13 de octubre de 2019
13.10.2019
La Opinión de Murcia
Jodido pero contento

Esto es Hollywood

12.10.2019 | 18:11
Esto es Hollywood

Cuando era ministra de Cultura del primer gobierno Zapatero, Carmen Calvo pronunció una frase que merece ser esculpida en el frontispicio de un hipotético panteón dedicado a los dioses y demonios de la política: «Estamos manejando dinero público, y el dinero público no es de nadie». La vicepresidenta del Gobierno de Sánchez es una metepatas contumaz, eso lo sabemos todos. Es tan confusa e ineficaz, que las malas lenguas afirman que el presidente de Gobierno le encargó las negociaciones con Unidas Podemos con el objetivo inconfesable de que fracasaran. Pero no hay que restarle mérito a Carmen Calvo. Su famosa frase necesita un pequeño arreglo para convertirse en una verdad evidente: «Los políticos se comportan como si el dinero público no fuera de nadie».

Y no me refiero a las medidas recientes de alimentar la mamandurria del PER y la subida de las pensiones que ha hecho Sánchez (y respaldadas rápidamente en el caso de la subida de las pensiones por Pablo Casado). Me refiero al problema inserto de raíz en el funcionamiento de todas las democracias, desde la de Atenas hasta la nuestra: los políticos que llegan al poder con los votos populares acceden a la caja común y la tienen enteramente a su disposición para comprar los votos que le ayudarán a premiar a sus votantes y asegurarse la victoria en las siguientes elecciones y, consiguientemente, seguir accediendo a los caudales públicos para agradecer los votos y seguir comprando otros. Es un círculo vicioso (o virtuoso, según del lado del que se mire) que ayuda a perpetuarse en el poder a los despilfarradores sin escrúpulos. Lo que rompe el funcionamiento de esta máquina de movimiento continuo solo puede ser una crisis, que coja al erario público tan esquilmado por la compra de votos, que la economía se vaya al carajo y los votantes descubran al fin que el gobernante en realidad estaba desnudo, como en el cuento. Siguiendo con las variaciones a la famosa frase de Calvo, las crisis económicas sirven para descubrir que «el dinero público finalmente era de todos, no de nadie».

Los políticos honestos

Como demostración de lo que digo, está la historia reciente de nuestro país. Los gobiernos de Aznar (una mala persona pero un buen gobernante) dejaron las arcas del Estado llenas, lo que fue aprovechado por Zapatero para malgastar el remanente en los cheques bebé y en lanzar dinero desde helicópteros con los Planes E y demás cortinas de humo que mantuvieron la economía estimulada contra natura y asegurarse así su segundo mandato en plena negación demagógica de una crisis que era evidente para todo el mundo menos para él y sus votantes engañados. Después (con el Tesoro público temblando) vino lo que vino: el reconocimiento obligado de la ruina de nuestra economía y la aceptación sin remedio del rescate por parte de la Unión Europea.

Ahora, con Sánchez, el ciclo vuelve a empezar

Pero repito, no es cosa de España ni de esta era de la política. Surge en el momento en el que se consolidó un poder central al que los súbditos aportaban y los que lo controlaban se atribuían el derecho a distribuir lo acumulado parcialmente (atentos al certero dicho de «el que parte y reparte, se lleva la mejor parte»). Marvin Harris, conocido antropólogo autor de amenos libros sobre las culturas primitivas, describe los llamados 'banquetes inaugurales', organizados por la casta dominante de una tribu, a los que eran invitados todos sus miembros que, como estómagos agradecidos, apoyarían dócilmente la continuidad de la casta. Estos banquetes 'iniciales' se soportaban en los alimentos acumulados por la casta, aún a costa de que sus miembros se sometieran a ayunos drásticos con el fin de preservar las viandas para el banquete. El esfuerzo se verá ampliamente recompensado cuando sean los súbditos quienes acaben soportando el tesoro común, controlado, eso sí, por la tan sacrificada (solo al principio) casta dominante.

Versiones de esta 'maniobra' salpican la historia de la civilización, aunque el acceso al poder y el ciclo de recompensas y adhesiones se haya vuelto mucho más sofisticado con el tiempo. En la política norteamericana se utiliza una curiosa expresión para denominar la dádivas que un representante en el Congreso o el Senado logran arrancar de la mayoría en beneficio particular de sus representados: los pork barrel, 'barriles de cerdo', en traducción literal. Estos barriles con carne de cerdo, en la actualidad, pueden significar una instalación militar del Gobierno que generará riqueza para la circunscripción del senador o congresista en cuestión, o puede ser una inversión del Gobierno federal en una determinada infraestructura. Los pork barrel son una corruptela típica de los sistemas electorales de circunscripciones únicas, que eligen a sus representantes mediante el mecanismo de «el más votado es el que consigue la designación». La cosa se hace escandalosamente evidente cuando la ley que se discute para su aprobación no tiene nada que ver con la materialidad de la dádiva en cuestión, aunque se vea reflejada en su texto. El barril con las chuletas de cerdo que el político se lleva para su pueblo con el objetivo de comprar los votos son el precio que éste ha puesto para apoyar la ley en discusión, tratara de lo que tratara.

Ni limitada a España ni limitada a una ideología política

El único remedio posible para esta corrupción de la democracia es reforzar un consenso público real sobre la debida ausencia de déficit público y un presupuesto anual equilibrado en todas las Administraciones públicas, que comprometa a todos los partidos sean del color que sean. De lo contrario, esto seguirá siendo Hollywood por mucho, mucho tiempo.

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