13 de octubre de 2019
13.10.2019
La Feliz Gobernación
Emergencia ecológica

La DANA y los adanistas

"Las imágenes de los miles de peces que conforman la fauna marina del Mar Menor apurando sus reservas de oxígeno en un convulso viaje a la orilla y a veces saltando a la arena de la playa en su suicida desesperación no son una metáfora, sino la expresión gráfica, espantosa y terrible, de una gestión criminal en lo que se refiere al medio ambiente en esta Región"

13.10.2019 | 00:05
La DANA y los adanistas

"López Miras aseguraba ayer que «para mí, una de las fotos del día» era la que reproducía la imagen del rey estrechando la mano del cabo primero Luis Fernando Pozo, que protagonizó el desgraciado accidente del choque con una farola en su descenso en paracaídas durante el desfile. Tuvo ahí el presidente la precaución, tal vez involuntaria, de referirse a esa imagen como «una de las fotos del día», ya que como español a fuer de murciano sería extraño que no estuviera también conmovido por otras imágenes que con toda seguridad estarían registradas en su teléfono móvil".

Ayer fue un día espléndido para Fernando López Miras. Así se deduce de sus mensajes en redes sociales. Era 12 de octubre y, claro, otra vez nos informó de algo que ya sabemos por la cadencia casi diaria con que se complace en informarnos: está orgulloso de ser español. Nos gratificó una vez más con un rotundo «Viva España», con interjección y banderita. Y en el ambiente de alborozo por el desfile de las Fuerzas Armadas y ante la cámara de La 7 que lo persigue hasta el váter, emitió una especie de patriótico mensaje institucional que colgó adobado con palabras como democracia, libertad, justicia, igualdad y solidaridad, y eso porque las redes exigen brevedad.

En otro mensaje, el más interesante, aseguraba que «para mí, una de las fotos del día» era la que reproducía la imagen del rey Felipe VI estrechando la mano del cabo primero Luis Fernando Pozo, que protagonizó el desgraciado accidente del choque con una farola en su descenso en paracaídas durante el desfile. Tuvo ahí el presidente la precaución, tal vez involuntaria, de referirse a esa imagen como «una de las fotos del día», ya que como español a fuer de murciano sería extraño que no estuviera también conmovido por otras imágenes que con toda seguridad estarían registradas en su teléfono móvil: las de los miles de peces muertos a orillas del Mar Menor que los ciudadanos captaban durante el día de ayer, con la incontenible emoción de presenciar la muerte en directo de los seres vivos de la laguna, asfixiados por la destrucción de su medio natural.

El amor a España y los vivas que lo expresan son un cómodo abstracto si no se aman y se cuidan las cosas concretas que España contiene. El Mar Menor, por ejemplo. Pero es más: el Mar Menor ni siquiera es un tesoro de España, sino de la humanidad. Dejarlo morir no solo desvela la impostura de los taconazos civiles ante la bandera de la patria sino un crimen contra la humanidad. Y en un Estado de Derecho, los crímenes se han de pagar. Las imágenes de los miles de peces que conforman la fauna marina del Mar Menor apurando sus reservas de oxígeno en un convulso viaje a la orilla y a veces saltando a la arena de la playa en su suicida desesperación no son una metáfora, sino la expresión gráfica, espantosa y terrible, de una gestión criminal en lo que se refiere al medio ambiente en esta Región. Criminal, digo, a la vista de la infinita baldomera de animales muertos, lo nunca visto ni siquiera cuando lo del Prestige u otras agresiones ocasionales a las zonas marítimas. Da la impresión de que hoy en el Mar Menor no queda el más mínimo aliento de vida. Un mar entero se ha ido a la mierda mientras estamos entretenidos con el viva España parriba y el viva España pabajo y midiendo quién tiene la bandera más larga.

Por supuesto, nadie asumirá responsabilidad alguna sobre este escándalo mundial. La culpa, y más cuando transitamos este interminable periodo electoral, la tendrá el Otro. Veinticinco años de Gobierno popular en la Región de Murcia no tienen nada que ver en esto, pues López Miras aprendía a tocar la flauta travesera cuando sus antecesores del mismo partido gestionaban la Comunidad. Aquí, para diluir responsabilidades basta con que, aun gobernando los mismos, se cambie al que da la cara, y es como si todo volviera a empezar. El nuevo no es responsable de lo que se hubiera hecho o deshecho antes, salvo si se trata de algo admitido como positivo. Entonces, sí: nosotros hicimos esto o lo otro. Pero si se trata de algo irresuelto, el pretexto está a mano: yo tocaba la flauta. Y viva España.

