12 de octubre de 2019
12.10.2019
Punto de Vista

La superación de las dos Españas

12.10.2019 | 04:00
La superación de las dos Españas

Imaginaos si Carmen Polo no hubiera estado lista. Unamuno, nuevo Sócrates, ya viejo también, se habría sacrificado. España hubiera recibido todo el apoyo internacional. Los rebeldes no se hubieran inventado otra España que sustituyó a aquella...

Me confieso lector de Miguel de Unamuno y de Antonio Machado. Sobre este último no se ha hecho una película como la de Amenábar. Ambos fueron, y siguen siendo, víctimas de la propaganda de tirios y troyanos, por lo que es siempre necesario volver a ellos para entenderlos desde su complejidad intelectual, literaria, humana. Me temo que no medimos por el mismo criterio al que dijo «si mi pluma valiera tu pistola/ contento moriría» y al que se enfrentó al grito de «muera la inteligencia». Burda es la pretensión de manipular e instrumentalizar a un poeta al servicio de una trinchera, enfrentándolo a otros, incluso retrospectivamente: señalando a los lectores de uno frente a los de otro.

Al inicio de la Guerra Civil, que prolongó uno de los peores golpes contra la legalidad democrática (ya se habían dado otros, 'revolucionarios', 'anarquistas', separatistas o profascistas que convulsionaron el país), el ruso Ilya Ehremburg tachó a don Miguel de ser partidario de los verdugos, oponiéndolo a Machado, amigo de los comunistas y del pueblo. El precipitado juicio del escritor soviético no comprendió el carácter unamunesco, indoblegable y contradictorio. Su Carta a Unamuno se publicó primero en Moscú y luego en España, a finales de agosto del 36 (el 30 de agosto de ese año la difunde Nuestra Lucha, un diario procomunista editado en Murcia). Poco tiempo después, Unamuno se enfrentó a los generales rebeldes en el famoso acto de apertura de curso de la Universidad de Salamanca (octubre de 1936), donde tuvieron ocasión los hechos dramáticos que ha vuelto a poner de actualidad la película de Alejandro Amenábar Mientras dure la guerra.

Unamuno sorprendió con un giro de guion a los mentores de la guerra de propaganda de ambos bandos. El ruso tuvo que rectificar y con él la prensa republicana, incluido Nuestra Lucha, periódico que incluso se había anticipado a las consignas soviéticas denominando a Unamuno 'traidor' en un  artículo sin firma del 21 de agosto del 36, a poco de iniciarse la guerra y cuando no estaban aún los ánimos para afinar en los adjetivos y a duras penas tampoco en los sustantivos. Impagable el libro de María Concepción Ruiz Abellán Cultura y ocio en una ciudad de retaguardia durante la Guerra Civil (Murcia 1936-1939), al que mi artículo debe esta y otras informaciones basadas en un espléndido trabajo de documentación hemerográfica realizado por la autora.

Machado, en su escrito al hispanista ruso Vigodsky (Carta a David Vigodsky), reproducido por Nuestra Lucha en abril del 37, dijo que pueblo, tal como él lo entendía y como lo usaba también García Lorca, no era exactamente lo mismo que pueblo en su sentido marxista. La cultura del pueblo, por ejemplo, no era, para él, la cultura popular enfrentada a la burguesa, sino la verdadera cultura aristocrática. El pueblo era lo más aristocrático, la verdadera aristocracia, la del espíritu. Finezas del pensador Machado, esprit de finesse, que diría Pascal, y que evidentemente no son más que 'florituras', y un galimatías, para una mente burdamente ideologizada. Es verdad que Machado, desde una posición personal, se entregó a la causa de la república, y que el Partido Comunista le acogió, y protegió (hasta un punto, pues los líderes del partido no escaparon a pie hacia Francia, sino en avión a Moscú). Es verdad que el Partido Comunista de entonces era un partido, al menos el Partido Comunista Español, con todos sus defectos, influido por valores como la libertad, la tolerancia; cosa que también  tuvo el comunismo de nuestra transición.
Así, el mismo partido toleró el pensamiento heterodoxo de Machado, quien en un texto leído ante las  Juventudes dijo que él no era marxista ni podía tener la visión del mundo materialista de los jóvenes comunistas, a los que admiraba por su valentía moral, por cierto.

Si Machado solo perteneciera a ese momento perdería el Machado del Retrato. Aquel que dijo: «y, más que un hombre al uso que sabe su doctrina,/soy, en el buen sentido de la palabra, bueno». Los hombres y las mujeres al uso que saben su doctrina son estos de las consignas: los carceleros de poetas o de escritores a los que barren para su aprisco solo. Son estos que solo tienen un punto de vista y con él quieren medir a los demás. Estos que, si pudiera ser, encerrarían en su vaso el mar. Y si pudieran, también, encerrarían a Dante en la ideología güelfa, a Shakespeare en la isabelina, a Miguel Hernández en la estalinista (Miguel, que volvió de su viaje a la URSS con una crítica sobre el estalinismo que allí le hubiera costado conocer el Gulag) o, por referirme a dos autores santo y seña de dos ciudades como Murcia y Cartagena: al pintor Ramón Gaya y a Antonio Oliver Belmás (marido de Carmen Conde) en la ideología comunista o del Frente Popular porque ambos escribieron en Nuestra Lucha, el periódico del Partido. Ellos, igual que Antonio Machado, estaban comprometidos en esa coyuntura histórica con unas ideas, pero su obra, su legado artístico y espiritual nos pertenece a todos los que amamos el arte, la literatura, el hacer camino al andar del espíritu humano. Más allá de lo que digan los carceleros ideológicos, seas tú de las ideas que te pete y tengas la condición que tengas, incluso aunque seas un miserable y no te reconozcan de la suprema clase, lee y ama a Machado, a Gaya, a Carmen Conde y a Antonio Oliver: al hacerlo ya muestras más afinidad con ellos y más derecho a llamarlos tuyos que quien se los apropia ilegítimamente, con violencia, simpleza, y casi siempre ruina y mezquindad.

