12 de octubre de 2019
12.10.2019
Cartagena D. F.

Pateras y cruceros

12.10.2019 | 04:00
Pateras y cruceros

Encogido, casi en posición fetal, con una ligera manta que apenas le tapaba las piernas y con los ojos cerrados y tan ciegos como los de los que pasábamos junto a él.

Eran cerca de las once de la mañana de un precioso sábado del mes de octubre y Fahmet dormía sobre un banco de la plaza Juan XXIII que le quedaba más que pequeño, entre los ruidos y el aroma a tostadas y café que provenían de las terrazas de los bares y el alegre escándalo del parque infantil. Intentaba conciliar el sueño, pero no lo conseguía, ni tampoco soñaba, porque hace tiempo que solo tiene pesadillas, que su vida pasa de largo, como las cientos de personas que pasamos a su lado cada día y miramos para otro lado. Pensé en pararme e invitarle a un café, a desayunar, pero me dio miedo, porque era complicarse la vida, porque se nos ocurren mil excusas antes que ser un buen samaritano, al que todos aplaudimos, pero que solo algunos, los más valientes, los más generosos, los más desprendidos, imitan. El resto nos hemos sumado a esta sociedad cobarde, hipócrita y egoísta que nos hemos dado y a la que nos hemos acomodado. En la que apartamos y obviamos todo lo que nos molesta, lo que no cuadra con nuestros planes, lo que nos obliga a comprometernos, a implicarnos, a entregarnos.

Nuestras aguas, las del Mare Nostrum, las que han hecho grande nuestra ciudad y nuestra historia, llevan días, meses, años, arrimando a nuestras costas a dos tipos de personas, porque nos encanta dividir, clasificar, identificarnos, etiquetarnos. Unos llevan una vida acomodada, lujosa, en muchos casos, y nos visitan para disfrutar de su ocio, del placer de saborear un helado o una cerveza fresquita en el bello rincón del Mediterráneo que tanto tiempo, dinero y esfuerzo nos ha costado embellecer. Solo están de paso, se irán por donde han venido, a su casa, a su tranquila, cómoda y placentera vida. A ellos, les esperamos con deseo, con los brazos abiertos, como si fueran un maná. Confiamos en que vuelvan o manden a los suyos.

Los otros viven en su particular infierno de necesidad y miseria, sin orden ni desorden, sin nada. Ni tan siquiera un plan, un rumbo ni un destino al que dirigirse cuando se despierten y se levanten de ese duro e incómodo banco. A ellos no los queremos, los queremos lejos, apartados, porque afean el ambiente, o tal vez, porque destapan nuestras miserias y nos recuerdan que seguimos dejando pasar de largo nuestras vidas, mientras clasificamos y etiquetamos todo según nos conviene.

Quizá no sea muy acertado ni adecuado instalar un Centro de Atención Temporal para Inmigrantes (CATE) en el puerto, no vaya a ser que se mezclen con los turistas y nos los espanten. Porque cada cosa tiene su sitio, su lugar, su tiempo y su momento y no debemos poner a esos inoportunos negritos con rostro desangelado y triste, suplicante, con esos 'guiris' sonrientes y felices, en apariencia, con los bolsillos llenos.

La realidad es la que es y es de ingenuos ignorarla. Si decenas, cientos de inmigrantes llegados en patera empiezan a pasear y dormir en los bancos de nuestros muelles, los turistas y nosotros mismos, evitaremos la zona y se degradará. La realidad es que, si preguntamos cuántos estaríamos dispuestos a aceptar la instalación de un centro para inmigrantes junto a nuestra casa, la respuesta sería desoladoramente negativa.

Tiendo a pensar, cada día más, que el problema no es la invasión de inmigrantes, que nos incomoda, nos disgusta y nos atemoriza, sino que el auténtico problema es lo incapaces que somos de ofrecerles esa tierra prometida que vienen buscando. Aunque, tal vez no buscan tierra ni promesas, solo comprensión y algo de humanidad. Tal vez, seamos nosotros, cada uno de nosotros, su tierra prometida y deberíamos empezar a abonarla con algo más que comodidad y conformismo, para no mirar con miedo, desprecio y despreocupación, como si fuera un estorbo, a una persona que duerme en un banco.

Ponte en su lugar y verás lo lejos que estamos. Verás cómo pasamos de largo. Y, después, vuelve a leer el cuento del patito feo. Aunque solo sea un cuento.

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