09 de noviembre de 2019
09.11.2019
Cartagena D. F.

Reflexión e indigestión

"A la indigestión política de estos días se le ha cruzado en Cartagena una intoxicación real que nos ha recordado que las cosas importantes son más cercanas y menos debatibles, son más reales y menos futuribles, son más palpables y menos increíbles..."

09.11.2019 | 04:00
Reflexión e indigestión

A la hora de la verdad, la política no nos importa tanto y muchas veces es sólo un entretenimiento más en nuestra vida. No voy a decir que sea algo secundario, porque nuestros dirigentes tienen en sus manos nuestro futuro y, aunque su labor o la carencia de ella es prácticamente inapreciable en el día a día, el resultado de lo que han hecho o han dejado de hacer sale a la luz con el tiempo. Que nos lo digan a los vecinos del Mar Menor.

Sin restar ni un ápice de gravedad a una tragedia medioambiental tan tremenda como la que sufre nuestra querida laguna salada y sin menospreciar nada de lo que les preocupe, creo que en nuestro día a día somos bastante primarios y nos preocupamos por satisfacer nuestras necesidades alimentarias, nuestro bienestar y el de nuestros seres queridos, así como de ocupar nuestro tiempo de ocio con algo entretenido.

Cuando el equilibrio de estos puntos se trastoca es cuando nos ponemos a correr, cuando nos preocupamos de verdad y cuando sentimos incluso miedo.

Por eso, por encima de unos más o menos aburridos debates a cinco, masculinos o femeninos, y más allá del resultado de las elecciones a las que estamos citados otra vez mañana, la noticia de esta semana ha sido que varios paisanos han contraído la hepatitis A en un conocido y muy frecuentado restaurante de la ciudad, que se ha clausurado para evitar que haya más casos.

No parece que la enfermedad sea especialmente grave, si se combate al virus con eficacia, pero hay términos que nos encienden las alertas y el de hepatitis es uno de ellos. Afortunadamente, no he visitado desde hace mucho tiempo este local, pero imagino a los que sí lo han hecho y a quienes han estado en contacto con ellos más que preocupados. Porque cuando nos tocan la salud, como cuando nos tocan el bolsillo y nos quitan la comida de nuestro plato y el de nuestros hijos, hacemos lo imposible y lo indecible para buscar soluciones.

El problema es que solemos vivir pensando que a nosotros no nos va a tocar y que esas cosas sólo salen en las telediarios, los informativos de las emisoras de radio y las portadas de los periódicos. Y las vemos, escuchamos o leemos como algo llamativo o anecdótico que siempre les pasa a los demás. Porque, por otro lado, no podríamos vivir continuamente con el sufrimiento de algo que nos podía haber pasado.

Así que a la indigestión política de estos días y habitual siempre que se acercan unas elecciones, se le ha cruzado una intoxicación real que nos ha recordado que las cosas importantes son más cercanas y menos debatibles, son más reales y menos futuribles, son más palpables y menos increíbles.

Pese a todo, muchos sostienen que pasar de debates a dos a debates a cinco es más democrático, porque se incrementa la oferta entre la que elegir. En el fondo, también es el reflejo de que nuestra sociedad es cada vez más variopinta. Eso no es malo de por sí, pero, al menos en el ámbito político, la aparición de nuevas formaciones no ha favorecido una amplitud de miras con acuerdos y decisiones en los que se den cabida a todas las ideologías, sino que nos ha conducido de forma progresiva hacia extremismos opuestos, en los que la disputa y el enfrentamiento es constante y el entendimiento, imposible.

Que haya más partidos debería servir para abarcar más inquietudes entre los ciudadanos, pero no es así en nuestro país, al menos no lo está siendo, porque donde antes se lanzaban reproches y repartían culpas entre dos, ahora hacen lo mismo pero entre cinco. Y el resultado no es otro que el desgobierno en el que nos tienen inmersos ya demasiado tiempo, lo que nos lleva a pensar que le importamos poco nosotros, nuestra salud, nuestro día a día y nuestro Mar Menor. Les da igual lo que pensemos, lo que queramos y lo que les pidamos, porque lo que más les importa es nuestro voto y el número de diputados que puedan conseguir para tratar de llevar a cabo sus proyectos que, a juzgar por lo acontecido, no son los nuestros.

Así que no me extraña que uno de cada tres de ustedes estén indecisos, porque por más que reflexiono sigo sin poder comprenderlo y sin saber si, como dicen, de mi voto depende mi futuro.

Hace tiempo defendía una abstención masiva, para que la clase política se percatara de que queremos cambios de verdad: en el sistema electoral, en la transparencia de las instituciones, en la estrategia contra el cambio climático, en el impacto de sus disputas sobre las economías de nuestras casas y en tantas y tantas cosas. Hoy sé que lo que de verdad les duele, lo que les molesta, lo que les hace reaccionar es que votes al contrario. O viceversa.

En cualquier caso, debemos preocuparnos por la evolución de la política, de nuestros partidos y, en especial, de posturas radicales y extremistas. Porque, aunque pensamos que, salga quien salga, dentro de cuatro años volveremos a votar, aunque creamos que la democracia en nuestro país está garantizada de por vida, aunque pensemos que siempre se van a respetar nuestros derechos y libertades, conocemos otros países que se las prometían igual de felices y que, a día de hoy, malviven entre disputas y dictadores. Podemos pensar que a nosotros nunca nos va a pasar o, tal vez, sea mejor que mañana nos acerquemos un momento al colegio electoral y votemos en consecuencia. A pesar de la indigestión.

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