbolista Aaron Ramsey, cuyos goles anuncian siempre la muerte de alguna celebridad. No creo en nada de eso, digo, pero sí en que tener fama de gafe puede amargarte la vida; en mi pueblo hay una familia (no cito su apellido) cuyos miembros son evitados por todo el mundo a causa de tan absurda superstición.

Campos nos lleva en su destartalado coche al centro. Cuando digo que saldré de viaje para Tailandia en unos días, Mullor me revela que fue corresponsal de la agencia Efe durante tres años en Laos, Birmania y Tailandia, y que su novia (llamada Som) se halla ahora mismo en Bangkok visitando a sus padres: podría ser nuestra cicerone por la ciudad. Doce o trece años más joven que Mullor, no puedo evitar pensar en ellos como en Thomas Fowler y Phuong, los personajes de Graham Greene en la soberbia El americano impasible. Anoto el teléfono de Som, agradeciendo a los hados esta maravillosa casualidad.

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