15 de octubre de 2019
15.10.2019
Punto de vista

Sin planeta no hay literatura

14.10.2019 | 20:50
Sin planeta no hay literatura

La misma noche en la que miles de peces moribundos, asfixiados, salían a morir a las orillas de nuestra laguna salada; la misma noche en que nuestros móviles se llenaban de vídeos y de fotos de ese ecocidio, los habitantes de San Javier asistían a una exhibición aérea nocturna altamente contaminante, como si nada estuviera sucediendo..

Estoy muy enfadada, observo cómo en nuestros muros de facebook se suceden las noticias, se alternan, se multiplican...se igualan. En el mío, parece que tuviera el mismo estatus el asesinato del Mar Menor y el Día de las Escritoras, por poner un ejemplo. Y no es así en absoluto. El Día de las Escritoras, las escritoras mismas, junto a los escritores todos, somos una anécdota pasajera, créanme, porque sin planeta no hay literatura. Sin planeta no hay nada.

La única emergencia real es la emergencia climática, todo lo demás es de segundo orden, porque sin planeta no hay literatura, insisto. Ni ferias del libro, ni suplementos literarios, ni cultura, ni series de televisión. Por cierto, que rápidamente han aprendido el potencial tirón que tiene el colapso medioambiental, cómo nos entretienen con Years and Years, mostrando las consecuencias del calentamiento global. HBO gana audiencia, nosotros, sentaditos en el sofá viendo plácidamente sus productos, no hacemos nada. Fantástico, todos contentos.

Sentados en el mismo sofá asistiremos al colapso. Como advirtió Walter Benjamin, la autoalienación de la humanidad nos hace capaces de asistir a nuestra autodestrucción como si fuese un espectáculo que nos procura un placer estético de primer orden. De momento, la crisis climática solo mueve a un porcentaje ínfimo de la población.

Como dice mi hijo, ¿qué tiene que pasar para que nos movilicemos? ¿qué? Yo también me lo pregunto.

Ha muerto el Mar Menor, noticias como esta serán una constante en los próximos años, y seguimos pasivos como si tal cosa.

Abandonemos nuestras cómodas casas y salgamos a la calle, protestemos con nuestra presencia, con toda nuestra fisicidad, con nuestro cuerpo vivo y material, con nuestras voces. Votemos a partidos que garanticen una preocupación constante por el medio ambiente. Demos miedo a los poderosos. Rebelémonos.

Escribo esto sabiendo que peco de ingenua, da igual, no hay otro planeta B, como tampoco hay otros partidos; hemos de vérnoslas con los mismos, que tienen la desfachatez de proponer idénticos líderes, incapaces de dimitir cuando constataron su fracaso para pactar? con todos los asuntos urgentes que hubiera podido abordar una agenda progresista de haberse podido constituir un Gobierno. Tendrían que haber pactado, o haber dimitido, esa es la pura verdad, diría mi abuelita, que leía el periódico con las gafas colocadas en mitad de la nariz, exclamando a cada rato: «Qué barbaridad, qué barbaridad!». Mi abuelita sorda, que hoy repetiría su estribillo a cada minuto.

La misma noche en la que miles de peces moribundos, asfixiados, salían a morir a las orillas de nuestra laguna salada; la misma noche en que nuestros móviles se llenaban de vídeos y de fotos de ese ecocidio, los habitantes de San Javier asistían a una exhibición aérea nocturna altamente contaminante, como si nada estuviera sucediendo, como si el derroche de carburantes fósiles pudiera permitírselo el planeta. Pan y circo, ¿por qué no convirtieron esa convocatoria en una manifestación multitudinaria? ¿por qué? ¿Qué atrocidades estamos dispuestos a tolerar sin decir nada? ¿Hasta cuando ignorarán nuestras autoridades la crisis medioambiental? El neoliberalismo y su individualismo a ultranza ha ganado la batalla. Me doy por vencida.

Odio a los indiferentes tanto como los odiaba Gramsci. Se merecen estar en el preámbulo del infierno, allí donde los puso Dante, corriendo detrás de una bandera blanca, aguijoneados por enjambres de avispas, aquellos que nunca se sintieron motivados por causa alguna, que nunca siguieron bandera alguna: mediocres, egocéntricos, idiotas. Son deplorables. ¿Habéis oído? Odiadme, por favor, sentid alguna pasión que active vuestros cuerpos fofos, ahítos de televisión y de ignorancia. Id contra mí, movilizaos. Los indiferentes ponen y quitan Gobiernos, nos dominan mientras siguen relajados sobre sus poltronas. Son lo peor de nuestra civilización. No me callo. No quiero más complacencia ni más prudencia. Odiadme, empezad a salir de vuestra somnolencia de algún modo.

A veces me doy por vencida, estoy tan cansada. Tanto. Tan derrotada. Tanto.

Sin embargo, aún me quedan fuerzas para hacer mi pequeña parte, tan insignificante como la del colibrí. Escuchad una vez más la parábola:

En un bosque muy grande y antiguo convivían muchos animales. Esta selva era un lugar plácido, tupido de árboles centenarios y abundante alimento por doquier.

Un día hubo un gran incendio en la selva, el fuego se extendía a grandes chispazos a través de los árboles, mientras todos los animales huían despavoridos.

En mitad de la confusión, un pequeño colibrí empezó a volar en dirección contraria a todos los demás. Uno de los animales, que no podía creer que el colibrí hiciera aquella locura le preguntó: «¿Adónde vas? ¿Estás loco? ¿Qué pasa contigo? Tenemos que huir del fuego inmediatamente».

El colibrí le contestó: «¿Recuerdan que en medio de la selva había un lago? pues voy volando a toda prisa, recojo un poco de agua con mi pico y vuelvo para ayudar a apagar el incendio». Asombrado, el León solo logró decir: «Estás loco, no servirá en absoluto, tú solo no podrás apagarlo», pero el colibrí, en un tono tan seguro como resuelto, le respondió: «Es posible, ¡es posible! solo estoy cumpliendo con mi parte». Y continuó, de nuevo, su vuelo hacia el lago.

Cumplamos con nuestra parte, aunque sea pequeña, aunque parezca ineficaz, pero sin la cual no podremos llamarnos a nosotros mismos seres humanos.

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