06 de octubre de 2019
06.10.2019
Achopijo

La sonrisa de Balta

06.10.2019 | 04:00
La sonrisa de Balta

Balta toca la batería. Cuando habla de su grupo de amigos, del grupo con el que empieza a tener bolos casi siempre que puede librar, se le iluminan los ojos. Le brillan con una sonrisa en la que se puede percibir verdad absoluta. Compartimos una de esas comidas que surgen en un instante. Un guiso de pollo platónico, el único, el primero, el que está por delante de todos los demás, un día entre semana cualquiera, media hora para coger aire. Ya tiene claro qué día del verano que viene va a tocar la batería en el mejor beach club de la Región. Y rememoramos la actuación en el festival benéfico por la Dana. Cuando alguien disfruta con algo y te lo cuenta es muy fácil entenderse. La música le saca esa sonrisa que no se ve demasiado en el día a día, y menos a quien apenas conoces de unas cuantas veces.

Miguelito se ha roto la clavícula jugando al fútbol. Un hecho de esos que vamos a recordar siempre, que ponen una muesca en el camino de la vida y que servirá para recordar esta época ya para siempre. Qué dolor hay ahí, cuando le pasa algo a un hijo. Hablamos, y vuelve a salir la sonrisa de Balta. La misma. Incluso más contundente que la anterior. Armada con alma y amor puro. Balta me habla de sus hijos. Seguimos disfrutando. Yo del guiso y él de unos macarrones que podrían ser parte de la bandera de Sicilia.

Intercala un par de recomendaciones que apunto mentalmente, por supuesto. Y hablamos de los hijos. De lo que nos dan y lo que les damos. De cómo una conversación en el coche con ellos puede ser lo más importante del mes. Estamos de acuerdo. Y ahí está. De nuevo, la sonrisa con toda la verdad del mundo.

Balta me pide una copa de vino. De la tierra, lo elijo. El Hispano empieza a llenarse. Unos minutos después de las dos de la tarde. Todo está dispuesto. Los camareros vuelan sin prisas. Y Balta me cuenta abiertamente el secreto de uno de los mejores restaurantes de la historia de Murcia. Me presenta a varios compañeros y me cuenta cómo se organizan los turnos.

Entre los tres con los que hablamos han pasado allí más de un siglo. Y ahí siguen. «Yo llevaba a Balta y a Nacho a la guardería, y aquí están». Y entonces Balta vuelve a sacar la misma sonrisa. Con un matiz nuevo. Un orgullo con toda la verdad del mundo vuelve al brillo de sus ojos. Como en una de esas conversaciones con mis hijos en el coche, cuando salgo del restaurante, pienso que ha sido, con mucho, la mejor media hora del mes. Qué fácil es disfrutar con quien sabe disfrutar. Y qué importante es saber con qué cosas hay que sonreír de verdad. Vale.

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