07 de noviembre de 2019
07.11.2019
La Opinión de Murcia
Así lo llevo

La giganta

07.11.2019 | 04:00
La giganta

Nadie le da las gracias porque nadie sabe que existe, porque nadie puede verla, pero la Giganta se siente igualmente satisfecha y tiernamente agradecida.

Nadie le da las gracias porque hace cosas que nadie sabe que hace, pero ella se siente recompensada con cada alivio que proporciona, con cada sonrisa que arranca, con cada niño que deja de llorar por su causa.

Nadie le da las gracias, pero ella no cesa en su labor.

Que no te engañen: no es el viento el que hace que aparezcan amapolas a pie de carretera o que broten hierbajos de entre las baldosas. No es fruto de la casualidad ni de la naturaleza que surja un oasis en medio del desierto, justo cuando más lo necesitas.

No es obra del azar, no es cosa del aire que se mueva ese columpio que ocupa aquel niño que pasa las tardes solito en el parque.

No es una cuestión astronómica que la Luna te acompañe en esos tristes trayectos nocturnos, con tu cabecita apoyada en la ventanilla, mientras la luz del satélite alivia tu pena. No es magia, es cosa de la Giganta, quien con sus dedos enormes y llenos de amor, la va desplazando para ti.
No es casualidad ni fruto del agotamiento que tu bebé deje de llorar en mitad de la noche. Es la nana invisible y muda de la Giganta la que lo arrulla.

La Giganta es muy feliz así, aportando su pequeño y gigante granito de arena, logrando que las cosas vayan un poquito mejor con su humilde y silenciosa colaboración.

Cada noche le gusta tumbarse al raso y contemplar el firmamento y deslizar una estrella cualquiera y volverla fugaz para que, en cualquier lugar del planeta, alguien pueda pedir un deseo. Cuando se tumba en la yerba se puede sentir un ligero temblor que ningún sismólogo podrá predecir ni explicar.

La Giganta repasa su día cuando el Sol se oculta y se siente afortunada al poder recibir todos esos besos que lanzamos al viento y no van a parar a nadie, esas cartas que no nos atrevemos a meter en ningún buzón, esos mensajes de amor encerrados en una botella que nunca llegarán a su destino, que nunca saldrán de ella.

La Giganta es feliz enjugando esas lágrimas que lloramos a solas, escuchando la sonora carcajada de aquel que se ríe por algo que solo pasó en su cabeza, por ese chiste que el tímido jamás se atrevió a contar.

Nadie NADIE está nunca solo, la Giganta y su inmensa soledad te acompaña y te cuida, cuando nadie más lo hace».

No sé por qué recuerdo hoy este cuento que solía contar a mis vecinos. Nuestros patios estaban comunicados y yo saltaba la tapia cada tarde, conmovida por su soledad para contarles este cuento, que siendo también una niña escribí para ellos.

Pablo y Daniel no alcanzaban los diez años que yo debería tener por aquel entonces y pasaban casi todo el día solos. De su padre nada se sabía y la madre trabajaba en algo que le hacía a la mía bajar la voz cuando hablaba con mi abuela al respecto, en mi presencia.
Un día tampoco regresó su madre. Se armó un gran revuelo en el barrio, pero poco se investigó sobre el suceso. «A nadie le importa una puta que desaparece en un descampado», le dijo mi madre a mi abuela.

A mis pequeños vecinos se los llevaron no sabemos dónde. Pensé mucho tiempo en ellos hasta que se desdibujaron como el humo en un campo abierto. Hasta que hoy me los trajo un caprichoso recuerdo.

No sé, imagino que, por suerte o por desgracia, la Giganta tiene más trabajo con unas personas que con otras.

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