08 de octubre de 2019
08.10.2019
Ajuste de cuentos

Sucesero

08.10.2019 | 04:00

El anciano se apeó del tranvía. Con manos temblorosas se sacudió una mota de polvo del chaleco del traje, se ajustó su Fedora y caminó hacia la comisaría. Antes de entrar se detuvo junto a un coche patrulla y apoyó la mano sobre el capó. Cerró los ojos al notar el calor, como si conectara con algo en su interior. El sargento Doyle sonrió al verle. Se abrazaron, intercambiaron algunas bromas privadas y estuvieron charlando un rato. Mientras esperábamos al sargento, pregunté quién era aquel viejo. Uno de los veteranos me contó su historia.

Se llamaba Ezequiel Jumillano y durante muchos años había vuelto locos a los agentes del Distrito 73. Jumillano cubría los sucesos para el periódico local en una época de lámparas de magnesio y lápices tras la oreja. Era una auténtica pesadilla. Siempre estaba en el momento justo y en el lugar inoportuno. No había manera de apoyar el codo en la barra de un bar de la ciudad sin que el tipo apareciera al lado, con una sonrisa y un «vaya casualidad, agente». Algunos aseguraban que podía estar al mismo tiempo en cuatro puntos distintos de la ciudad. Mi veterano juraba que una vez lo había visto entrando en un bar en cuyo interior todavía estaba. Se movía en una moto pequeña con la que curvaba el espacio y el tiempo. Siempre estaba en la calle. Olfateaba las corrientes del aire y dormía con las orejas erectas. El sonido de la emisora de la policía, que capturaba con un escáner artesanal, era su canción de amor favorita.

Aunque sacara cosas sucias, siempre jugaba limpio. Podía estar abierto a negociar el momento de publicación, pero nunca la naturaleza ni la integridad de la noticia. Y siempre cumplía su palabra. Bailaba una música diferente a la nuestra porque su oficio era contar cosas. Lo hacía bien porque siempre contrastaba la información. Lo hacía rematadamente bien porque siempre lo hacía al menos un minuto antes que la competencia.

Recordé lo que el sargento Doyle me había dicho respecto del trabajo de los chicos de la prensa.

—Haz las cosas bien, novato. Intenta ser más listo que ellos cuando hagas tu trabajo, pero no jodas el suyo. Respeta la exclusividad de sus informaciones, juega limpio, tómate unas cervezas con ellos de vez en cuando. Aprenderás cosas.

Cuando Jumillano salía de la comisaría, dos coches uniformados recibieron un aviso y emergieron del garaje derrapando. Los destellos azules recorrieron las fachadas mientras se tragaban el asfalto. La sirena bramando, el corazón desbocado bajo el capó. Mi compañero me tocó el brazo y me señaló con el mentón a Jumillano. El frágil cuerpo de aquel anciano se estremeció antes de dar cuatro pasos torpes y fatigados hacia la estela de los vehículos, como si pretendiera perseguirlos. Luego se detuvo, apoyándose en el bastón para recuperar el aliento. Sonrió y descubrió su cabecita calva y moteada cuando se quitó el sombrero para despedir al recuerdo de los coches.

—Hace cuarenta años, novato —dijo mi compañero sonriendo—, ese cabronazo tendría media noticia escrita cuando hubieran llegado los nuestros.

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