Hace unos meses pasé a Soria a visitar el instituto y el aula donde dio clase Antonio Machado. Impresiona leer en uno de los documentos expuestos en el aula la petición hecha por el director del centro, y apoyada por los profesores, para que se llamara el centro con el nombre de Antonio Machado. Lo curioso es que tal petición dirigida al Gobierno, fue hecha en pleno régimen franquista, a mitad de los años 60 del siglo pasado (antes se había acordado ya la creación de una cátedra Antonio Machado) y que el régimen del dictador aprobó que el instituto de Soria se denominara con el nombre de un republicano, y no de un republicano cualquiera, sino de uno de los intelectuales indiscutibles de la República y que había alentado con sus artículos la moral del frente y de la retaguardia republicanas; pero lo más curioso, y que expresa lo surreal de este país, es que el instituto de Soria tuviera el nombre de un profesor que ya ni siquiera lo era para el régimen franquista, y por no ser, ya ni era bachiller ni tenía título alguno reconocido por el régimen de Burgos. Curioso. Quien no se toma la molestia de ver más, suele ver corto y deformado, pero aún suele deformar y empequeñecer a otros. No podemos ponernos a un nivel más bajo aún que el de aquellos que son nuestros adversarios, so pena de que éstos nos ganen por mano de mayor espíritu.

En otro documento se da fe de que, en 1967, el instituto al fin fue denominado con el nombre del poeta, por orden del Boletín Oficial del Estado; y en otro, que a principios de los 80, ya con la democracia, el ministro Federico Mayor Zaragoza rehabilitó al poeta en su condición de catedrático€ ¡cuando de facto hacía más de veinte años que Soria lo reconocía como su catedrático de honor y más de tres lustros que el centro llevaba oficialmente, en tiempos de silencio, el nombre del poeta! ¡Valerosos numantinos!

El reconocimiento que la democracia hizo a Machado debería extenderse también a Unamuno, a quien el propio Machado consideraba su maestro. Volviendo al acto de la Universidad de Salamanca, el día 'de la raza' de octubre del 36, donde el anciano Unamuno pronunció aquel desafío ante los violentos: «Vencer no es convencer» o «Venceréis pero no convenceréis»: para situar su valor histórico hemos de imaginar a un poeta como Machado ante Stalin, o a un poeta como Neruda o Blas de Otero ante Fidel Castro o Hitler.

Unamuno, no hay que olvidarlo, fue el primero y que sepamos nosotros el único español que se enfrentó él solo, él solo, a los generales rebeldes. Grande y solitario su ejemplo.

En ese contexto universitario en el que paradógicamente primaban las armas, la vida del disidente Unamuno valdría tan poco, solo un par de municiones que no hubiera mermado en apenas nada el potencial bélico de Franco. Las cosas hubieran cambiado mucho, sin embargo, si Carmen Polo de Franco no se hubiese interpuesto, tomando al individuo del brazo y dando por concluido el acto solemne de apertura del curso nada más y nada menos que de la Universidad española más conocida universalmente, templo de la ciencia, la cultura y la paz. 
Eso fue en octubre del 36. Comenzada apenas unos meses la guerra. Estaban los ánimos calientes, ganosos de matar poetas, pronto había caído García Lorca, un precedente a evitar para la propaganda franquista, un argumento propagandístico para los otros, los 'fieles' a la República.

Imaginaos si Carmen Polo no hubiera estado lista. Unamuno, nuevo Sócrates, ya viejo también, se habría sacrificado. España hubiera recibido todo el apoyo internacional. Los rebeldes no se hubieran inventado otra España que sustituyó a aquella. Hubiéramos llegado al siglo XXI siendo una democracia quizá con menos problemas que la que surgió de la Constitución de 1978. Pero no cuento con otra variable. El Partido Comunista soviético, después de meter su caballo de Troya en el PSOE, mover la ficha de las Juventudes Socialistas, avivar a Largo Caballero, aniquilar al PSOE y a otros partidos de izquierda y dominar los ministerios de Propaganda y de Guerra (todo ello sin que pareciera evidente) habría suplantado el Estado y cambiado el rumbo de la guerra con el balón de oxígeno del caso Unamuno que despertara la conciencia y la ayuda internacional de las democracias, revocando el veto y, por fin, el comunismo habría derrotado al ejército rebelde e implantado la dictadura del proletariado. Que nadie quería dictadura, pues toma.

Habríamos llegado quizá a la España democrática después de caer el muro de Berlín, y aún, con un poco de suerte, según algunos románticos, ni eso debía ocurrir. Mira Cuba, allí no hay democracia y qué bien les va. O quizá, tras la caída del muro y el telón de acero, España se hubiera desangrado en guerras 'autonómicas' identitarias disgregadoras, como Yugoslavia. Cuando miramos el mundo con ojos que intentan superar las dos Españas, nos vemos casi 'huérfanos' de verdad, y con la necesidad urgente de seguir mirando nuestra Historia y leyendo a nuestros poetas y escritores para no caer en una pesadilla imaginativa, tan horrible como la misma realidad histórica.

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