06 de octubre de 2019
06.10.2019
Los dioses deben estar locos

Metempsicosis: recuerdos del jardín de Príapo

Siempre están dispuestos a hacer votos públicos por la defensa de las fronteras amenazadas por bárbaros antes escuálidos que temibles, por la salud del emperador (más barato de mantener que dos cónsules republicanos juntos, afirman), por la restauración del orden

05.10.2019 | 17:44
Metempsicosis: recuerdos del jardín de Príapo

No puedo negarlo. Son hermosas las líneas que se cruzan en el trazado ordenado de esa cristalización del cosmos que es la ciudad. Orden rectilíneo, universo geométrico en el que la inteligencia adquiere una forma diáfana, triunfo y perfección de lo visible y lo cognoscible unidos para siempre.

Pero alejémonos un poco, hoy no soy devoto del orden. Es día de mercado y el trasiego resulta abundante, llegan a ser molestas las voces y alaridos que se cruzan vendedores y compradores de toda índole. También podría encontrarme con mis compañeros de la escuela de retórica, muchos son amigos de Domiciano y siempre están dispuestos a hacer votos públicos por la defensa de las fronteras amenazadas por bárbaros antes escuálidos que temibles, por la salud del emperador (más barato de mantener que dos cónsules republicanos juntos, afirman), por la restauración del orden, por la defensa del patriotismo romano sin complejos, por el control del gasto presupuestario y la racionalización del despilfarro que según ellos es tan del gusto de la plebe asamblearia y de los imitadores de esos subversivos que fueron los hermanos Graco y que habitualmente están deseando encontrar razones para cambiar la constitución por simple odio, dicen, a nuestra gran nación.

Cualquier día, me cuentan, querrán sacar de sus fosas a los ejecutados por Sila. Resultan agotadores por su hostilidad contra las administraciones públicas de las que, insisten e insisten, solo implican gastos frente a la generosidad privada de los evergetas, atentos tanto al bien general como al retorno de la inversión. Peor aún si por aquí me encuentro casualmente con Juvenal, cuyos lamentos se oyen en el Olimpo, diciendo que la gente de orden está arruinada; que homosexuales extranjeros, empobrecidos y procedentes de Grecia, han venido a robarnos todo; que forman grupos de presión y establecen lazos muy estrechos que llegan hasta la administración y que cualquier griego de esos te dice que llegó en galeras a Italia y te pregunta que cómo te vas a ir tú de ella; que hay que recuperar el control con un golpe de timón, y después seguro que me leerá sus versos.

Mejor huyo, en casa de Léntulo han inaugurado un altar a Príapo en lo más recóndito de su jardín y me ha pedido que asista a los ritos de consagración. Llamo a casa de Léntulo, es cliente de mi tío Plinio y le presta ayuda e informaciones útiles para la gran obra que está escribiendo sobre la naturaleza, tiene una biblioteca magnífica y libros de toda índole. También es un amante de secretos y misterios arcanos que pocos conocen.

Juvenal le evita porque dice que una vez se vistió de mujer durante las fiestas de la Buena Diosa para seducir a una matrona romana que en secreto era, en realidad, más bien devota de los misterios de Lesbos, y así, travistiéndose él mismo, y provisto de cuanto necesitaba para la añagaza, habría perpetrado una atrevida metamorfosis. Cuando, atónita y divertida, la dama reparó en su error ya se había ofrendado el incienso en el altar. Pero quién sabe, otros cuentan que fue la respetable romana quien ideó la pantomima por imitar la vida de Pompeya Sila. Léntulo nunca lo ha confirmado ni desmentido.

Dejo atrás el lar del hogar y llego a la capilla del dios, todo ha sido dispuesto. Las puertas se cierran y el último huésped entra. Leche, queso, uvas y miel se colocan frente al altar, tiemblan las sombras que provocan diminutas lámparas de aceite. Seguimos con interés la ceremonia presidida por un sacerdote de Lámpsaco que estaba en la ciudad y que se hacía llamar Androsatón. Omito piadosamente los detalles tanto por la procacidad aparente del rito como por la obligación de guardar el secreto del misterio.

La imagen del dios armado con su poderosa maza se eleva sobre un columna de piedra, barbado y sonriente el divino hijo de Dionisos y Afrodita lanza una mirada burlona que se dirige al otro extremo del jardín, cuyas paredes están decoradas con imágenes la bella Lotis durmiente, a su lado pero en escorzo y dirigiendo la mirada al espectador (cosa que nunca había visto jamás que ningún pintor supiera hacer), se veía la cabeza de un asno denunciando con sus rebuznos la presencia del dios itifálico.

La historia de los torpes amores frustrados de Príapo con Lotis era del gusto del dueño de la casa en cuyos jardines siempre florece el árbol del loto en honor a la ninfa. Se pronuncian los nombres del dios y se leen sagrados poemas que encienden el deseo y con los que la ruda divinidad invoca los poderes regeneradores de la vida y de la tierra o amenaza con la mutilación y la castración a quien profane sus altares y rechace la visión cara a cara de lo obsceno y lo feo.

Pero Léntulo, que aborrece al cruel Domiciano, bueno de corazón como es, aunque a veces preste excesivo pábulo a los impulsos de su naturaleza y le disgusten las convencionales fórmulas morales de los sofistas, guarda para el final los versos más bellos. Son para la humanidad, me dice, y canta: «Toma cuanto en mi jardín encuentres, y que también pueda yo, tu hermano e igual, servirme lo mismo del tuyo».

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