06 de octubre de 2019
06.10.2019
Jodido pero contento

Orientarse en la jungla de internet

05.10.2019 | 17:44
Orientarse en la jungla de internet

Aunque hubo científicos más clarividentes que otros en los años que precedieron a la explosión de Internet, ninguno tuvo la imaginación suficiente para prever el desarrollo de esta telaraña mundial que envuelve nuestras vidas al cabo de unas pocas décadas, convenciendo en completamente imprevisible el fenómeno que aparecerá después del que está de moda en este momento. Por muchos analizadores de tendencias que haya, lo que está por ver en internet está tan oculto por la maleza de la jungla como en una jungla real en la que la única forma de abrirse camino y ver lo que hay por delante es a machetazo limpio.

Al principio fue simplemente el correo electrónico. La idea de que dos ordenadores situados en diferentes lugares pudieran hablarse y conectarse, parecía una hazaña increíble en su tiempo. Se logró en el marco del proyecto ARPANET, que era una rama de una estructura mucho más ambiciosa dedicada a la innovación tecnológica soportada con fondos del Ejército norteamericano. El correo electrónico se generalizó y popularizó rápidamente como herramienta de comunicación preferida entre el personal docente e investigadores del entramado universitario, primero norteamericano y después mundial.

Como desarrollo lógico y evolución previsible de los correos electrónicos, surgieron los foros de internet, que permitían organizar las reflexiones y discusiones de grupos de interés alrededor de un tema, o la compartición de documentos en un determinado grupo de trabajo. En los foros surgió el primer germen de un fenómeno imprevisible y contraintuitivo que ha marcado la evolución de internet hasta nuestros días y es origen de la máxima preocupación que genera: la gente aprovecha la facilidad de comunicarse y relacionarse para crear lo más parecido a pequeñas sectas, sean religiosas, políticas o, la mayor parte de las veces, concentradas alrededor de una obsesión concreta, por marginal y minoritaria que parezca. Internet y sus instrumentos de comunicación permiten que coincidan en un lugar del ciberespacio y en un momento determinado santos defensores de las causas más nobles, adolescentes que se animan al suicidio y pervertidos que comparten el material pornográfico que alimenta sus turbios deseos sexuales.

Lo que parecía que nos iba a unir a todos, a salvarnos del provincianismo y la cerrazón, resulta que ha devenido en un fenómeno de corrillos cerrados, en los que la gente se retroalimenta de obsesiones compartidas, diferenciándose de lo común y haciéndose cada vez más friki y partidario de causas más absurdas y marginales.

Esto no sería contraproducente ni muy grave si todos siguiéramos compartiendo el respeto por los comunicadores profesionales y algunas plataformas de referencia que nos ayudasen a distinguir lo falso de lo verdadero y que hicieran de faros de referencia en este proceloso viaje a través de toneladas de información disponible. Pero precisamente en este momento, cuando más se les necesitaba, los medios de comunicación de referencia corren el peligro de caer en la irrelevancia debido al desprestigio que sobre ellos vuelcan los gobernantes populistas que proliferan por el mundo y que denuncian la información seria y fiable como fake news, como cortina de humo a sus propias falsedades y con el fin de establecer los hechos alternativos, por usar la despreciable expresión que hizo famosa el primer portavoz de prensa designado por Donald Trump al llegar a la Casa Blanca, Sam Spicer.

Pero el fenómeno de Internet no se quedó en el correo electrónico y unos foros de discusión. Con la invención de la web, por Tin Burton Lee, la facilidad para publicar contenidos a los que se puede acceder de forma universal, visual y relacionada a través de los hipervínculos ocultos dentro del texto o las imágenes, el fenómeno Internet estalla y se expande como un big bang del conocimiento y la inteligencia colectiva. De los foros de aficionados al aeromodelismo hemos pasado a las redes sociales universalmente presentes en nuestra vida diaria y repletas de fenómenos extraños como gente haciéndose y divulgando selfies que a nadie importa un higo, o los retos en Internet a cual más extravagante, terminando por ese fenómeno demencial de los llamados influencers, que en su mayor parte son caraduras tratando de aprovecharse de un montón de seguidores sin personalidad y sin otra cosa que hacer que seguirles para conseguir gratis productos de las marcas o estancias en residencias de lujo.

Hasta tal punto se ha extendido la práctica de los influencers gorrones, que hay muchos establecimientos que publican en sus web un aviso de que no se regalarán estancias ni consumiciones a este tipo de personajillos aprovechados.

Lo de los selfies, retos e influencers han pasado a ser un fenómeno definitorio del momento en que nos encontramos en la evolución de Internet. No sé si será una leyenda urbana pero en un momento determinado corrió la voz de que Facebook estaba desbordado en Brasil por la enorme cantidad de auto fotos que la gente subía a esta red social. El narcisismo de los brasileños es universalmente conocido y la coquetería de sus mujeres ampliamente admirada, pero me temo que la información era un bulo más, dada la capacidad infinita de Facebook para albergar fotos, vídeos y cualquier contenido que se suba, a cual más estúpido e irrelevante.

Es muy difícil distinguir el trigo de la paja en este fenómeno abrumador y contemporáneo que se llama Internet. Sin duda está contribuyendo al progreso de la humanidad en general, facilitando la conexión entre lugares remotos y gentes cuyas diferencias culturales parecían insalvables hasta este momento. No deja de asombrarnos en especial la facilidad con la que la telefonía móvil y determinadas funcionalidades enormemente útiles se siguen propagando a su amparo y sobre internet en el continente africano, que hasta ahora aparentemente se suponía condenado al ostracismo universal y la irrelevancia económica.

Impulsada por la Primera multinacional africana de nombre MPESA, con sede en Kenia, millones de africanos han encontrado la manera el de utilizar servicios bancarios sin bancos físicos con transferencias de depósitos y obtención de microcréditos hechos posibles a través del móvil. Ni siquiera se requiere un móvil sofisticado con muchos datos. Un móvil de los más baratos y con una mínima capacidad facilita la operativa diaria que en los países más desarrollados requiere una infraestructura enorme de oficinas bancarias físicas. Y no sólo estamos hablando de enviar dinero. Las funcionalidades incorporadas en estos móviles facilitan que un pastor en una remota aldea de Somalia consulte los precios que se pagan por el kilo de carne en el mercado central y así ajustar los precios que puede cobrar al tratante de ganado sobre el terreno. Gracias a internet el continente africano ha encontrado su mejor oportunidad para hacer un salto importante e inesperado en el progreso económico y social de lo que hasta ahora había sido un continente maldito.

Así que, como sucede en casi todo en la vida, Internet no admite un juicio definitivo sobre su bondad o maldad. Lo mismo provoca muertes por la estúpida manía de hacerse selfies al borde de los acantilados, que salva vidas facilitando la comunicación entre gente necesitada y sus salvadores de una ONG.

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