05 de octubre de 2019
05.10.2019
Nos queda la palabra

Lobo para el lobo

05.10.2019 | 04:00

Siendo de Soria es normal que la atleta Marta Pérez no comprenda que haya aire acondicionado en el estadio de Doha donde se está celebrando el Mundial. Y más normal aún es que se pregunte «¿Qué hago yo aquí?» cuando las mujeres de aquel país feudal están atadas de pies y manos sin más carrera que la sumisión. En ese teatro artificial en el que se han convertido los países del petrodólar, donde si se empeñan celebrarán el Campeonato de Esquí, la célebre frase del dramaturgo Plauto quedaría completa de la siguiente forma: El hombre es un lobo para el hombre y no digamos para la mujer. Todo ello aderezado con la religión. A miles de kilómetros geográficos, en este rincón de España vamos aún más allá y podemos afirmar, sin temor a equivocarnos, que también es un lobo para el Rey Lobo.

El peso de la religión en Murcia no tiene punto de comparación con el del infierno árabe, pero que se lo digan al castillo de Monteagudo y ello por no hablar de la rémora de otras losas nacionales que, afortunadamente, hay que levantar ahora.

El descubrimiento esta semana del Palacio Real de Muhámmad ibn Mardanix o Ibn Mardanís, Rey Lobo para los cristianos, es la constatación de una evidencia que muestra que, durante su reinado, Murcia vivió una era de esplendor, convirtiéndose en una de las capitales más importantes del occidente. Para los que sólo les interesa la economía, durante su emirato Murcia tuvo una moneda referente en Europa y se potenció al máximo el aprovechamiento hídrico del río Segura. Para el común de los mortales aquí dejó Las Claras, el Castillo de Monteagudo, el Alcázar de Murcia, las murallas y otras edificaciones en gran parte derruidas o sometidas.

El nuevo hallazgo arquitectónico, como el resto, estarán bajo la sombra de la escultura que corona Monteagudo y que, quizá, en su interior, cual hijo de hombre, no cese de preguntarse ¿Qué hago yo aquí?iendo de Soria es normal que la atleta Marta Pérez no comprenda que haya aire acondicionado en el estadio de Doha donde se está celebrando el Mundial. Y más normal aún es que se pregunte «¿Qué hago yo aquí?» cuando las mujeres de aquel país feudal están atadas de pies y manos sin más carrera que la sumisión. En ese teatro artificial en el que se han convertido los países del petrodólar, donde si se empeñan celebrarán el Campeonato de Esquí, la célebre frase del dramaturgo Plauto quedaría completa de la siguiente forma: El hombre es un lobo para el hombre y no digamos para la mujer. Todo ello aderezado con la religión. A miles de kilómetros geográficos, en este rincón de España vamos aún más allá y podemos afirmar, sin temor a equivocarnos, que también es un lobo para el Rey Lobo.

El peso de la religión en Murcia no tiene punto de comparación con el del infierno árabe, pero que se lo digan al castillo de Monteagudo y ello por no hablar de la rémora de otras losas nacionales que, afortunadamente, hay que levantar ahora.

El descubrimiento esta semana del Palacio Real de Muhámmad ibn Mardanix o Ibn Mardanís, Rey Lobo para los cristianos, es la constatación de una evidencia que muestra que, durante su reinado, Murcia vivió una era de esplendor, convirtiéndose en una de las capitales más importantes del occidente. Para los que sólo les interesa la economía, durante su emirato Murcia tuvo una moneda referente en Europa y se potenció al máximo el aprovechamiento hídrico del río Segura. Para el común de los mortales aquí dejó Las Claras, el Castillo de Monteagudo, el Alcázar de Murcia, las murallas y otras edificaciones en gran parte derruidas o sometidas.

El nuevo hallazgo arquitectónico, como el resto, estarán bajo la sombra de la escultura que corona Monteagudo y que, quizá, en su interior, cual hijo de hombre, no cese de preguntarse ¿Qué hago yo aquí?

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