Dado que el recurso clásico («la culpa la tiene Zapatero») queda algo lejos, nos ilustrarán con que la culpa la tiene la DANA. ¿Qué es la DANA? La riada de San Alberto Castillo que vino del cielo y contra la que los políticos nada pueden hacer. Un desastre natural, uno de esos caprichos de la Naturaleza. La Naturaleza, esa gran puta. La Naturaleza es la que impide el desarrollo, la que coarta la expansión urbanística, el pretexto de las izquierdas para reivindicar al buen salvaje y limitar el progreso. Están los Gobiernos amigos de la Naturaleza y los que la consideran una grave limitación para sus proyectos. Por eso se autoriza la construcción de viviendas y hasta pueblos en cauces de ramblas o se hace la vista gorda ante los cultivos con nitratos en los entornos que filtran agua contaminada a los espacios naturales o se demoniza a quienes advierten preventivamente de las consecuencias de la colmatación urbanística que por fuerza ha de impactar en los espacios naturales con sus detritus y la huella mecánica.

El Mar Menor como reclamo turístico, por ejemplo, pero para que lo sea se actúa sobre él modificando su morfología.

En un artículo publicado ayer en estas páginas, antes de la aparición de las imágenes que nos permitían apreciar la conversión del Mar Menor en un Auschwitz de peces y crustáceos, la investigadora del IMIDA y miembro del Pacto por el Mar Menor, Celia Martínez Mora, lo decía con síntesis expresiva. Copio y pego: «Se construyeron embalses para recoger el agua de lluvia y evitar inundaciones pero se utilizan como balsas de riego y estaban llenos los días previos a la DANA; nos saltamos moratorias urbanísticas; las ramblas no están limpias, se ha construido en sus cauces; hay balsas de antiguas minas sin sellar que arrojan metales pesados con las aguas de lluvia; se vertieron unas 1.900 piscinas olímpicas de nitratos; la colaboración ciudadana en alerta es considerada de mal gusto o politizada cuando es, precisamente, todo lo contrario...».

La DANA, sí, es un fenómeno de la Naturaleza. Previsible, además. Pero sus efectos habrían podido mitigarse con una política de planificación y ordenación que contemplara la posibilidad de sus consecuencias.

Lo más grave es que vamos a ver enseguida que la DANA se va convertir, en lo que a la liquidación de la fauna se refiere (la de la flora no se advierte en superficie) en un magnífico pretexto para el Gobierno, pues se achacará la muerte masiva de los peces a la mezcla intempestiva de agua dulce con la marina, y se apelará a que en un breve periodo todo se normalizará y los peces, que reaparecerán como las ranas acuden a los charcos, podrán volver a respirar. De esta manera, la contaminación estructural del Mar Menor, que ya existía y se mostraba con total gravedad antes del impacto de la DANA, pasará de nuevo desapercibida, como cuando López Miras se subió a la barca y dijo que veía el agua azul y transparente. Ya saben: si en algún momento está verde, él tocaba la flauta, pero si regresa al azul es que el Gobierno está actuando y haciéndolo bien.

Tras la tormenta hemos visto que las localidades ribereñas inundadas no tenían otro recurso para desanegarse que conducir las aguas turbias con la densidad de sus arrastres hacia la orilla marítima. Un desagüe urgente e inevitable, pero letal para el Mar Menor, según se ve. Ya ocurrió antes, con menor impacto, y volverá a ocurrir, pues no hay soluciones más que las iniciales de ayuda y salvamento en el momento de la catástrofe. Después, nadie parece acordarse de que son necesarias actuaciones de prevención y protección, y es que esto requiere inversiones y decisiones impopulares.

A nadie le cabe duda de que la situación del Mar Menor, resultado de la inacción política y administrativa, tiene su origen en la captura de votos, es decir, en no importunar a los empresarios agrícolas y urbanísticos, y por extensión a los colectivos laborales que se benefician del trabajo creado por esos sectores. Esa contradicción entre el dejar pasar y los efectos que a la larga traen las actividades económicas descontroladas acaba teniendo la consecuencia de que el 'núcleo irradiador', como diría alguien, de la economía de la zona se acaba convirtiendo, antes que en un bien, en un elemento agresivo para el entorno.

Y en una vergüenza nacional. Los murcianos somos muy españoles y tenemos un presidente que es un españolazo, pero somos la vergüenza de España. Se nos ha confiado el cuidado del Mar Menor, un patrimonio natural único, ecológicamente diferenciado, y hemos acabado destrozando su equilibrio ecológico y su diversidad, asfixiando a su fauna, ofreciendo al mundo una imagen que denuncia la existencia de una Administración impresentable. Patriótica, pero asesina del medio natural.

No hay palabras para describir las imágenes que ayer nos trasladaban los ciudadanos que permanecían estupefactos y pasmados a las orillas del Mar Menor. Y mejor que no las haya, porque conviene contener los adjetivos, que no conducen a nada práctico. Lo sensato sería desembarazarse de estos irresponsables y encargar la gestión de Gobierno a quienes demuestren con hechos que aman de verdad a su región y a su nación, sin gestualidades impostadas ni vivaespañas, y que sepan lo que tienen entre manos.

Que viva España, por supuesto, pero al Mar Menor los habéis matado.

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