07 de noviembre de 2019
07.11.2019
La Opinión de Murcia
El mirador

Turismoscuro

07.11.2019 | 04:00
Turismoscuro

Este verano último me dediqué a releer libros pasados. Libros pertenecientes a una época y que se reafirman con solidez, una vez que se someten, en la espiral del tiempo, a la profundidad de una nueva relectura. Es curioso la tremenda agitación que nos puede suponer un título olvidado y actualizado. Es el caso de La Ciudad de la Alegría, de Dominique Lapierre, una obra que me metí entre ojo y mente hace 33 años, y que hoy vuelve a sacudirme, aún más, mucho más, que antes.

Pero bastante más. Se trata de la visión, descarnada, real, y tremendamente desmitificadora para nuestra visión occidental, de la vida humana en uno de esos populosos suburbios, los slum, de las grandes urbes de La India, donde la muerte, la pobreza y la miseria se visten de una trágica, pero mística, dignidad, a través de los ojos de un sacerdote católico francés. En Arand Naggar se nos cambia la visión del mundo, y nos muda de piel la conciencia. La recomiendo a quien se atreva a leerla. Pero no a los espíritus extremadamente sensibles ni a los acomodados a ninguna fe tampoco. Tan solo a las almas libres de todo prejuicio.

Bien, hechas las presentaciones, pasemos a lo que suscita el tema presente. Y es que, tras más de tres décadas de haber sido escrita y haberla leído por primera vez, me doy realmente cuenta del pavoroso cambio con que la gente del mundo de hoy (no se me ocurre exponerlo de otra manera: gente, no personas) afronta este drama radical de la especie humana. Y es que, actualmente, lo que entonces fue un impacto en las conciencias, ahora es algo objetivamente decadente y enfermizo: hoy es puro turismo.

Dharaví es un slum. Y un slum es un lugar peor, infinitamente peor, que un guetto, o un goulag, o cualquier cosa que puedan imaginar, que rodea la riqueza y la belleza del Taj Mahal de dolor, miseria y estupor, y que inspiró la película Slumdog Millonaire. Bien, pues el foco de esa vergüenza humana está convirtiéndose en el destino favorito del turismo (según Trip Advisor), una experiencia ¿cultural? de vivir las vacaciones rodeados de la miseria suprema, y el abandono, y el sufrimiento ajeno. Dicho portal sitúa la visita entre las diez primeras preferencias de los usuarios en su ránking. No me digan que no hay algo de sádico en esto.

Esta última, moderna y reciente tendencia, el top del turismo oscuro, viene a sumarse a la de visitar lugares históricos donde la gente ha sido encarcelada y/o sometida a torturas, como Alcatraz, por ejemplo; Sing-Sing, o incluso los campos de concentración y exterminio del nazismo, para someterse virtualmente, en un truculento y patético, y desgraciado y decadente, remedo, a las prácticas que se han desarrollado en ellos sobre una buena parte de la humanidad pasada.

Pronto veremos visitar con curiosidad morbosa los actuales campos de refugiados que bordean Europa y donde prolifera el hambre, la muerte, la desaparición de niños y las mafias del diablo. El afán por este 'turismo oscuro', como ya se le empieza a llamar, es un síntoma de clara decadencia de valores humanos, de absoluta banalidad del mal, de revolcarse en un ocio morboso, donde se encuentra cierto placer en re-vivir recordando, in situ, lo que otros sufrieron o incluso están sufriendo hoy mismo.

Y como la espiral pide sensaciones más fuertes, pues eso, ya digo, lo próximo será experimentar desde fuera lo que otros sufren en vivo y en directo. Naturalmente, todo esto genera una cadena de intereses, y esos intereses egrasan (de hecho ya están siendo vertidas) doctas opiniones que vienen a maquillar, o incluso a justificar abiertamente, esta compulsión bajuna de la raza humana.

Como, por ejemplo, el que este tipo de turismo da trabajo a los jóvenes de esos barrios paupérrimos que son objeto de esta enfermiza y corrompida tendencia. Hay otras opiniones más puristas que aseguran que es bueno conectar las conciencias de los privilegiados que puedan permitirse practicar turismo con la realidad más descarnada y miserable de la pobreza más absoluta. Incluso existen unas terceras que alegan que, en el reparto de los beneficios de esta actividad, también ellos resultan con ventajas.

Puede ser, no lo sé, es posible. Pero ya no se trata tanto de lo que pasa que lo del cómo pasa, y sobre todo, del porqué pasa esto. A este Turismo Oscuro se le llama así acertadamente porque conecta con lo más oscuro del ser humano, con la parte más demoníaca y retorcida del fondo de las personas: el de la íntima constatación de sentirse integrante de la facción más privilegiada de la humanidad, tan solo que 'comparándose' directamente con los más desheredados y desgraciados de esa misma humanidad.

El exponer la pobreza más execrable como un espectáculo es una degradación de la propia civilización y de sus culturas. «La oferta incluye hacer la compra, cocinar y comer con los habitantes del slum», es la parte descarada más amable. No incluye dormir entre ratas, acudir a letrinas comunitarias a cielo abierto, vivir la muerte diaria de sus niños, acompañar a esos mismos críos a coger los desperdicios de la metrópoli (de cuyos hoteles salen ellos a realizar tan impactante visita) ni ninguna otra de sus muchas obligaciones de supervivencia.

Por favor, lean o relean La Ciudad de la Alegría. Vacúnese antes de caer en esta enfermedad mortal del alma. Es una obra viejonueva que nos pone en nuestro sitio. En nuestro lugar en la historia. Que interpela desde la propia conciencia de quienes aún la conserven, aunque solo sea una pequeña parte de ella. Hoy, visto lo que hay, el mantenerse mínimamente sensibles ya es una bendición. O una maldición, claro, según se mire.

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