24 de octubre de 2019
24.10.2019
La Opinión de Murcia
Espacio abierto

Prohibir el Black Friday y la Compra reloj

23.10.2019 | 18:55
Prohibir el Black Friday y la Compra reloj

Prohibir el Black Friday y la Compra Reloj que patrocina la Cámara de Comercio de Murcia serían buenas medidas para un Gobierno que apostase por una sociedad sostenible. Ambas celebraciones dan cuenta de la voracidad consumista, de la desmesura de una sociedad que tiene como eje el mercado. Me objetarán que un Gobierno no puede inmiscuirse directamente en asuntos que son competencia de empresas privadas, pero hay otras formas de 'desactivar' estas y otras iniciativas semejantes: contribuir desde las Administraciones públicas a elaborar un relato que nos enseñe a avergoncemos profundamente de ellas. El titular es para provocarles.

Todos conocemos el famoso Black Friday; la cantidad de compradores que, durante el 29 de noviembre, afluye a los comercios, eclipsa la de cualquier acto cultural que se programe el resto del año. Por su parte, la campaña denominada la Compra Reloj consiste en que la Cámara de Comercio de Murcia regala 6.000 euros para que la persona que ha sido previamente elegida por sorteo los gaste desde las 10 a las 13,30h. de un mismo día. Contra reloj, corriendo, como la frase anterior, toda ella sin comas. Un disparate. Exactamente lo contrario de lo que habría de ser promover un consumo responsable.

Como ya apuntamos en su día, ambas fórmulas tratan de estimular compras irracionales que no se rigen por criterios de necesidad, sino de voracidad e impulsividad, en cuya base se encuentra una filosofía contraria a lo que ha de ser un comportamiento sostenible. Para el Black Friday y para los promotores de la Compra Reloj, el mundo es un enorme supermercado repleto de mercancías que no se acabarán nunca.

Sin embargo, sabemos que en realidad es todo lo contrario; que nos acercamos a un colapso de los recursos del planeta que llevará consigo un colapso social y medioambiental sin precedentes. La ropa low cost consume una enorme cantidad de recursos y paga a quienes la fabrican salarios de miseria. Se impone, pues, aprender a consumir de otro modo.

En este sentido, la ONU ha lanzado una campaña destinada a que nuestros estilos de vida cambien urgentemente, y en ella aconseja comprar prendas confeccionadas cerca de nuestra ciudad, elegir ropa de calidad, de modo que dure más tiempo, lavarla con detergentes ecológicos, o reciclarla cuando ya no la usemos, entre otras muchas medidas que hoy no vienen aquí al caso.

Las mujeres somos las principales consumidoras de moda. Aunque esto tiene que cambiar, somos quienes tradicionalmente nos ocupamos de abastecer nuestras casas y de vestir a los niños, por eso las campañas de promoción de las cadenas de moda se dirigen mayoritariamente a nosotras, si bien los hombres han comenzado también a consumir de forma desaforada, y ya son los principales compradores en las rebajas online. El resto del año las campeonas somos nosotras. Bonito título. De ahí que nos preocupe el Black Friday, de ahí que pensemos que hay que retirar iniciativas como la Compra Reloj.

Zygmund Bauman ya lo advirtió: el sistema capitalista neoliberal produce individuos que creen tener una identidad y actuar con libertad, y lo que tienen es la sola capacidad de elegir productos que la publicidad ha colocado previamente delante de sus ojos, para que sean deseados por ellos. A esta identidad vacía, a esta falsa libertad, la llamó 'fetichismo de la subjetividad'. El mercado fabrica consumidores que identifican ocio con ir de compras, lo que se traduce en mil ejemplos cotidianos; así, a menudo, el acercamiento de una madre a su hija adolescente, que se ha distanciado o está en crisis, se traduce en salir juntas de compras por los centros comerciales, para rezar en los templos de nuestro único dios: el mercado.

Sin embargo, los especialistas afirman que la industria textil es una de las más contaminantes y que cada español se desprende de unos doce a catorce kilos de ropa al año, los norteamericanos de 35. Ropa que acaba en el vertedero o en el fondo del mar, convertida en microplásticos.¿No sería necesario aproximarnos hacia una saludable austeridad? ¿no se precisa una mirada crítica sobre nuestros hábitos de consumo?

Necesitamos oponer a la producción de individuos-consumidores un sujeto creativo que se enfrente a lo que hemos aprendido e invente formas más sostenibles de ocio, compatibles con el cuidado medioambiental. Es difícil oponerse a las ofertas del mercado, lo sabemos, las mejores mentes se emplean a fondo para cautivarnos: si compras dos productos X, te regalan una pulsera para contar calorías, por poner un ejemplo. Pero, parémonos a pensarlo: ¿necesito realmente esos dos productos? ¿necesito la pulsera? Regirnos por la razón y no por la ligereza impulsiva exige un serio compromiso con nosotros mismos, exige ir contracorriente. Se requiere de una educación medioambiental rigurosa que nos haga sensibles a las necesidades del planeta y no a las que creemos que son las propias, que son fabricadas intencionadamente para engordar los bolsillos de otros.

Ahora bien, las respuestas individuales son necesarias, sí, pero insuficientes si no contamos con una auténtica voluntad política que camine en la misma dirección, que se anticipe y eduque a los ciudadanos y ciudadanas para que se 'resistan' a las tentaciones del poderoso mercado, que limite la voracidad de este. Esto es, nuestras instituciones tienen que implicarse.

No tenemos tiempo que perder. Las renuncias actuales, que pueden parecernos difíciles, no son nada comparadas con las que se nos avecinan. No hay que ocultar la verdad, nos dicen los científicos.

Pablo Sevigne, especialista en colapsología, afirma que es muy difícil predecir cómo será el colapso de nuestra civilización (hubo otros, recordémoslo, pero ninguno tan global y multifactorial como el que se acerca), pero sí puede afirmar que viviremos en un mundo donde todo lo que ahora es fácil dejará de serlo. Tendremos menos energía, con todo lo que esto implica: menos electricidad, calefacción, transporte, falta de medicamentos y de alimentos, hambrunas, incendios, sequías?

¿No les parece que racionalizar nuestras compras, como aconseja la ONU, merece la pena? ¿No les parece que presionar a nuestras instituciones es un deber ineludible?

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