12 de octubre de 2019
12.10.2019
Espacio Abierto

El quinto elemento

12.10.2019 | 04:00
El quinto elemento

Los marmenorenses estamos hartos, a unos niveles poco conocidos, pero ejercemos nuestra responsabilidad como ciudadanía con dedicación y esfuerzo personal, algo difícil de valorar en un mundo que se mueve por el vil metal

El Mar Menor nos convoca el próximo 30 de octubre en Cartagena. Muchas son las voces que se han alzado y se siguen sumando para decir 'hasta aquí'. Desde aquella manifestación convocada por Pacto por el Mar Menor junto a Ecologistas en Acción y Greenpeace un sábado 6 de mayo de 2017 en Murcia, las voces ciudadanas ligadas al Mar Menor no han cesado de escucharse.

Antes de posar mis palabras sobre el teclado, he recorrido varios lugares del Mar Menor que son mi realidad cotidiana para escribir sintiendo latir el vínculo que tengo con él. El Mar Menor te habla si cuidas la terminal que permite su conexión contigo, si lo conoces y lo amas. En mi breve ruta no nombro a los pueblos, queriendo que todo sea un sentir marmenorense.

Desde donde los molinos de sal aún sobreviven y los lodos curativos hacen su presencia con pinceladas de rosa, blanco o gris en forma de plumas sobre el azul, pueden verse los barcos de pesca en el muelle de la Lonja tras las embarcaciones deportivas sobre la mar en calma. Al lado, donde el cielo es surcado por águilas que tienen una ciudad propia, que enmarca la inconfundible silueta del Real Club de Regatas y las torres, una cruz de Santiago hace de vigía y llora balnearios, es allí donde se siente la historia de un lugar mágico. Tras pasar el añorado aeropuerto, se erige otro territorio donde se creó una playa artificial, viviendas y zonas de ocio propias de otros lugares, que trajeron visitantes y nuevos asentamientos, y en al aire suena música. Un poco más allá, perfilan el horizonte el núcleo matriz que conforman La Encarnación y San Antonio, como una pareja longeva que nos observa, mientras sienten el dolor de los impactos sufridos por su pueblo.

Entremedias, la rambla de El Albujón lleva un pequeño cauce, interconectada como está a una compleja red de vías. A otro lado, se encuentra el pueblo donde los vecinos son presa de la desesperación entre un lodazal de playa y metales pesados traidos por las escorrentías. Pasando de largo ante una nueva ocurrencia de resort en medio del desastre, llego a otro pueblo hermano donde el abandono hace mella y el encanto de nuestras raíces pesqueras se pierde. Cerca, ese otrora Mar de Cristal hoy es un mar marrón. A poca distancia un esperpento en forma de mole abyecta deja ver con tristeza la ruina de otras salinas, aún bellas en su resistencia. Por último, la hebilla del cinturón de tierra que lo ciñe se cierra con ese prodigio natural entre dos mares permitiendo que el Mar Menor se acaricie y dialogue con el Mediterráneo, terminando en unas Encañizadas que han vencido al tiempo y los agravios.

Donde todo esto sucede aparecieron los Reyes de este Reino y ella preguntó en tu orilla: «¿Es normal el color marrón del agua?». A mí me gustaría saber qué le respondieron porque, de haberla, una tremenda de vergüenza debió enmudecer a los presentes.

¿Cómo explicarle que en el asunto Mar Menor lo normal es lo anormal? Que se construyeron embalses para recoger el agua de lluvia y evitar inundaciones pero que se utilizan como balsas de riego y estaban llenos los días previos a la DANA; que nos saltamos moratorias urbanísticas, que las ramblas no están limpias; que se ha construido en sus cauces, que hay balsas de antiguas minas sin sellar que arrojan metales pesados con las aguas de lluvia, que se vertieron en sus aguas unas 1.900 piscinas olímpicas de nitratos, o que la colaboración ciudadana alertando de situaciones es considerada de mal gusto o politización cuando es, precisamente, todo lo contrario.

Es un hecho que los tres poderes han sido poco ágiles con la protección y recuperación del Mar Menor frente a actividades económicas desarrolladas de un modo insostenible. Ha faltado una dosis enorme de control, supervisión y cumplimiento de la normativa. Y es gracias a las llamadas de atención por parte de la ciudadanía denunciando los impactos sobre este ecosistema, lo que hace que se pongan en marcha soluciones o propuestas. Que el Mar Menor nos convoque a una manifestación y que al mismo tiempo se apruebe la declaración de Zonas Especiales de Conservación solicitada por activa y por pasiva desde hace años, se rige por la causa-efecto, por poner un ejemplo.

Los marmenorenses estamos hartos, a unos niveles poco conocidos, pero ejercemos nuestra responsabilidad como ciudadanía con dedicación y esfuerzo personal, algo difícil de valorar en un mundo que se mueve por el vil metal.

Mi Mar Menor, quizá muramos pobres y expoliados, pero nos negamos a callar y darte por perdido. Como tú me enseñaste en nuestro lenguaje del silencio hay un quinto elemento en ti que me hace creer que serás el vencedor que escribirá una nueva y hermosa historia.

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