06 de octubre de 2019
06.10.2019
Polvo en los zapatos

El diario de Manuel Moyano

"Om mani padme hum". "Confieso no haber visto casi ninguna película de Buñuel, salvo el documental 'Las Hurdes, tierra sin pan', que me caló hondo, y parte de 'El ángel exterminador'. De manera sin duda gratuita, asocio su filmografía con el aburrimiento€"

06.10.2019 | 04:00
El diario de Manuel Moyano

26 de agosto

Buñuel. En la Ribagorza (el lugar exacto se llama Panillo) se encuentra el templo budista de Shang Kagyu, insólito retazo de la remota Asia trasplantado a este paisaje montañoso y mediterráneo. El deseo humano de trascendencia adquiere muchas formas; en este caso, la de una enorme y colorida estupa a la que se debe dar vueltas mientras se hacen girar unos rodillos y se reza el mantra de la compasión: «Om mani padme hum». En la tienda de recuerdos, una mujer que habla compulsivamente se está despidiendo de la encargada: «Iré meditando camino a Zaragoza», le dice; «la verdad es que me deprime llegar allí».

Doscientos kilómetros más al sur, en Calanda, visitamos el centro dedicado al cineasta Luis Buñuel. Hijo de un indiano que hiciera fortuna en Cuba, de joven le remordía la conciencia ver que otros niños del pueblo recogían el estiércol que excretaban los caballos de su calesa. Me sorprende encontrar varias novelas de aventuras (Verne, London, Stevenson) entre sus principales influencias, así como saber que rodó una película sobre Robinson Crusoe. Su padre quería que se hiciera ingeniero agrónomo para llevarle las tierras, pero, una vez en Madrid, Buñuel lo dejó y optó por la carrera de Historia antes de embarcarse (imprevisiblemente) en una vida de artista. Confieso no haber visto casi ninguna película de Buñuel, salvo el documental Las Hurdes, tierra sin pan, que me caló hondo, y parte de El ángel exterminador.

De manera sin duda gratuita, asocio su filmografía (especialmente la perpetrada en México) con el aburrimiento€ En cambio, su personalidad me resultó arrolladora desde que vi un documental de la BBC sobre él y, en especial, desde que leí la autobiografía Mi último suspiro, que en su ancianidad dictó a un periodista francés. Sorprende en ese libro la cantidad de personajes eminentes del siglo XX que llegó a tratar un nativo de este pueblo perdido en la llamada 'Laponia española'.

27 de agosto

Mosaico papú. Hace ahora trece años me embarqué en una singular aventura: reconstruir la vida de Xavier Vergés, misionero del Sagrado Corazón que había ejercido de párroco durante cuarenta años en la isla de Papúa-Nueva Guinea; allí escribió un libro, Mosaico papú, que Manuel Ortiz y yo nos propusimos reeditar. Ya fallecido Vergés, mantuve una singular correspondencia con el superior de la orden y viajé exprofeso a Valladolid para entrevistarme con uno de sus antiguos compañeros en el otro lado del mundo. El resultado fue un largo prólogo a la citada reedición, que también me proporcionaría algunas ideas para la novela El imperio de Yegorov.

Hoy, tanto tiempo después, recibo con sorpresa y alegría un correo electrónico de Xavier Calvo Vergés, sobrino-nieto del misionero, quien leyó en su día ese prólogo y ha decidido entrar ahora en contacto conmigo. Me envía un vídeo (con la maravillosa música de los nativos de fondo) en el que se suceden multitud de fotografías de Vergés tomadas durante su misión en Papúa. Calvo también promete mandarme un film de 16 mm «del que él mismo es el narrador. Así podrás conocer su voz». Ya estoy deseando recibirlo. En ocasiones, las extravagancias realizadas en nombre de la literatura pueden conducirnos por caminos tan interesantes e insospechados como éste.

31 de agosto

Maldito vicio. No es la primera vez que lo intento. Tampoco la vigésima. Aunque empezando a escribir este diario me mantuve sin fumar durante cuatro meses, terminé por recaer, y, desde entonces, lo he ido dejando y retomando intermitentemente. ¡Maldito (pero delicioso) vicio! Hoy, al declinar la tarde, practico una ceremonia que ya he llevado a cabo otras veces: armado de varias latas de cerveza, busco un rincón discreto en las afueras y me fumo (uno detrás de otro) un paquete entero de cigarrillos. Dos horas después, cuando abandono el lugar completamente saturado de tabaco, me encuentro a un tipo caminando con una guadaña al hombro.

3 de septiembre

Turismo de catástrofes. La célebre esquiadora Elena Fernández Ochoa ha desaparecido en la sierra de Guadarrama y, aunque todo apunta a un suicidio, se han organizado batidas para encontrarla viva. Por un instante, pasa por mi cabeza la peregrina idea de desplazarme hasta Madrid para incorporarme a esa búsqueda€ cosa que, por supuesto, no hago. Imagino que todo el mundo habrá tenido alguna vez la tentación de hacer algo similar, de acudir al lugar donde acaba de ocurrir un suceso propagado por los medios, un accidente, algún desastre natural... ¿Qué nos impulsa en casos así? ¿La curiosidad, el ansia de aventura, el simple morbo?

Durante cierto tiempo estuve tomando notas para una novela en la que un grupo de descerebrados practicaba una suerte de 'turismo de catástrofes': se personaban en lugares donde acababan de ocurrir atentados o catástrofes y tomaban fotos y vídeos que subían a las redes sociales. Al final, en su anhelo de acumular seguidores, llegaban a provocar ellos mismos una masacre para obtener imágenes más impactantes€ Leí entonces un cuento de Javier Moreno (Selfie-vamps) cuyo argumento era similar. Conozco a Moreno. Le escribí diciendo que me había chafado la idea, a lo que respondió: «Es algo que está en el ambiente». Lo cual era cierto. Le agradecí, en cualquier caso, que me hubiese librado de tener que escribir esa novela.

4 de septiembre

Vigilantes de la escoba. Voy a entrar en mi oficina (excavada en el subsuelo, como un refugio antiaéreo) cuando me encuentro con Antonio Yagües, del servicio municipal de limpieza. El sol matinal hace brillar su traje reflectante. Le digo que tiene suerte de trabajar al aire libre. «No creas», responde meneando la cabeza y sin dejar de echar desperdicios a su carrito; «la gente nos vigila. Si creen que dejamos algo sin limpiar, nos sacan fotos y vídeos y luego los cuelgan en las redes». «Joder», exclamo, «igual que en Gran Hermano» (no sé si pienso en la novela de Orwell o en el programa televisivo mientras lo digo). «Es como si todo el mundo fuera nuestro jefe», agrega, enfurruñado, mi interlocutor.

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