03 de noviembre de 2019
03.11.2019
La Opinión de Murcia
Los dioses deben estar locos

Adagio assai a la luz de las velas

"El mundo es una realidad en eterno cambio y transformación, lo muestran los fenómenos volcánicos que periodicamente cambian el paisaje y de los que Italia tiene tan buenas muestras"

02.11.2019 | 19:03
Goethe visto por Joseph Karl Stieler (1828)

"También yo creo que hay una cierta eternidad que enmarca la Historia y que el ser humano forma parte de esa corriente universal que nos convierte en parte de algo mayor que apenas intuimos con la ciencia..."

Goethe sonreía, estaba de buen humor. La cena generosa había satisfecho sus buenos apetitos con una excelente trucha y buen vino del Rin que le había sido enviado expresamente a Weimar. «Eckermann „me dijo„, siéntese a mi lado y no tome nota de todo, disfrutemos un poco más de la compañía y la conversación». Pasamos a otro salón que acaban de iluminar. El músico italiano Ercole Mauro, cuya destreza a la viola tanto nos había complacido momentos antes, hojeaba con interés algunos libros sobre la mesa mientras la condesa Anja Grozs-Szalasy sacaba algunos acordes al piano. Entre los invitados estaba Adam Majewski, un discípulo del historiador varsoviano Joachin Lelevel, que conocía a muchos poetas polacos de cuyas cartas y palabras de salutación se había erigido en portador para presentarlas ante Goethe, que estaba complacido.

El huésped dirigió la atención de los comensales a los estudios de su maestro acerca de la cronología comparada entre los reinos antiguos de España y Polonia. Sostenía que, habiendo florecido en tiempos diversos, ambos reinos presentaban una afinidad común que hacía inevitable la comparación y estudiarlos como si fueran vidas paralelas en su lucha por la independencia nacional y en defensa de los intereses europeos frente a invasores orientales. La comparación gustó a Mauro quien tomó rápidamente partido por la causa de la libertad y aprovechando que entre los libros y cartas que había sobre la mesa se leía el nombre de Lord Byron, a quien Goethe tanto admiraba, llevó la conversación hacia el heroísmo. De manera imperceptible la condesa había pasado a entonar acordes de la marcha fúnebre perteneciente a la sinfonía Heroica de Beethoven en un arreglo improvisado pero sentido. La conversación derivó hacia la personalidad en la Historia. Mauro se entusiasmaba, hablaba de Lord Byron, de Napoléon, tan caro a Goethe, se emociona hasta lo más extremo y las lágrimas le arrasaron el rostro al mencionar a Cola Rienzi, que puso fin a la Edad Media restaurando en su persona la dignidad tribunicia de los romanos vigente para toda Italia, alzando el estandarte del descontento contra los papas de Avignon, ondeando la bandera roja con la leyenda 'libertad' bordada en latín con letras doradas. Por su parte Majewski hablaba de un espíritu universal en la Historia, un ansia de libertad que iba más allá de lo individual o de lo personal y que se manifestaba en todos los pueblos aunque adoptara formas particulares o individuales. La prueba era El Príncipe de Maquiavelo, afirmación que sorprendió a todos. Decía que era una gran construcción heroica, pues más allá de los ejemplos contemporáneos como César Borgia, el Príncipe había de ser entendido como la encarnación de las fuerzas de la Historia y el Destino en la consecución de la libertad. Semejante interpretación dejó sorprendido a Goethe y hasta la condesa dejó de tocar el piano.

Goethe iba a hablar, tenía al cuello su pañuelo blanco de seda adornado con un rubí rojo que parecía una gota de sangre, su aspecto era magnífico, jupiterino, y sus ojos brillaban excitado por la conversación.

«Amigos míos „dijo„, el mundo es una realidad en eterno cambio y transformación, lo muestran los fenómenos volcánicos que periodicamente cambian el paisaje y de los que Italia tiene tan buenas muestras. También yo creo que hay una cierta eternidad que enmarca la Historia y que el ser humano forma parte de esa corriente universal, corriente que nos convierte en parte de algo mayor que apenas intuimos con la ciencia y que solo es abordable a través de la poesía y la belleza. A veces „continuó Goethe„, surge alguien como Napoleón, y parece que la Historia habla por él, se convierte en vaso de soberbia del que fluye un líquido inagotable. Algo que los griegos llamaban demónico, pues esas fuerzas ocultas de las que hablamos han elegido a esa persona para actuar en su nombre, pero el desdichado acaba siendo arrastrado por el torrente igual que un auriga que hubiera perdido el control y las riendas. Lo hemos padecido hace poco, ustedes lo recuerdan, reyes derrocados, países invadidos, un mundo entero desgarrado, no queda sino huir a las regiones verdaderas de la poesía, únicas inviolables y a salvo de esta corriente destructora».

Goethe se volvía más y más sombrío en ese momento. «La civilización ha traído falsas comodidades y profundas desigualdades entre los hombres», sentenciaba. «La reacción inevitable es la catástrofe, como la erupción volcánica. Pero lo peligroso no es el advenimiento de un Napoleón, sino el de un Savonarola que imbuido de una sagrada ira contra las vanidades materiales del mundo insista en llevarlas todas a la hoguera en nombre de la pureza. Se empieza quemando cosas vanas, luego libros y obras de arte, como el mismo Botticelli hizo con sus pinturas. El final es fácil de predecir, queridos amigos, a la hoguera acabarán siendo arrojados seres humanos vivos, más y en mayor cantidad cuanto más y mayor eficacia técnica posea el hombre. Temamos los siglos futuros».

Se hizo el silencio, Goethe concluyó y la condesa volvió interpretar los sones de la marcha fúnebre.

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